Hombres de algarrobo

Plataforma_glr
07 Dic 2012 | 18:30 h
Regresé la semana pasada a Mórrope, el último bastión mochica, con la intención de culminar el proyecto fotográfico que mencioné en una edición anterior. Esta vez el periodista Manuel Castañeda me sugirió viajar hasta Pañalá, lugar que sería algo así como el corazón del desierto lambayecano y el bosque seco que habita en él.
Mientras el conductor Max (un auténtico oso mochica) nos llevaba por el difícil arenal, el paisaje de caseríos de estirpe muchik fue dando paso a una costa salvaje como debió ser antes de la depredación del hombre moderno. Bosques enmarañados de espinas y también de verdor. Puntitos amarillos que en realidad eran flores de faike, una flor de peluche. Entes leñosos levantados sobre raíces venerables. Vimos un cardo enorme en cuyas torres principales negreaban los nidos de aves rapaces. Hace casi un siglo una parte de la población morropana migró en una marcha de iguanas hacia el norte en busca de espacios deshabitados. En pos de nueva vida.
Y así nació Pañalá, población que vive básicamente del bosque y de la fe. La fe para ellos es la Cruz de Pañalá, un madero robusto al que caprichosamente le nacen un par de brazos y dedos. Las tímidas mujeres corrían de mi cámara como de una serpiente. En medio de un calor insufrible, a merced de remolinos y sed, los últimos mochicas aprendieron a vivir con el bosque. Crían abejas y producen vino de vichayo, un fruto amarillo que los murciélagos adoran. Y consideran enemigos a los traficantes de madera que a veces irrumpen.
Fascinado yo con este relicto de costa pretérita en medio de kilómetros de árboles y arena, entonces supe el destino de Pañalá. Los inspectores del proyecto Olmos –que domesticará con cultivos tecnificados el hermoso desierto lambayecano– no han considerado a esta especialísima población y los obligarán al destierro. Si esto sucede los últimos peruanos del bosque seco se habrán extinguido.