Historias pasajeras

Si viaja en la Línea 1 del Metro de Lima debe de haberlos visto. Promueven la lectura de una curiosa manera: contándoles cuentos a los pasajeros. Pero cuidado: por escucharlos, más de uno se ha pasado de estación.

Si viaja en la Línea 1 del Metro de Lima debe de haberlos visto. Promueven la lectura de una curiosa manera: contándoles cuentos a los pasajeros. Pero cuidado: por escucharlos, más de uno se ha pasado de estación.

Texto: Oriana Lerner K.
Fotografía: Luis Centurión y Paola Paredes
 

"¿Quieren otro cuento?", preguntó el narrador Nino Mirones (47) a los viajeros. Nos encontrábamos en uno de los vagones de la Línea 1 del Metro de Lima. El vehículo se había detenido en la estación La Cultura, en Javier Prado, y pronto reiniciaría viaje hacia su destino final, Villa El Salvador. Aquella mañana, la del 18 de diciembre, era la última incursión del año que hacían Nino y sus colegas en el metro. Y lo que sucedió, gracias a su poder narrativo, prueba que este proyecto funciona.

Mientras los pasajeros subían, Nino hizo una pausa en su relato para tocar la quena. "Otro cuento, por favor, aún no llego a mi estación”, se escuchaba a lo lejos. Las caras eran de concentración, de asombro. En los niños había sonrisas. Varios, al escuchar el famoso "había una vez", corrieron a las faldas de sus madres y se sentaron a oír atentamente la historia.

Se fue formando un pequeño grupo de personas alrededor de Nino. Fue sorprendente observar la reacción de la gente. Algunos se quitaron los audífonos, otros dejaron sus celulares a un lado para escucharlo. Atendían a Nino con los cinco sentidos. Los más tímidos se rieron con complicidad. Las miradas empezaron a buscar otras miradas, como si se crearan vínculos gracias a las historias.

Alianza por la lectura

La costumbre de contar cuentos en el Metro comenzó el 2012, por iniciativa del Proyecto Arte Vecinal de la Línea 1 del Metro de Lima (que también ha realizado en esta ruta conciertos y obras de teatro). A mediados de este año, al proyecto se sumó la Asociación Cultural Wasi –la palabra "Wasi" significa hogar en quechua– y ahora son sus miembros los responsables de contar las historias.

Wasi tiene como objetivo  contribuir a la educación en el país a través del arte y la integración social. Una de sus herramientas es su Escuela de  Palabras –con sedes en Lima y en el Cusco–, donde sus alumnos aprenden teatro y narración. Su propuesta es llevar los cuentos a espacios no convencionales, como parques, bares o buses. El proyecto en el Metro de Lima consiste en que dos veces al mes narradores formados en la Escuela de Palabras incursionan en la Línea 1 para encandilar con sus relatos a los pasajeros.

César 'Wayqui' Villegas es el director de Wasi e impulsor de esta idea. Suele acompañar a los narradores en sus incursiones al Metro. Dice  que de todas las artes que han llevado al tren, los cuentos son los que más éxito han tenido debido a que por su brevedad se adaptan mejor a un ambiente en el que el tránsito de pasajeros es continuo.

Wayqui sostiene que los narradores son “hombres-libros”, ya que cada uno lleva dentro muchas historias para compartir. “Cuando una persona, ya sea un niño o un adulto, escucha una historia y esta le gusta –dice–, lo que hará será buscar más historias, y muchas de ellas están en los libros. De eso se trata la narración oral, es un arte que motiva la lectura y se vuelve más potente cuando se diseñan proyectos en los que se trabaje ese nexo".

