Las dos mitades de Villacorta

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09 Jul 2011 | 19:00 h

Genetista y curador de arte, Jorge Villacorta vive entre dos pasiones en apariencia antagónicas: la investigación científica y las artes visuales. Ambas facetas, asegura, encajan bien en su vida pero a su vez son la causa de una rutina bastante particular. Hoy divide sus días entre el Instituto Nacional de Salud del Niño, la galería municipal Pancho Fierro y una ONG con fines culturales. Este hombre, que cumplirá 53 años el próximo 21 de julio, es probablemente el solitario más asediado de Lima.

Por María Isabel Gonzales
Fotos José Loo


Jorge Villacorta dice estar condenado a llegar tarde. No importa si ha planificado una cita con anticipación. “Me eduqué en dos países en los que el tiempo define la forma de vida, Inglaterra y Suiza, y de puntualidad no aprendí nada”, confiesa. Quizás esas tardanzas tengan algo que ver con los mundos paralelos en los que se desenvuelve su vida. Por las mañanas mira a través del microscopio en el banco de tejidos del Instituto Nacional de Salud del Niño. Allí es un biólogo preocupado por la producción de vendaje temporal para niños quemados. Hacia las dos de la tarde carga una bolsa y sale a la calle. Las horas que lo esperan no siempre siguen una rutina estricta. Puede ir a la galería Pancho Fierro en el Cercado de Lima, donde trabaja como curador de arte. Si no tiene una exhibición que organizar, revisa sus pendientes y enrumba hacia la calle Belén, también en el Cercado. Se detiene en el número 1044 y toca el timbre. Una vez dentro, sube al quinto piso, donde funciona Escuelab, una organización que apoya los proyectos de nuevos artistas. Jorge es el director académico.

Sentado frente a la grabadora se acomoda el saco. Lo lleva desabotonado para dejar libre a una prominente barriga que no va muy acorde con su metro sesenta y su contextura de adolescente. Antes de responder una pregunta, guarda silencio ocho o diez segundos. Mueve las manos anunciando la respuesta y se manda un ‘speech’ que usualmente lleva referencias bibliográficas. “Tengo memoria visual. Puedo reconstruir una escena recordando detalles. También me pasa con las fechas; puedo evocar los números en mi mente”, se explica. Se toca las gafas que lleva desde los seis años y espera más preguntas.

Primero fue el arte

Para entender sus dos mitades, Jorge dice que habría que describir la forma de pensar de sus padres. Dos químicos farmacéuticos que pertenecían a una generación interesada no solo en sus profesiones sino también en el arte y la cultura. “Íbamos al Centro a conocer iglesias y al Museo de Arte de Lima. Mi madre me llevaba a la casa de un tío que tenía una colección de arte precolombino. Me quedaba horas admirándola”. Jorge vivió su niñez en Surco, en una zona que para los años 60 era prácticamente campestre. Tenía pocos vecinos y solo dos grandes construcciones a la vista: el colegio Franco Peruano y la Escuela Normal de Mujeres. De pronto este viaje por la memoria se interrumpe por el timbre de un celular. Viene del bolsillo de Jorge. El celular sonará varias veces durante la entrevista. Siempre hay alguien que quiere concertar una cita con él.

A los 14 años se convirtió en el pupilo de una maestra francesa que vivía a unos 800 metros de su casa. Esta mujer, amiga de su madre, había llegado al Perú después de la segunda guerra mundial. Dominaba casi todas las artes y sobre todo tenía predilección por la fotografía. Era Françoise de Malatesta. Gracias a su tutoría cumplió los 18 años con un conocimiento bastante sólido en historia del arte. A esa edad dejó el Perú y se fue a estudiar biología a Inglaterra. Ingresó a la Universidad de York y se especializó en genética. Y aunque para sus ojos universitarios todo era fascinante, había tres cosas que llamaban su atención por encima del resto. La primera era el Instituto de Arte Contemporáneo de Londres con sus muestras de videoarte. Luego estaban la fotografía y, por supuesto, el cine. Volvió en 1982 con un título en ciencias y un bagaje cultural que años más tarde lo convertirían en uno de los más importantes investigadores de las artes visuales en el Perú.

Hurgando en la ciencia

Probablemente no sea lo mejor para su dieta pero es un fanático de los caramelos de limón y las mentitas. El único problema es que suele olvidarse alguno en los bolsillos del pantalón hasta que se convierte en una masa pegajosa. ”Sí, ese es mi vicio”, admite. Ahora le toca hablar de la segunda mujer que marcó su vida: Eva Klein, fundadora del servicio de genética del Hospital del Niño. Lo persuadió para que fuera parte de su equipo. “Aprendí a procesar las muestras de sangre de los pacientes para obtener cromosomas. Luego estudiaba ese material genético para saber cuál era el origen de una condición física. Esa información era para el médico tratante, quien hacía el diagnóstico y recomendaba un tratamiento”.

Una de sus primeras tareas en el banco de tejidos del hospital fue hacer vendajes biológicos para los niños quemados. La materia prima la obtenía en el camal de San Fernando; debía retirar la piel de la espalda de los cerdos que allí le donaban. ”Así nos abastecemos. Es la única forma ante el déficit abismal de donantes. La gente no entiende la importancia de la donación; creen que los vamos a desfigurar si retiramos órganos como piel o huesos. Creo que en las campañas de información se necesita gente como Christian Meier o Maju Mantilla, que en vez de aparecer promocionando perfumes deberían estar promoviendo la donación”.

Crítica y curaduría

A pesar de su formación autodidacta, Jorge ha sido profesor de arte en universidades e institutos. También escribió en Oiga y en El Mundo, asesoró a la galería de arte Parafernalia y tuvo a su cargo la exposición de las obras de al menos un centenar de artistas peruanos, entre ellos Carlos Runcie Tanaka, Herbert Rodríguez y el fotógrafo Billy Hare. Ha dirigido espacios culturales, como la sala Luis Miró Quesada Garland, en Miraflores. Y siempre en paralelo con sus labores en el hospital.

Pero de pronto esas largas jornadas se acabaron. En el 2006 una enfermedad de tipo reumático lo frenó de golpe. “Perdí el tono muscular de los brazos y piernas, no podía moverme. Era como si mi cuerpo se hubiera apagado. Tardé tres años en recuperarme y retomar mis actividades”. Lo cuenta con miedo, casi como rogando que no le vuelva a pasar. Antes de terminar este encuentro, Jorge admite que empieza a sentirse solo. No se casó y no tiene hijos. Incluso hace mucho que no tiene una conversación larga con algún amigo. “Por el desorden en el que vivo pierdo vuelos, trenes, buses y también pierdo gente a la que estimo. Nunca he ido al psicoanálisis; quizás sea tiempo, no lo sé”. Ese es el precio que Jorge consciente –o inconscientemente– decidió pagar. Eligió su pasión por el arte y la ciencia. Ellas son sus compañeras.