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Cultural

Ayacucho, el paso de los vencedores

La Republica
Redaccionlr

tramo final. El 9 de diciembre de 1824, el ejército patriota al mando de José Antonio de Sucre, venció a los realistas y con ello se confirmó la Independencia del Perú y de América.

Historiador Militar

Horas antes de la batalla, en medio de la oscuridad en los Andes, el virrey La Serna creyó escuchar voces que brotaban de las entrañas del Condorcunca, haciendo que el virrey se preguntara si era cierto que cada montaña tenía su propio espíritu, aquello que los hombres del ande llaman “Apu tutelar”. Horas antes, durante la tarde, numerosos jefes, oficiales y tropa, tanto del lado realista y patriota, se acercaron e intercambiaron emotivos abrazos. Aquel acto motivado por los independentistas, obedecía a que muchos de ellos tenían en el frente enemigo a hermanos, familiares o amigos.

PERSECUCIÓN

Durante la segunda mitad de 1824, Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios –quien en setiembre de 1823 reemplazó a José de San Martín– salió de Challhuanca con dirección a Chancay con el propósito de organizar los refuerzos que venían de Colombia. Previamente, Bolívar entregó el mando del Ejército Patriota al general Antonio José de Sucre en el pueblo de Sanaica, al sur de Andahuaylas, con la orden de conservar el territorio conquistado por los independentistas.

Tras la Batalla de Junín, el general realista Canterac y sus fuerzas se habían replegado hacia Abancay y, luego, a Chincheros, Cusco. Además, el porfiado virrey La Serna ordenaría a su general Valdez suspender la campaña contra Olañeta en el Alto Perú y reorientar todos sus medios contra los patriotas, buscando cortar su desplazamiento hacia el norte y obligarlos a dar batalla. Después de marchas estratégicas, ambos ejércitos arribarían a la pampa conocida como La Quinua, por su cercanía al pueblo del mismo nombre.

BATALLA DE LA LIBERTAD

El 7 de diciembre, patriotas y realistas buscaban posiciones más ventajosas, mientras el 8 no faltaron esporádicos disparos de sus artillerías, siendo indicios para los jefes militares de que la batalla se desarrollaría al día siguiente.

La Quinua se ubica a doce kilómetros al noreste de la ciudad de Huamanga (Ayacucho), campo que es dominado por el cerro Condorcunca y tiene por limites, en el norte, un barranco y, al sur, una abrupta quebrada. Los realistas ocuparon las alturas del Condorcunca y los patriotas la pampa. Los primeros tenían 9,320 hombres y 14 cañones, mientras los patriotas sumaban 5,780 soldados y un solo cañón, como resalta el cnel. Enrique Gargurevich en Peruanos y soldados en la Independencia (2017).

Virgilio Roel en Los Libertadores (1971), dice que aquel jueves 9 de diciembre de 1824 amaneció con un sol radiante tras una noche fría. Se repartió desayuno y municiones a los soldados, tomando luego sus emplazamientos para la contienda, ya previamente señalados. Curiosamente el ejército patriota y el realista se encontraban ubicados a poca distancia, haciendo que ambos se observaran mutuamente.

La Quinua, según el virrey, era un sitio favorable para dar batalla, obligado, además, porque su tropa estaba cansándose y los desertores aumentaban. Dispuesto a atacar primero, La Serna organizó sus fuerzas de esta manera: la división Valdez a la derecha del Condorcunca; la división Monet al centro; la división Villalobos a la izquierda, además de sus 14 cañones.

Mientras que Sucre, distribuyo al Ejército Unido Patriota así: la división del general José de La Mar, a su izquierda frente a la de Valdez; la división del general José María Córdova, a la derecha y frente a Villalobos; la división Lara al centro y un poco a retaguardia, junto a la caballería a órdenes de William Miller, teniendo solo como pieza de artillería un solo cañón, como describe Gustavo Pons Muzzo en su Compendio de Historia del Perú (1979).

“¡Soldados! ¡De los esfuerzos de hoy depende la suerte de América del Sur. Otro día de gloria va a coronar vuestra admirable constancia!”, era la arenga de Sucre a los soldados patriotas, logrando su máxima motivación.

A las 9 de la mañana, los realistas ejecutarían el plan de su virrey. La primera fase de la batalla fue un fuerte ataque de las tres divisiones realistas que hicieron retroceder momentáneamente a las divisiones patriotas, mientras que la artillería realista se apostaba en las faldas del cerro y armaba lentamente sus cañones. En otro punto, coronel Rubín de Celís, a quien se le ordenó únicamente proporcionar una zona de seguridad, creyó que había llegado el momento del ataque general al oír el cañoneo de Valdez –que era la segunda fase del plan de La Serna– y sin mayor análisis se lanzó al ataque junto con sus hombres contra Córdova, quien la rechazaría fácilmente, resultando muerto Celis. Este error sería el inicio de la derrota realista.

Al ver este desorden, Sucre ordenó a Córdova aprovecharla avanzando a su frente, siendo apoyada por parte de la caballería a órdenes de Miller, lo que provocó que el batallón en fuga desconcertara a otro comandado por Villalobos, que intento ser calmado por el virreinal “San Carlos”, pero que resultó inútil, pereciendo muchos de sus efectivos.

Córdova y sus hombres peleaban, haciendo entrar en desbande a los realistas, apropiándose de 7 cañones que no lograron ser colocadas sobre sus cureñas (base del cañón). En medio del fragor de la batalla, se escuchó la orden a viva voz de Córdova, que decía: “¡Soldados! ¡Armas a discreción! ¡Paso de vencedores!”, cuya embestida llegaría hasta mitad del Condorcunca. Al poco tiempo, caería prisionero con siete heridas de sable y de bala el virrey La Serna, como describe Guillermo Thorndike en Paso de Vencedores (1999).

Por su lado, La Mar que había sufrido la parte más dura de la batalla conteniendo el furioso ataque de Valdez, mantuvo firme las filas patriotas. El ataque realista por el centro dirigido por Monet es contenido y luego desorganizado gracias a la caballería patriota. La contienda culminaría aproximadamente a la 1 de la tarde con la victoria patriota. Tras la Batalla de Ayacucho, con la capitulación que firmó Canterac, quedó confirmada la Independencia del Perú y América. Por la trascendencia del suceso, casi un siglo después, Augusto B. Leguía en octubre de 1928 decretó que el 09 de diciembre sea reconocido como el Día del Ejército.