“Ser actor da inestabilidad emocional”

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09 Abr 2011 | 19:00 h

Actor de cine, teatro y televisión. Ex guitarrista de Los Chabelos y hoy conductor del programa cultural Sucedió en el Perú. Paul Vega (1971) hace de todo, y todo parece hacerlo bien. Aquí nos habla sobre su pasión por la actuación, su paso traumático por el colegio, su fugaz viaje a España y el aparente boom del teatro en Lima.

Por Karen Espejo
Foto Rocío Orellana


Paul Vega habla bajito, sin sonrisas esporádicas ni miradas fijas en los ojos de quien lo interroga. Pide una cerveza y abre una cajetilla de cigarros. Así, entre sorbos de alcohol y bocanadas de humo, comienza a contar la historia de uno de los actores más versátiles de nuestro medio. Esta vez el personaje es él mismo.

–En un inicio estudiaste publicidad. ¿Qué te desencantó de esta carrera?

–Me gustaba la parte creativa, pero no me llenaba. Me sentía más a gusto actuando. La actuación empezó como algo para pasar el rato mientras decidía qué hacer con mi vida, si seguir en publicidad o no.

–¿Qué te atrajo de la actuación?

–Que era algo familiar de hacer, y cuando eso pasa tiene que ver con la vocación. Aunque chambeaba como mula, me daba más libertad. Tienes horarios raros, trabajas los domingos; pero todo se compensa con poder hacer siempre cosas distintas, o poder trabajar con tus amigos, que suele pasar.

–¿De niño querías ser actor?

–Ni se me había pasado por la cabeza. Yo quería ser futbolista o músico de rock.

–¿Qué tipo de alumno eras en el colegio?

–Pésimo, debí ser uno de los peores, sino el peor del Franco Peruano en toda su historia.

–¿En los estudios o en comportamiento?

–En los dos. Nunca tuve un gusto por el estudio porque los profesores no me incentivaban. El gusto por la lectura lo encontré por mi papá, que leía mucho. El gusto por aprender lo encontré por mi curiosidad. El colegio fue traumático. No entendía bien por qué tenía que aprender de memoria cosas que no me interesaban. Acabé el colegio solo para no tener que ir más a ese lugar y porque mis papás estaban desesperados.

–¿Repetiste?

–Dos veces. De chico viví en Ecuador y vine acá cuando tenía seis, pero estaba adelantado dos años. Entonces, aunque repetí, salí a una edad normal. Cuando acabé el colegio sentí mucha alegría; ese día fui feliz.

–Eras mal alumno, pero irónicamente hoy conduces Sucedió en el Perú, un programa de corte educativo.

–Sí pues; queda mal decir que era mal alumno. Pero la experiencia del programa ha sido 'mostra'; aprendo un montón y me muevo mucho en Lima, que es una ciudad rara donde puedes estar en Miraflores e ir al centro de Lima y ver otro mundo. Eso me ha dado un golpe en la cabeza.

–Sé que en el colegio tenías la retorcida fantasía de coger una metralleta y matar a tus compañeros y profesores. ¿Qué te jodía de ellos?

–Sí, como la película Bowling for Colombine. Tú ves a estos chicos en Estados Unidos que entran y matan a todo el mundo, y es horrible. Pero por un lado los entiendes ¿no? Ellos tienen muchas cosas que decir y una frustración muy grande, pero no tienen a nadie que los escuche. Es una soledad bien fuerte.

–¿Tú sentías eso?

–Sí, de repente eso. Y no tuve una metralleta a mi alcance, para suerte del colegio. Pero es bien triste. En la adolescencia te cuestionas muchas cosas de ti, del mundo, del amor. Y eso te puede llevar al rechazo; eso me pasaba en general con el colegio.
–¿También con los alumnos?

–Tenía un grupo chico de amigos, dos o tres. Digamos que era un poco antisocial. Y entre los profesores era mal visto; nunca se sentaron conmigo a ver qué me pasaba. No sé si hoy existan colegios donde enseñen a la gente a vivir, más que a memorizar quiénes eran los incas. Eso es más importante.

–¿La actuación te ayuda en tu vida?

–Al contrario, me ha vuelto más loco. Es bien inestable este trabajo, en lo económico, laboral y emocional. Por ejemplo, en la obra de Cyrano fueron tres meses de ensayo, cuatro de temporada, y de un día para otro se acabó. Te quedas en el aire, es bien neurótico. Y por otro lado, como persona, sí me ayuda a aceptar cosas de mí, conociendo al personaje.

–¿Qué haces para darte equilibrio e ir a casa tranquilo luego de una función?

