El retorno a la semilla

Hace treinta años dos muchachos veinteañeros coincidieron en algún pasaje de la sierra peruana. Uno cantaba, el otro tocaba la guitarra. Ambos se juntaron para ponerle “música de fondo” a las vivencias del provinciano, del ambulante, de los estudiantes. Los Shapis acaban de visitar Huancayo, la ciudad que los vio nacer, el valle del eterno retorno.

Por Wilber Huacasi
Fotos Jhefryn Sedano y archivo


Un hombre acaba de ingresar de pura casualidad a la iglesia. Hay una boda. El hombre se sienta en una de las bancas. Al finalizar, observa a los novios que se besan. Piensa: “no puedo creerlo… ¡esa novia es mía!”. Esta historia es real, tan real como que es narrada y coreada en ritmo de chicha por cientos y miles de jóvenes, mientras observan a Jaime Moreyra y Chapulín, el dulce, sobre un escenario de luces. Noche de fiesta tropical en Huancayo. Invitados de honor, Los Shapis, aquel grupo que nació para reivindicar al provinciano, al proletariado, al peruano emergente.


El Perú se desempolvaba de lo que parecía ser la última dictadura. Miles de provincianos viajaban con su nostalgia del campo a la ciudad. La Lima del jirón de La Unión y el Palais Concert se iba convirtiendo, con la complicidad de los arenales y las casas de estera, en la Lima de todas las sangres. Era 1981 y lejos, en una ciudad de la sierra (Huancayo), dos jóvenes daban vida a Los Shapis. El conjunto tropical ha retornado por enésima vez a esta ciudad y los recuerdos brotan.

Lado A

Antes del concierto, Chapulín, el dulce, coge una taza con agua caliente en un modesto restaurante. Bebe un sorbo y le invito a viajar en el tiempo. Recuerda: “Yo tenía como 18 o 19 años cuando cantaba zarzuelas en la iglesia de Chupaca. Mi maestro era el profesor Aquilino Castro. Yo cantaba el Ave María de Schubert en latín”. Julio Edmundo Simeón Salguerán nació hace medio siglo en Chupaca. Su infancia discurrió en el barrio La Libertad, donde solía escuchar huainitos en la voz de su madre, María Salguerán Rojas. Confiesa: “Yo era un hombre pequeño y gracioso, muy alegre, por eso la gente del barrio me bautizó como Chapulín”.

Chapulín, el dulce, bebe un sorbo más y cuenta que en 1978 Jorge Chambergo Porta lo invitó a cantar en su grupo Los Ovnis. “Yo no creí –recuerda–, porque Los Ovnis ya era un grupo grande”. Pero asumió el reto y al poco tiempo ya estaba pisando una sala para grabar “Dime sí”, una cumbia andina, a dúo con Enma Verástegui. Fue un éxito. Disco de oro.

Chapulín casi termina de beber el agua caliente y Jaime Moreyra lo apura. Ambos abandonan el restaurante y en un minivan se dirigen al escenario instalado en un estadio de Chilca. Suben. Son presentados como la dupla de oro. Hay euforia. Jaime toma el micrófono y pregunta: ¿dónde están mis vecinos de La Mar y Florida, detrás del cuartel?

Jaime se hizo huancaíno merced a un idilio. Nacido en 1952 en Puno, su familia llegó a Lima como parte de la migración provinciana. Jaime recuerda que al terminar el colegio, un tío suyo le regaló una guitarra de madera con clavijeros también de madera y con una sola cuerda. Jaime adquirió un libro de acordes para aprender y poco a poco fue comprando las demás cuerdas.

Conformó su primer grupo en el barrio Independencia: Los Helios. Pasó por dos conjuntos más antes de ser invitado, en 1978, por Juan Arana para acompañar al grupo Melodía. Luego integró Victoria y Karicia. En este último, debutó grabando como primera guitarra, junto con la voz de Víctor Carrasco Tineo (Vico). En 1980, conoció en Huancayo a Noemí Cristóbal Valentín, quien se convertiría en su compañera. Es entonces que el guitarrista decide vivir con ella “detrás del cuartel” en Huancayo.

Lado B

Ya establecido en el valle del Mantaro, a fines de 1980, Jaime Moreyra se dirigió a Chupaca. “Fui a la escuela 513 –rememora–, estaba esperando al guardián para organizar un evento y veo que venía el Chapulín retornando de la chacra en su burrito”. Se saludaron:

–¿Tú qué haces?

–Yo ya me retiré de Los Ovnis –respondió el hombre del burrito–. ¿Y tú?

–Yo también, ya me salí de Karicia. ¡Qué tal si hacemos un nuevo grupo!

En los próximos días, Jaime y Chapulín tuvieron varias reuniones en Huancayo y bautizaron al grupo con el nombre de Los Shapis, en homenaje a la danza que se baila en Chupaca en la fiesta de las Cruces de Mayo. Por entonces, el locutor huancaíno José Luis Manrique conducía el programa El show del Polifacético en la ya desaparecida Radio Bolognesi. Corría enero de 1981 y les propuso un primer concierto. Aceptaron. Chapulín y Jaime no cobraron, tocaron “a cambio de publicidad”. La cosecha vendría después.

Fecha de debut: 14 de febrero de 1981. El silencio del Coliseo Regional fue interrumpido a las tres de la tarde por la guitarra sentimental de Jaime y la voz dulce de Chapulín. Ese día nació oficialmente el grupo Los Shapis con sus primeros integrantes: Dante Macha (segunda guitarra), “Lucho” Díaz (conga), Luis Guevara (timbales), Héctor Rivera (bajo).

Fuga

Treinta años después, Los Shapis están de nuevo en Huancayo entonando, en dúo con el público, una canción que tiene la misma edad, El Aguajal: “Si se marchó, sin un adiós… ¡¡¡que se vaya, que se vaya!!!”.

El tema original (El Alizal) fue creado en huaino por el compositor Teodomiro Salazar Medrano, del conjunto Mina Gonzales. Los Shapis lo grabaron por octubre de 1981 en la disquera Horóscopo de Juan “Chino” Campos Muñoz. A fines del mismo año, ya era un fenómeno. Llegaba la fiebre de la Shapimanía.

La cosecha vino con creces: 24 volúmenes de larga duración; algo de 14 discos de 45 RPM; un primer viaje para llevar la música chicha por primera vez a París en 1985; más de 40 mil personas convocadas en el estadio del club Alianza Lima en un mano a mano con la salsa; una película (El mundo de los pobres); una miniserie en la televisión. Y pronto, una nueva película.

Treinta años y Los Shapis siguen vigentes. Treinta años le han cantado a la vida social del país. En palabras del antropólogo Carlos Iván Degregori, en el documental Ciudad Chicha, la cumbia nacional le ha puesto “el fondo musical” a estas vivencias del peruano. Y durante este tiempo, ¿cuántas historias robadas a la vida por Jaime Moreyra para sus composiciones?

Cuenta Jaime que alguna vez conoció a un promotor de eventos de nombre Guillermo Frías, quien por un tiempo se fue a Argentina y dejó a su novia en Huancayo. Al retornar fue a buscarla a su casa y no estaba. Frías se fue a pasear a la Plaza Constitución y decidió ingresar a la Catedral. Allí vio con sus ojos a su novia vestida de blanco, contrayendo nupcias con otro.

Ocho líneas bastaron para contar esta historia en una canción titulada La Novia. El desenlace conmueve: “La misa termina, los novios ya se van, no puedo creerlo, esa novia es mía”.

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