Nadar

Plataforma_glr
14 05 2015 | 18:30h
Vi la fotografía ayer, y de casualidad, en un periódico local. Eran niños nadando entre basura, en los alrededores de Lima. Se veían felices, la piel morenita y la risa todavía blanca. Estaban rodeados de basura. La niñez es una metáfora poderosa. Unos chicos chapoteando en una laguna repleta de desperdicios pueden ser lo que queramos. Elige un tándem: inocencia y corrupción, naturaleza y contaminación, infancia y podredumbre. No hay nada que podamos oponer a ello, salvo la verdad de esos chicos, dos, flotando despreocupados y joviales como pelotas de playa en un día de sol. Quedémonos también con esa alegría.
 
Pero la gestión de las áreas naturales que rodean Lima es algo que nunca entenderé. Su “desarrollo” me resulta inexplicable: esa odiosa negación de lo público. El increíble sometimiento de las autoridades al concepto de propiedad privada, a la explotación insolidaria, al capital. Hectáreas de valles, kilómetros de riberas y litoral, cuando no degradados y olvidados, convertidos en clubes, restaurantes, hoteles y recreos de pago. Puertas al campo, puertas en el mar. Algunas de lujo y con cuota de inscripción: cuidar tu parcela de aire puro, tu pasto verdecito, tu piscina con cloro, tu casa en primera línea, cuesta un huevo. Otras son menos “exclusivas”, pero siempre tienen  dueño.
 
En ciudades, o provincias, o países, mejor pensados, el uso del entorno natural es un derecho de todos. La naturaleza es de todos, no del idiota de turno. En nuestra capital del mal entendido progreso, el de la espantosa gestión municipal, esos bienes se han convertido es una sucesión de peajes, boleterías y cajas registradoras que separan al que puede del que no puede, o puede un poquito menos. La inexplicable desidia ante lo que podría ser el bien común, ha convertido ese patrimonio en materia de especulación, en pasto de mercachifles, en focos de producción de basura entre la que luego nadan niños.

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