Pasaje a la isla

Plataforma_glr
30 Nov 2012 | 18:30 h
Mareación se llama el estado en que el ayahuasca empieza a manipular la mente humana. El brebaje amazónico te mueve el piso como si estuviera hecho de olas marinas. La cabeza gira borracha y a la vez consciente de que se han esfumado las fuerzas benévolas que ponen nuestros pies fijos sobre la tierra. Lejos del mundo estable que conocemos, entre vómitos, la conciencia de la muerte irrumpe y el recuento de la vida desfila ante nuestros ojos como en un doloroso juicio final.
Casi lo mismo sentí esta semana mientras viajaba en una embarcación pesquera rumbo a la isla Lobos de Tierra. La pequeña embarcación se balanceaba sobre el mar lambayecano mientras yo intentaba reposar en una de las seis increíblemente pequeñas camas del camarote, cuyo espacio central llenaban casi por completo la silla y el cuerpo del conductor de la nave. Intenté leer y luego jugar angry birds en mi celular, pero la mareación se apoderó de mí y de pronto fui consciente de que estaba a merced de fuerzas que no podía controlar. Tratar de caminar por la cubierta sin barandas era tan difícil como mantenerse en pie en uno de esos tagadás de la Feria del Hogar. Es un viaje de diez horas rumbo a una isla donde solo van pescadores, recolectores ilegales de conchas y algunos biólogos. Los tripulantes se movían por la resbaladiza barca como cangrejos en peña, y no solo mantenían la navegación en orden sino que salieron de las bodegas con platos de comida caliente.
Finalmente, cuando estaba en mi tercer manojo de arcadas, un murmullo me dejó saber que la isla ya se perfilaba en el horizonte. Algunos lobos marinos nos acompañaron durante unos minutos y la ínsula más larga del país fue envolviéndonos en su rotundo paisaje pardo. El viaje, ahora lo sé, había sido una purga, una purificación, para llegar con otros ojos a este santuario de vida silvestre.