Montaña Perú

Plataforma_glr
23 Nov 2012 | 18:30 h
Un amigo de Pucallpa me lo había dicho hace unos años. En medio de la selva baja, en la llanura donde los ríos ignoran la fuerza de la gravedad y se retuercen sobre sí mismos como pesadas boas sin ruta, existe una gigantesca pirámide cubierta de vegetación. Es un ciclópeo cono de piedra que intriga a muchos pucallpinos porque en los días más diáfanos puede vérsele desde el reloj del malecón desafiando la imaginación. La semana pasada por fin pude ir hasta donde se levanta dicho prodigio.
Toda esa zona de selvas vírgenes, donde una línea imaginaria nos separa de Brasil, se llama la Sierra del Divisor, una cadena de cerros menores que han creado un ecosistema único y donde humean cataratas de aguas termales. Mientras sobrevolábamos la espesura de la selva fue apareciendo la silueta erguida. Un hermoso monte que describí como el Alpamayo de la selva. Y, también como éste, perfecto, orgulloso, inverosímil en su ímpetu de unir cielo y verdor.  De hecho, debe estar entre las cinco montañas más hermosas del Perú y hasta hace pocos años nadie sabía de su existencia. Y es que se encuentra en territorio del pueblo indígena en aislamiento voluntario Isconahua, zona designada por el estado para que los no contactados mantengan su milenaria comunión con el bosque.
Pero en dicho sobrevuelo la fascinación dio paso al asco. A pocos kilómetros del cono, la tala y la minería ilegal habían dejado una huella de devastación que era alimentada por al menos una carretera construida por gente que invierte mucho dinero en destruir la selva para llenarse los bolsillos. A un costado de ese lodazal de venenos contaminantes había campamentos, madera apilada lista para ser llevada a los aserraderos. Una mafia que opera sospechosamente a sus anchas. Al horizonte, la hermosa montaña se veía demasiado cerca de la destrucción.