Abelardo Vásquez (1929-2001) Señor del festejo

A un año de su muerte, la gente no lo llora. La gente lo canta, lo baila, lo recuerda. Abelardo Vásquez, el maestro, el gran Abe, no se ha ido. Está presente cada noche de viernes en su peña Don Porfirio, esa casa cálida que un día decidió convertir en refugio de jaraneros y bohemios. Abelardo está allí, tocando su guitarra y dándole al cajón. Como siempre.

Escribe ESTHER VARGAS

..... E l hombre era un caballero, un señor, un maestro. Abelardo Vásquez Díaz se llamó. No será jamás un alma en pena. Será siempre el alma de la jarana. Más de un amigo ha sentido su presencia entre las doce de la noche del viernes y la cinco de la mañana del sábado. No es una aparición, es algo más concreto, es una imagen que recorre la peña, del brazo de Marilú, su amada esposa, la mujer a la que compusiera cierta vez el bolero "Tu retrato".
Abelardo ha regresado del bingo, ese vicio inofensivo que adoptó hace unos años por puras ganas de relajarse un poco. Deben ser las siete de la noche de un viernes como cualquiera. Dormirá hasta las diez. Marilú le dirá que algunas mesas de Don Porfirio ya están llenas. Vestido con una camisa blanca impecable, sin corbata, y un pantalón gris, el negro lindo cruzará la puerta de su dormitorio y pisará la peña. Saludará a la gente, recibirá un aplauso y con una mirada de esas que sus músicos ya conocen, habrá sugerido sin decir palabra el festejo "Camote asao", tema de su autoría.
A eso de las dos o tres, Bartola habrá llegado a Don Porfirio. Abelardo la recibe con un abrazo inmenso. Aquí estoy, maestro, le dirá ella. Nunca ha faltado a la peña. A la hora que sea, y como sea, la Bartola recala en este refugio, rincón predilecto de los criollos de la vieja guardia, casa de Abe, morada de la música peruana. El buen Abe debe de haber bebido algo de whisky, jamás cerveza porque le sienta muy mal. Se le ve al lado de Manuel Acosta Ojeda, Rafael Matallana y Carmen Flores. Bartola canta "Perdiste". Siguiendo las enseñanzas del maestro, la morena no busca el micro para que se le escuche. Su potente voz es más que suficiente. Abelardo la mira con admiración. Es su discípula.
Le piden una marinera. Abelardo acaricia el cajón, hace llorar a su guitarra y se manda con "Porfirio, Pipo y Vicente", canción homenaje a su padre y hermanos. La jarana continúa. Valses, festejos, landós, más marinera, alcatraz, pregones, una décima a la hora que el gallo canta, y allí está Abelardo, el alma de la noche que ya es día.