–Es que no voy a casa tranquilo. Sales con la energía del personaje y necesitas un rato para calmarte. Por ese lado te desequilibras. En la novela (Lalola), mi personaje es medio loquito, y luego de grabar 20 escenas todo el día termino algo acelerado; toma un rato volver a la normalidad.

–¿Es difícil desprenderse del personaje?

–Sí, pero debe haber un distanciamiento entre el actor y lo que hace. Debes ser consciente de que representas una obra, aunque eso no implique no sentir. Como es algo que interiorizas conforme pasan las funciones, lo integras a tu vida. Y cuando se acaba y empiezas otro personaje, te das cuenta de que ya lo tenías un poco dentro. A mí me toma unas semanas desterrar al personaje anterior.

–Por tu personalidad, prefieres el drama antes que los personajes de comedia. ¿Se te ha hecho difícil hacer de Aguirre en Lalola?

–De hecho sí, porque no se acerca a mí. Pero en este caso era trabajar con Lucho Barrios, un director en quien confío ciegamente y es medio genio; y con un elenco espectacular. Sin darme cuenta, lo que más he hecho en teatro, cine y televisión son personajes marginales. Pero no el pastrulo fumando en un pampón, sino marginal en el sentido de que no encaja en su contexto.

–También has abordado mucho el tema de la homosexualidad. ¿Es complicado todavía mostrar estos papeles en nuestra sociedad?

–Sí, en Lima hay mucha intolerancia e hipocresía. Eso he sentido entre el público; he visto ciertas caras y reacciones al hacer de Oscar Wilde en Actos indecentes; de un chico abusado por su padre en La Celebración; o de gay en El beso de la mujer araña. Tenemos un doble discurso. Decimos que somos tolerantes con los homosexuales, pero no es igual cuando se trata de un familiar. Aún hay esa mentalidad de pueblo chiquito.

–Ahora tu hijo tiene casi dos años. Cuando crezca, ¿seguirás haciendo esos papeles?

–Sí, él debe entender que ese es el mundo en el que vive. Una de las pocas enseñanzas que le podría dar es ser más tolerante.
–En el 2003 estuviste en España. ¿Por qué decides partir?

–No tenía mucha chamba ni estaba contento en Lima. Coincidió con que mi esposa fue allá para hacer un máster; y yo fui al Festival de San Sebastián con la película Ojos que no ven. Aproveché para quedarme, pero no necesariamente para actuar. Fue más la aventura de descubrir dónde vivir y trabajar vendiendo cosas por teléfono o cafeteras en una tienda para poder comer.

–¿No te cuestionabas qué hacías allá?

–Pensaba que estuvo paja la experiencia, pero ya... Actuar allá es difícil porque a veces no coincides con la imagen que ellos tienen de los latinos. A mí me decían que parecía argentino. Entonces no podía competir con personajes españoles por el acento, ni hacer del típico latino porque no tenía el físico.

–¿Y cuando regresas a Lima encuentras mejoras en el mercado local?

–Regresé misiazo, sin un dólar en el bolsillo. Al llegar empalmé con una novela y volví a meterme en el ambiente. La situación para los actores recién ha ido cambiando en los últimos cinco años. Por un lado ves que los teatros se llenan y está bien, pero también piensas que aún es muy poco teatro para una ciudad de ocho millones de personas. Aún no somos un mercado teatral importante; estamos lejos de serlo.

–¿Te ves actuando el resto de tu vida?

–Supongo que sí, porque disfruto haciéndolo. Pero la duda viene porque me gustaría hacer otra cosa, no necesariamente actuar, sino salir de Lima, de Perú. No sé muy bien dónde, ni cómo, pero esa idea siempre está dando vueltas en mi cabeza.

¿Cómo llegas a la música?

Mis viejos escuchaban mucha música. La primera vez que oí a los Beatles fue porque encontré un casete de mi vieja. Ella era francesa y escuchaba canciones en francés. Mi viejo escuchaba tango, música criolla. Era una mezcla rara y yo crecí con eso. La guitarra vino de más grande. Tocaba con mi primo y unos amigos; ya luego con Giovanni (Ciccia) y Sergio (Galliani) hicimos Los Chabelos. Me distancié del grupo porque tenía varias obras de teatro. Me estaba costando un poco y ellos aún lo estaban disfrutando. Ahora en mi casa, agarro la guitarra un rato, pero casi nada. Siento que es algo que debería retomar, pero por un gusto personal, no con la aspiración de ser músico.

Últimas facetas

Abajo, en la piel del excéntrico Aguirre de la novela Lalola, en la que –asegura– se pone a prueba la habilidad de improvisación de los actores. Al lado, grabando el programa cultural Sucedió en el Perú, de canal 7. Su conducción fresca ayuda a que el público aprenda, junto con él, de una manera más amigable.