PROTOCOLOS

Redaccionlr
10 Mar 2018 | 13:00 h

Los protocolos para hablar son parte de nuestro modo de pensar y de vivir. El formalismo, la frase larga, la amabilidad: en eso nos identificamos. Me subo a un taxi y le digo que me lleve cuanto antes a una reunión. Estoy llegando tarde. “Ante todo, buenos días”, me contesta el taxista, haciéndome notar mi falta de educación. He privilegiado las necesidades prácticas por encima del protocolo, santo y seña del intercambio. Solo tengo que disculparme.

Le cuento esta historia a un amigo argentino. Me dice que en una ocasión en Buenos Aires llamó a un colega japonés recién llegado, y le propuso ir al cine. El colega japonés se sintió ofendido: esperaba que le preguntara primero cómo le iba, qué tal se sentía, que le diera los buenos días o las buenas tardes y que luego le propusiera ir al cine. Una invitación de frente era una ofensa. El argentino se había saltado la naturalidad del protocolo. El japonés se parece a nosotros.

El protocolo no es un disfraz sino una costumbre. Puede resultar tan natural como la respiración. Unos amigos que vienen a Lima me dicen que se asombran de que los desconocidos en las calles del barrio les den los buenos días o las buenas tardes. Pero no es lo único asombroso. Salgo con uno de ellos a un recorrido por Javier Prado. Las calles pobladas son un inventario de los letreros y lemas en la piel de los microbuses. Uno que está delante de mí tiene dos. Uno dice: “No acercarse. Peligro de muerte”. El otro nos recuerda: “El amor de madre es eterno”. El chofer del bus sabe que Eros y Tanatos siguen entrelazados.

Llamo por teléfono a una oficina y una secretaria me responde: “El señor que busca no está aquí pero se apersonará más adelante en su despacho. Sírvase llamar en el transcurso de la mañana que él gustoso lo atenderá”. Todo está claro excepto que nada lo está. Pero si me hubiera dicho: “Ahora no está. Llámelo más tarde”, supongo que habría sido algo ofensivo. Después de pagarle a un vendedor, este me anuncia: “Lo que es su sándwich estará listo en un promedio de cinco a ocho minutos”. Le agradezco sabiendo que no tiene sentido preguntarle por el promedio entre cinco y ocho.

En una reunión con un grupo de escritores jóvenes, veo que todos usan la palabra “percatar”. Todos dicen “se percató que hacía calor”, “se percató que su madre había entrado a la habitación”, “se estaba percatando del engaño.” Llego a la conclusión de que “percatar” es una palabra natural para ellos. A mí me parece artificial e impostada. Les pregunto a los alumnos si cuando han declarado su amor a alguien alguna vez, le han dicho: “Me he percatado que te amo”. Me miran desconcertados. Varios me dicen que sí.

Los protocolos son parte de nuestra educación, de las pretensiones que tenemos para mostrar que somos cultos, del revestimiento con el que queremos aparecer. Pero también son paradójicamente una expresión natural de nuestra cultura. Nuestros pueblos precolombinos vivían de los ritos. Cuando un Virrey llegaba a Lima se entregaba a una serie infinita de protocolos: fiestas, discursos, encuentros con autoridades. Todos se abrazaban a los protocolos. El Perú sigue siendo un país barroco para bien, para mal y para todo lo que está en medio.