Recuerda que en noviembre invitó a Franck, un amigo cuenta cuentos de República del Congo, a que se presentara en el Metro de Lima. Sus cuentos no suelen ser cortos pero eso, en vez de ser un problema, resultó una virtud. Al final del recorrido, Wayqui y los dos narradores que lo acompañaban vieron cómo, donde estaba Franck se había formado un grupo de unas 15 personas. Franck acabó su historia entre muchos aplausos. Sus amigos se sorprendieron al saber que los pasajeros que lo rodeaban no habían bajado en las estaciones que les correspondían, solo por quedarse a escuchar el final. Y cuando Franck acabó, tuvieron que tomar el tren de regreso.

“Las historias te atrapan sanamente”, dice Wayqui. “Cautivan y permiten conocer otras formas de pensar".

Lecciones en el vagón

De lunes a viernes, cada tarde, Sheyla Sinche hace el mismo recorrido. De la estación Cultura hasta su casa, en Villa El Salvador. Aquel día lucía agotada. Parecía que las cosas no le habían salido bien. Ella fue una de las primeras en voltear la cabeza cuando oyó la voz de Nino. De inmediato, le dedicó toda su atención.

“Nunca me había cruzado con los narradores”, cuenta. “Me han cambiado el día, estoy más alegre. He memorizado las historias para contárselas a mi hijo”.

Los aplausos interrumpieron a Sheyla. Venían del otro lado del vagón, donde se encontraba Rosa Rodríguez (38), otra de las narradoras. La rodeaban dos hombres en silla de ruedas, quienes, al ver la pasión con que narraba, cruzaron miradas y con un pestañeo acordaron quedarse un par de estaciones más para  seguir escuchándola.

“Yo suelo contar cuentos que tengan alguna enseñanza”, dice Rosa. Ella es psicóloga pero siempre le gustaron las artes escénicas. Ser narradora es una pasión que ha ido descubriendo poco a poco. La del jueves 18 vez fue su primera incursión en el metro. Su fuerte es narrar cuentos en teatros y buses pero esta era una nueva experiencia. “No es fácil entrar y contar un cuento”, admite. “No es como el teatro, donde el público ha ido para verte. Aquí es más complicado porque te puedes cruzar con gente que no quiere oírte y otras que se sienten invadidas”, dice.

Estaba un poco nerviosa, pero le bastó respirar profundo e iniciar su discurso: “Buenos días, soy miembro de la Asociación Cultural Wasi y vengo a contarles un cuento. No voy a cobrarles nada, no se preocupen, es solo para entretenerlos. ¿Me lo permiten?".

Hadaly Ramírez (29) también fue parte de la última incursión del año. Ella es una de las alumnas más antiguas de la Escuela de las Palabras. Se inscribió para probar pero terminó enganchándose con las artes escénicas. Incluso dejó sus estudios de educación para desarrollar su lado teatral.

“Me gustan los cuentos populares”, dice. “Para prepararme, me enfoco en las historias que más llamaron mi atención. No me las aprendo de memoria. Las interpreto yo misma y me ayudo haciendo dibujos”. Siempre lleva una calimba (instrumento musical africano) que utiliza para romper el hielo e iniciar su narración.

Cuentos viajeros

Los cuentos, más allá de entretener, son una magnífica herramienta para desarrollar otras habilidades. Fomentan la capacidad de escucha, de atención, y nos transportan a otros mundos y a entender otras culturas.

“Recuerdo que una vez en Costa Rica –dice Nino– conté una historia popular peruana y resulta que era también parte de la cultura de ese país. Los cuentos son viajeros, como las personas, y no le pertenecen a nadie”, dice.  

Nino asegura que ser narrador es parte de un entrenamiento emocional que todos, en algún momento, necesitamos. Es una estimulación sana y llena de creatividad. Además, los cuentos ayudan a hablar de temas que en otro contexto serían difíciles de tocar.

“Es divertido para quien lo cuenta y educativo para quien lo escucha”, dice Wayqui. Según él, todos podemos ser narradores. "Es cuestión de creer lo que contamos y vivir plenamente la historia, de principio a fin".

Solo un consejo: procurar que el final sea enigmático. Aunque siempre podemos apelar al popular “colorín colorado este cuento se ha terminado”.

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