Efecto wachimán

Plataforma_glr
19 Oct 2012 | 18:30 h
La palabra cholo proviene del muchik chulup, que significa hombre joven. Cuando el arqueólogo Carlos Elera me reveló esto en Ferreñafe recordé que en algunos lugares del norte te llaman cholazo si luces fortachón y saludable. Cholo como piropo. Estoy cholazo. Estás cholazo. Te pusiste bien cholazo. Redundantemente, cholo power.
Ahora una serie de televisión propone a Salvador, un wachimán cholazo como galán emergente, mejor dicho transgresor. Christian Domínguez, que proviene de ancestros piuranos, pasa varias horas a la semana en un gimnasio de San Miguel poniéndose cholazo. O sea fortachón y rozagante. La chica pituca Catalina, que asume la actriz María Gracia Gamarra, nota las protuberancias que inflaman los brazos del vigilante chulup y una cosita empieza a rodarle en su interior, hasta formarse una bola de fuego, mas no de nieve, porque quema como papa caliente. Lo que a veces llaman amor.
El tabú tambalea y termina por caerse de poto ante la ovación del público. Una niña rica en cualquier sentido se trepa a los brazos de un guachimán con medias de fútbol. Y se emborracha con su saliva cholaza. Por eso el rating estrepitoso. Uno de cada tres peruanos con tele prendida ve y entiende la serie de marras. Para sensacionalistas los griegos y Shakespeare. No solo Alexander. Un loco se tira de un globo aerostático en pos de romper la barrera del sonido. Millones lo siguen. Y en Lima un wachimán se tira al abismo de la pasión con las botas puestas. Y rompe antenas de conejo más que esquemas. El chulup wachiman, o guardaespaldas, preña de posibilidades el horizonte erecto de edificios mi vivienda de la Lima insegura, tan hipotecada al celo de los vigilantes de la guarda. La fantasía ha contaminado de guiones la realidad. El wachimán se puso cholazo. Y que nadie meta al amor en asuntos de la cachiporra. ¿O sí?