La tragedia no ha terminado

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3 M12 2011 | 19:00h
Mesa Redonda. 10 años después

 La noche del 29 de diciembre del 2001 un incendio destruyó Mesa Redonda. El fuego arrasó con cinco galerías comerciales en el cruce de los jirones Andahuaylas y Cusco y se extendió velozmente a cuatro manzanas de la zona. En la tragedia murieron 267 personas y otras 137 quedaron heridas. Entre ellas había dos hermanas que perdieron a once familiares. Como si no fuera suficiente, aún sufren las secuelas de aquella nefasta jornada.

 

Por María Isabel Gonzales
Fotos Rocío Orellana

 

En la cuadra 7 del jirón Cusco, en Mesa Redonda, Lidia Marchan Mora se abre paso entre vendedores de pirotécnicos, gorros, matracas y saldos de adornos navideños. Le han dado un billete de 200 soles y no le alcanza el sencillo para dar vuelto. Cruza la pista hacinada de ambulantes que como ella no quieren dejar de hacer negocio. Es 29 de diciembre del 2001 y la venta va en aumento. Unos clientes la esperan al lado de la bolsa de campanitas que tiene pensada rematar antes de medianoche. Seis de los once hijos que ha dado a luz están en los alrededores. Han aprendido el oficio de su madre y se dedican a ofrecer bolsas de regalo. Lidia se aleja unos siete metros y antes de dar un paso dentro de la galería Cusco escucha la primera explosión. El vigilante del local le dice que se viene un incendio. Los otros comerciantes se gritan entre sí. “Cuiden sus cosas, seguro que quieren robar”, advierten unos.

“Saqueo, saqueo”, se alarman otros. Lidia se toca el pecho. Mira el fuego que convertido en una gran bola naranja se abre paso. “Lissette, Jeferson, Karen, Esthe...”, no llega a decir más. El vigilante que la había puesto sobre aviso tira de su brazo con fuerza. Ella lo araña. “Él no entiende. Allá están mis hijos”, piensa. La gente huye. En la carrera la empujan y la pisan. Lidia siente que el corazón le late con mucha fuerza, se le va a salir por la boca. Sus brazos arden. Sus piernas también. Sale a Paruro y la luz se va. Está en llamas pero no le importa. Las apaga a manotazos. Avanza un par de cuadras e intenta volver a entrar. No puede ver nada. Se percata de un olor intenso, desagradable. Luego se enteraría de que así huele la carne humana cuando se quema.

Una madre y su hija

Tania Simón Mora vende la misma mercadería que su media hermana Lidia. Ella tiene un lugar cerca de la galería Mina de Oro en la cuadra 9 del jirón Andahuaylas. En esta noche no está sola. Dos de sus hijos trabajan con ella. La que está más cerca es Cristina, de 11 años. Ella da la voz de alerta. “Corre, mamá, corre”, le dice agarrándole el brazo.

Tratan de huir pero ni bien hacen el intento una olla de mazamorra de otra ambulante cae sobre las piernas de Tania. Se va de bruces contra el piso y Cristina intenta levantarla. Pero los cohetes ya están sobre ellas. Tania le dice que se vaya. Su hija no quiere abandonarla. Se queda junto a ella. Empieza una lluvia de cristales. Caen sobre sus brazos y piernas. El fuego prende sus ropas. Nadie se detiene a ayudarlas. Algunos de los que trabajaban como ellas están quemándose vivos frente a sus ojos. Escuchan una voz familiar  en el griterío. Es Eduardo, hermano de Tania. Él también empezó el día con ellas como carretillero. Las encuentra y toma a Tania en brazos. Salen de allí.

Cristina es valiente. Su piel está en carne viva pero corre al lado de su madre y su tío. En ese momento siente que todo va a estar bien. No imagina que su tío moriría dos meses después por haber aspirado demasiado humo. Mucho menos sospecha que nueve años después morirá en un bus por culpa de un chofer irresponsable que se desbarrancó camino al Cusco.

Lo que les dejó el incendio

 A las cinco de la mañana, Lidia Marchan encuentra a cuatro de sus seis hijos. Los más chicos. Todos menores de diez años. Le cuentan que el vigilante, aquel que también tiró de su brazo, los encontró dentro de la galería Cusco. Él los sujetó con una soga y los ayudó a escapar hacia una calle paralela donde las llamas no habían llegado. Allí los halló la policía. Pero su alegría no dura mucho. Las mayores, Karen de 15 y Esthefany de 13, no están en los hospitales, ni en la morgue.

Lidia está desesperada. Da con su hermana Tania y su sobrina Cristina en el hospital Loayza. Lloran. No pueden darse un abrazo. Muchas partes de sus cuerpos no tienen piel. Todavía no saben que su hermana Alejandra, sus dos hijos y la nuera de esta yacen en las calles de Mesa Redonda. También ignoran que las cuatro hijas de su hermana Florentina desaparecieron en las llamas. Las enfermeras quieren retener a Lidia. Sus heridas saltan a la vista. Ella no se deja. Regresa a casa en la cuadra 15 del jirón Áncash y espera un milagro. Quizás Karen y Esthefany vuelvan. Pero ellas no llegan. Vuelve a Mesa Redonda. El piso luce fangoso. Da unos pasos y se encuentra con una pila de huesos. Se pregunta si debe empezar a escarbar.

Cuatro meses después

Las noches son terribles para Lidia. En sueños escucha la voz de Karen pidiéndole que la busque. Esthefany la regaña. “No debes seguir llorando. Estamos vivas”. Han pasado cuatro meses y Lidia se acerca a la policía a dar los nombres de sus hijas. El oficial que la recibe le recrimina haberse tardado tanto. Él no entiende que para ella significa aceptar que están muertas. Pasan tres días. La  citan. Le enseñan fotografías de las ropas que han encontrado en los cuerpos. Las reconoce. Allí está el pantalón verde petróleo de Karen. De un costado se ve el hilo rojo con el que remendó un agujero. Lidia  abandona esta escena y aterriza en diciembre del 2011. Por estos días debe darle valor a su hermana Tania.  En el Loayza la operaron 12 veces porque los injertos de piel se le caían. Tiene diabetes y al quedarse sin talón izquierdo por la gravedad de las quemaduras todo el peso de su cuerpo cae sobre la parte delantera de la planta del pie. Lo tiene hinchado y el color oscuro revela que sus músculos se están necrosando. El Seguro Integral de Salud (SIS) no le cubre estas secuelas del incendio. Le dicen que es por la diabetes. Tania necesita una operación pero no puede costearla. Tratan de ahorrar pero los ingresos del día dan solo para comer. Quieren hacer una pollada. Mientras tanto, no tienen otra que volver a trabajar en Mesa Redonda.


Las cifras de mesa redonda

Víctimas. Según la lista que maneja la asociación de deudos 29 de Diciembre, hay 267 muertos identificados, 189 desaparecidos, 137 lesionados o con quemaduras, así como 173 huérfanos productos del accidente.

La ayuda. 440 bomberos y 40 unidades lucharon durante tres horas por contener el fuego y socorrer a las víctimas. De octubre a diciembre se calcula que entraron a la zona comercial 900 toneladas de pirotécnicos.

Indemnización. El abogado de las víctimas señala que el Estado indemnizó con solo 750 soles a cada familia que perdió un ser querido. Por eso han elevado su demanda a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.


En memoria

Este pequeño cuadro rinde homenaje a los 11 familiares que murieron en Mesa Redonda. Incluye a Benita Mora, matriarca de la familia que los dejó hace 44 años, y a Cristina, quien en julio del 2010 perdió la vida en un accidente de tránsito.