El hombre cuchara

Plataforma_glr
09 Nov 2012 | 18:30 h
Una cuchara no sirve para tomar la sopa. Una cuchara es en realidad la tornasolada escama de un pez o la arrogante pluma de un ave. Usted es el Víctor Delfín de la cocina, le digo, sólo para provocarle una sonrisa a ese rostro flaco y huancaíno. Está complacido de que un periodista lo visite en su casa de las afueras de Sarasota. Una laguna y un bosque rebelde brillan más allá de la piscina protegida por paredes de malla traslúcida. Entra el viento, pero no los mosquitos. Jorge vive al borde de un área natural intocable: pantanos y arboledas donde se esconden cocodrilos y otros animales propios de la Florida salvaje.
Jorge Gutarra también toma la sopa con cuchara, a decir verdad, pero en ese proceso se topa con más monstruos metálicos. Su casa es también la guarida de esos monstruos resplandecientes. Un pavo compuesto por cientos de cucharitas infla el pecho cerca del comedor. Las asombrosas plumas de sus extremidades son en realidad cuchillos de mesa, lo mismo que la expandida cola. Un pez gigante acecha cerca de la puerta. La tapa de un azucarero plateado es el ojo. El cuerpo entero un disciplinado ejército de cucharitas de postre. También hay máscaras orgullosas colgadas de los impecables muros. Máscaras emplumadas de espátulas de cocina, de tenedores y más fragmentos de cucharas. El arte de Gutarra ha sido exhibido en galerías de arte y paseado por sets de televisión de las mayores cadenas norteamericanas. Y sin embargo es totalmente ignorado en su tierra, el Perú. El Hombre Cuchara lo llaman.
De pronto aparece un cocodrilo cerca de la laguna que está fuera de su casa. Pero las gruesas escamas de su espalda están hechas de cucharones convexos y espumaderas, y sus dientes puntas de tenedores y cuchillos. Y mientras se sumerge en el agua un tibio tintineo de cubiertos acompaña la brisa de la tarde en Sarasota, Florida.