Bueno del catch

Plataforma_glr
04 Ene 2013 | 18:30 h
El primer catchascanista que conocí fue el peluquero de mi barrio. Para mí sólo era el amabilísimo señor de bigotes y rulos en la nuca que no paraba de sonreír mientras me rebajaba la melena. Hasta que un día, en la feria de un colegio, lo vi dándose de contrasuelazos en un ring contra otro señor corpulento y algo panzoncito como él. Obviamente pensé que esas estilizadas peleas usaban la rabia y el rencor como combustibles. Y eso me conmocionó: que el mismo señor que empleaba una navaja para terminarme el corte a maquinita pudiera ser capaz de brincar sobre el pecho de otro, quizá un cliente disconforme que se había negado a pagar y que había generado el estrepitoso duelo.
Me dio miedo pero luego lo encontré fascinante. Su competidor en la callecita de Breña, cerca de la avenida Alfonso Ugarte, era un peluquero anciano que exhibía una U invertida en vez de boca. La luminosa sonrisa del peluquero catchascanista contrastaba con el rostro desértico del otro. La cara de éste era todo lo contrario de lo que hoy conocemos como marketing. Me habría asombrado menos ver al anciano dando de tacles a un luchador rival, porque parecía en eterno estado de disgusto.
Un día que la crisis del país se puso peor, fui a cortarme el pelo y los vi a los dos trabajando en el mismo local. Juntos eran como las máscaras desiguales que representan la actividad teatral. Al instante entendí la situación. El anciano había tenido que cerrar y el catchascanista de la competencia lo había hecho su socio para salvarlo de la ruina. No me gustó esa combinación de vinagre e inca kola o quizá la cadena de centros de estética Adán y Eva ya ofrecían todos los looks del mundo en una sola tijera, y no regresé. Años después supe que mi peluquero favorito de la niñez había fallecido, y que había sido un gran personaje del catch. Me consta que también fue un ser humano de primera.