Iquitos, selva milagrosa De la ayahuasca y otras hierbas

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6 Jan. 2001 | 19:00h
En busca de los poderes mágicos de la ayahuasca fuimos hasta Iquitos. Nos hablaban de alucinaciones. Lo que encontramos, sin embargo, no fue eso, sino a un puñado de devotos ansiosos de ser curados

Texto y fotos: Ima Garmendia

Soga de muertos o soga de espíritus. El significado literal de la palabra quechua "ayahuasca" hace referencia a presencias del más allá. Y aunque muy pocos sepan con certeza de qué se trata, lo cierto es que se consume con devoción en la selva peruana. Lugareños y sobre todo extranjeros buscan esta planta con la esperanza de alucinar de lo lindo, y en algunos casos salvar la vida.
A Gunsel Suphi, británica de 36 años, la bajaron en silla de ruedas del avión que aterrizó en Iquitos. En los últimos doce años ha combatido a la muerte con una fortaleza que no deja de sorprender: medicamentos, uno tras otro, dos operaciones, sesiones de quimioterapia, y más, mucho más... con la única intención de sobrevivir al tumor maligno que tiene alojado en el cerebro.
Cuando llegó a la selva en compañía de un grupo de amigos lo primero que hizo fue hospedarse en el Amazon Rainforest Lodge, un cálido albergue a sólo 45 kilómetros en deslizador desde el puerto Nanay, en Iquitos. Lleva sólo mes y medio en el Perú y, aunque parezca increíble, la psicóloga Gunsel dice haberse curado.
El artífice de esto que quizás sea un milagro es Javier, el chamán que conoció en el albergue. Cuatro veces por semana este hombre de apariencia nada religiosa bebe ayahuasca para mirar dentro del cuerpo de Gunsel las razones y avances del mal. Con la certeza de estar en lo correcto, Javier le prepara pócimas en base a plantas, reza con ella y la tiene de inquilina en su propia casa. Es su médico de cabecera.

En las últimas décadas el uso de la ayahuasca está experimentando un auge inusitado entre extranjeros y peruanos audaces. Por una parte, un ejército de antropólogos, biólogos, intelectuales y exploradores, y por otra, curanderos y chamanes que ante el ascendente interés optaron por mudarse desde lo más profundo de la selva hasta la ciudad para abastecer la creciente demanda turística.
En Lima y en otras capitales del mundo la ayahuasca llama la atención por las visiones multicolores que bajo sus efectos es posible presenciar. Lo que se puede ver, según los testimonios recogidos, son escenas traumáticas de la vida hasta paisajes inundados de exóticas plantas y animales, criaturas místicas, espíritus y seres extraños.
La sociedad amazónica emplea la ayahuasca desde hace cientos de años como parte de la caza, el cultivo y la brujería. La ayahuasca es una planta que enseña, abre caminos y muestra cosas. El chamán Javier dice que es la planta del conocimiento.

El ritual de la ayahuasca comienza cuando el chamán invoca a los espíritus de la selva para que lo acompañen durante toda la noche. Llevar el timón de esta experiencia no es fácil. A menudo se pasa por una etapa de aprendizaje que dura entre seis meses y dos años. En el caso de Javier, el arte de la "chamanería" fue heredado de su padre, de su abuelo y de su bisabuelo. Ellos, en definitiva, lo señalaron como chamán. Otros, como Andobar, se hacen curanderos, luego de haber pasado por una curación que los vuelve sensibles al mundo sobrenatural.
Antes de celebrar el ritual, Javier sigue una dieta: nada de picantes, nada de carnes rojas y nada de sal. Sólo así está "limpio" y apto para contactar con el mundo de los espíritus. En la tradición amazónica, cada árbol, cada planta, tiene un espíritu, algunos buenos y otros malos.
Aunque muchos busquen la ayahuasca para pasar un rato espectacular, la mayoría cree que gracias a ella se puede diagnosticar la naturaleza de la enfermedad y cómo curarla.
Martes y viernes son los días propicios para encontrar a los espíritus y realizar las curaciones. Por lo general, se busca un lugar tranquilo. Los participantes se sientan en un círculo alrededor del chamán, y una vez que cae la noche abren la botella de ayahuasca entre cantos a los ícaros y fumadas de mapacho, el tabaco de la selva que es el alimento de los dioses.
Dicen que estas canciones se las enseñan las mismas plantas, y deben de ser entonadas durante las dos o tres horas que duran las sesiones para dar protección. Éstas van acompañadas de vómitos y diarreas (La ayahuasca tiene una función purgante y purificadora). En muchos casos, lo único que se consigue es un terrible dolor de estómago e interminables horas de sufrimiento en el baño más cercano. Javier dice que no siempre lo real maravilloso de la ayahuasca se comprueba en la primera sesión. Habrá que creerle. Pero no permita que sólo se lo cuenten. Vaya, cruce el río Nanay y tome contacto con la mística selva. Es, le aseguro, una experiencia inolvidable, y no sólo por la ayahuasca... La selva es un paraíso de colores impresionantes, silencios turbadores y ritos originales, que jamás encontrará en la gris Lima.