Pablo Simonetti: “Si no hay una vitalidad de los sentidos y de la imaginación, la novela está muerta”

La República
24 Ago 2017 | 4:29 h

El escritor chileno presentó su nueva novela en la Feria Internacional del Libro

“Desastres naturales” (Alfaguara) es una novela personal, escrita desde la memoria. Un libro que nos lleva a la entrañas de un Chile antes y durante la dictadura. No es una novela política sino familiar, en un contexto de procesos radicales de cambio. Contado -como dice Pablo Simonetti, su autor- desde el lado vencedor. Es una historia que se disfruta en cada página, teniendo en cuenta que el autor se ha preocupado por acercar a sus personajes al lector. “Hay novelas que por muy interesantes que sean, si no hay una vitalidad de los sentidos y de la imaginación, están muertas”, señala Simonetti. Y esta es, sin duda, una entrevista buscando esa vitalidad.

¿Su literatura parte de construir un mundo a través de su propia historia? 

Diría que mi imaginación exalta a partir de experiencias personales, que siempre se alojan en mi memoria de una manera muy viva. Y eso después da origen a mundos más amplios, que trascienden la anécdota o la situación original que quedó grabada. Por ejemplo, me pasó con el comienzo. Viajé al sur con mis padres y los primeros veranos que pasamos tenían una dimensión casi mitológica. Era la exploración, la odisea familiar. Era la primera vez que salíamos de Santiago, a ese lugar que tenía una condición de remoto. Claro, era otra geografía, otro clima y tenía otras reglas. Eso le pasó eso a mi familia, por eso es tremendamente autobiográfico. 

Y le pasó a otras familias. 

Me imagino que sí. Te digo que por ahí partí, por esta memoria familiar que tenía y que me sentí casi obligado a escribirla. Cuando empecé, me di cuenta que lo interesante que existía en esa memoria era la relación del padre con el hijo. Era un momento en que estas dos masculinidades tan diversas se encontraban en un punto en común. El hijo admira al padre, el padre protege al hijo. Se produce una armonía que antes no había existido. Había una inercia con la que la familia venía y se rompe por una razón política. El padre tenía una fábrica…

Que es expropiada. 

Claro, (Salvador) Allende se la expropia. Eso produce que el padre tenga que cambiar de punto de vista, de vida. No tiene nada de aventuresco, si tú lo piensas. Pero para una familia pequeñoburguesa chilena, buscar un camino hacia el sur era una forma de también de querer encontrar un futuro. De ahí nace la novela. A medida que voy avanzando, escribo de la muerte y las reacciones familiares. No tenía una relación cercana con mi padre, así que no tenía tanto material del que tomar mano. Empecé a buscar estas estrategias periféricas para traerlo al lector. Después dije que tenía que unir este comienzo arcádico de la infancia feliz con el momento de la muerte del padre. Le preguntas a cualquier escritor y te va a decir que la literatura es personal. A mí me gusta hablar de lo que yo conozco. Empleo mucho los escenarios, las épocas, los espacios socioculturales que he conocido. Me parece una cantera donde puedes sacar las piedras que quieras, porque las conoces.

Claro. Conoces el camino y las formas. 

En la medida que la novela va avanzando, los personajes van encontrando sus propios caminos. A mí no me gusta ese lugar común donde los personajes… 

¿Hablen entre sí?

De repente los personajes toman su motoneta y parten hacia la dirección que ellos quieren. No es cierto. Finalmente, los autores los llevamos a ciertos lugares porque queremos hablar de temas puntuales. Hay algo de lo que nosotros queremos hablar. Hay un centro. Esto lo leí en el libro “El novelista ingenuo y el sentimental”, de Orhan Pamuk. Él dice que las novelas tienen un centro, que lo que hacemos los escritores es llevar a los personajes a ese centro. A veces el escritor no sabe a ciencia cierta qué es un centro. Muchas veces suele ser una intuición. 

La autoficción, si se construye bien, puede convertirse en una gran novela. Ejemplos sobran. 

Más autoficción que “En búsqueda del tiempo perdido” o “Los Buddenbrook”. 

¿Te gusta presionar mucho a tus personajes? 

No los presiono. Existe un centro de gravedad. Mi personaje puede partir a Tombuctú, y a mí no me interesa. Estoy hablando de un tema, al que puedes llamar centro.  

Los personajes terminan siendo satélites. 

No me termina de gustar satélites. Son objetos narrativos de alta complejidad que permiten generar una constelación en torno a un centro. 

El libro no es cronológico, sino que vas alternando historias para poder entenderla en su totalidad. Por ejemplo, que el padre no acepte que su sea homosexual.

Claro. ¿Por qué algo natural es interpretado como un desastre natural? 

Ves la portada del libro y piensas que se trata de hechos que tienen que ver con la geografía. Cuando entras en la historia te encuentras con un desastre más social, que sin darnos cuenta nos ha hundido cada día más. 

Hay varios efectos telúricos que producen el desastre natural al que apuntamos: del rechazo a algo que es natural. Hay una idea preconcebida de hombría, por eso podríamos decir que la novela es sobre masculinidades. Los tíos, los hermanos, los abuelos, los compañeros de colegio. Está la situación del golpe de Pinochet, que requisó completamente los papeles de género. Entonces, se produjo una especie de barrido durante veinte años de cualquier expresión diversa. Y eso se hacía a través del control de los medios, de los colegios, de las universidades. Era difícil encontrar lugares donde pudieras hablar mal del régimen. Siempre había alguien que te denunciaba. 

Hay escritores jóvenes que tratan salirse de la línea de la dictadura para contar historias de este tiempo, de los factores de cambio. 

He escrito novelas separadas de la imagen de la dictadura. Pero quería escribir esta novela desde el bando de los “ganadores”, que es algo que no se ha contado en Chile. La dictadura siempre estuvo presente en… 

En los derrotados. 

La literatura del exilio, de la represión. Te digo que durante la dictadura hubo una literatura bastante subterránea, pero que buscaba resistir. En general, hay pocas novelas que apuntan a estas familias que fueron pasivamente cooperadoras de la dictadura en un principio, pero que luego terminaron siendo víctimas. Quería mostrar también qué había pasado con Allende. 

Describes mucho los gestos de tus personajes. 

Todo lo que le dé vida a mis personajes, en el sentido de lo que están viviendo o lo que haya alrededor, está construido para que sea cómplice en su estado del alma. Es ahí donde estoy. En vez de decir que está triste, quiero que lo vean triste. Para eso tienes que ser capaz de llegar con energía a ellos. 
 

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