Viajeros

Plataforma_glr
14 Dic 2012 | 18:30 h
Gracias a mi trabajo hago constantes viajes por avión. Pero en estos días hice un viaje terrestre en bus, por un asunto personal de última hora. De hecho, en este momento estoy escribiendo mi columna en un celular de última generación aprovechando que el servicio wi fi del bus de regreso a Lima me permite una conexión sin interrupciones en los lugares donde la señal telefónica se pierde.
Daría lo que fuera para que mi difunta abuela viera la maravilla que pueden ser los transportes a ruedas de hoy. Pantallas led para cada pasajero al estilo de los aviones que vuelan a Europa. Y, en ellas, la posibilidad de escoger entre decenas de películas, juegos o miles de temas musicales. Nos acaban se servir una cena con postre y solamente me pareció desatinado que ofrezcan bebidas calientes cuando la posibilidad de un bache o una frenada es constante.
Gracias a mi abuela aprendí a viajar. Lo hacíamos en buses que salían con retraso y casi siempre paraban para recoger pasajeros que se acomodaban en el pasillo. Era de rigor balancearse y temer lo peor sobre el abismo del Pasamayo y detenerse por una hora a comer en fondas lechuceras en medio del desierto ahogado en la noche húmeda de la costa.
En este bus donde hoy viajo te prestan ipads y hay baños separados segun el sexo y el piso. Un letrero nos avisa de la velocidad y si el chofer sobrepasa el límite.
Mi abuela era feliz en esos armatostes del pasado (donde cada pasajero cargaba con sus frazadas) porque viajaba para vernos. O para llevarnos de vacaciones al Norte. La ilusión de cada viaje. Eso lo aprendí de ella. Por la ventana veo el desierto borroso por la noche y la velocidad. Es hora de enviar la columna.