N ació en Jesús María el 2 de enero de 1929. Fue el cuarto hijo de doña Susana Díaz y del gran Porfirio Vásquez Aparicio, natural de Aucayama, Huaral. Desde muy pequeño comenzó a bailar marinera. Era un negrito altivo y galán que movía con gracia los pies y los brazos, que sabía elegantemente coger el pañuelo.
Bajo la mirada severa de su padre, Abelardo fue perfeccionando la técnica. A los seis años participó en la película nacional "El gallo de mi galpón". Querían un chibolo color aceituna que bailara bien la marinera, y Abelardo y su hermana María Julia debutaron como grandes.
Mucho tiempo después sería parte del conjunto "Porfirio Vásquez y sus hijos", legendaria agrupación que rescatara e impulsara la música costeña de origen afroperuana. En 1956 integró la primera Compañía Negra "Pancho Fierro", organizada por José Durand que -según los cultores de la música negra- logró un maravilloso espectáculo de fiestas y canciones limeñas cultivadas por los negros criollos de la costa central. "Pancho se presentó con singular éxito en el Teatro Municipal y la Plaza de Toros de Acho. Fue ocasión para que los limeños blanquitos de nariz respingada disfrutaran con la música de los pobres.
Nicomedes Santa Cruz, amigo y maestro, lo invitó a formar el grupo "Cumanana". Juntos grabaron un disco que hasta hoy sigue siendo un clásico: "Cumanana". Abelardo fue el solista que más intervino cantando marineras, pregones y festejos emblemáticos del folclore afroperuano. La relación entre Nicomedes y Abelardo fue más que profesional. No eran sólo amigos, eran hermanos.
Juntos saborearon el éxito en el Festival de Salta (Argentina). Ocurrió en 1967 y de acuerdo a sus hermanos fue una experiencia muy grata. Nicomedes y Abelardo recibieron la ovación del público. Al año siguiente viajaría con Victoria Santa Cruz a México. Los charros se rindieron a los pies de estos dos negros sabrosos. Repetirían el plato en Colombia (1971), y en 1974, otra vez con Nicomedes, aterrizó en Cuba para participar en el Festival de Decimistas de Cucalambé.
En esa época el nombre de Abelardo Vásquez ya era sinónimo de talento, sabiduría y elegancia. Era -en opinión de sus amigos de la época- un excelente cantor de festejos, un cultor apasionado de la marinera limeña, un zapateador de primera, un exquisito cajoneador y un bailarín sin igual. Hasta el final de sus días, Abe sería así: el mejor.
El popular "Préndeme la vela" se lo debemos a Abelardo. Muchos lo bailan, pero pocos recuerdan que ese alcatraz legendario fue su inspiración, así como el pregón "Pan de dulce" o el landó "Negro Domingo".
En el año 1977 realizó una gira de 72 días con la agrupación "Hijos del Sol" que se presentó en Japón. En 1982, al lado de Carmen Flores, Vicente Vásquez y Carlos Montañez, recorre Alemania. Y en el 83 vuelve a Argentina para el festival de Cosquín.
Durante ese tiempo la labor de Abelardo fue prolífica. Además de "Cumanana" grabó los antológicos "Socavón" (1975) y "Ritmos Negros del Perú" (1971). Con sus hermanos Vicente, Daniel "Pipo" y Osvaldo nos entregaría "Los Vásquez" (1974) y ese epígrafe inmortal para las noches de jarana:

"Para los conocedores,
Señores, somos los Vásquez.
Y aquí, como en todas partes,
Somos los Vásquez, señores".

En esa época ve la luz "Perú Moreno" junto a Alicia Maguiña y un nuevo disco "La Marinera Limeña es así", placa extraordinaria en la que canta con Augusto Ascuez y Augusto Gonzales "El Cura", acompañado por las guitarras de Vicente Vásquez y Carlos Hayre, el cajón de Reynaldo Barrenechea y el guapeo y las palmas de la maravillosa Valentina Artega. Se trata -dicen los conocedores- del más importante testimonio que existe sobre la marinera limeña. T odavía no se ha escrito su biografía completa. Marilú, su viuda, ha intentado un boceto titulado "Abelardo Vásquez: una vida", pero al releerlo en la soledad de la peña Don Porfirio constata que faltan muchos detalles, logros y anécdotas. En las páginas de Marilú no figura, por ejemplo, la importante antología "Afro-Peruvian Classics/The soul of Black Perú", editada por el sello Luaka Bop de David Byrne, en la que Abelardo brilla al lado de Lucila Campos, Chabuca Granda, Eva Ayllón, Nicomedes Santa Cruz y Perú Negro.
Una biografía de Abelardo es una tarea enorme, reconoce Marilú, su compañera desde 1976. Y es que para escribirla habría que pasar interminables noches al lado de los jaraneros más jaraneros de Lima, hombres y mujeres que se juntan cada viernes en Don Porfirio para recordar al maestro, pero que a la hora de hilvanar ideas se quedan con lo más reciente: ese viernes de abril -cuatro días antes de su muerte- cuando Abelardo dijo estar feliz, porque después de mucho tiempo su casa, la peña, estaba repleta de amigos que hace siglos no lo visitaban. Fue la despedida. El adiós de una muerte no anunciada. A belardo tenía dos sueños: difundir la música afroperuana y tener su propia peña, un lugar donde la jarana no perdiera ese sabor cálido del callejón de un solo caño. Cumplió, en vida, con esos dos anhelos. Sus esfuerzos por preservar la autenticidad del folclore fueron públicos y notorios. La historia de Don Porfirio quizás sea menos conocida. Cuenta la viuda que desde comienzos de los ochenta Abelardo recibió propuestas para formar sociedad, pero dijo no con una terquedad admirable. No quería una peña como ahora lo son "De rompe y raja" o "Del Carajo", buscaba algo íntimo y modesto, un rincón en el que se pudieran apagar los micros y desconectar los parlantes para que la gente cantara como en los tiempos de su padre: voz en cuello, pura garganta. Así, en el 84, nació ese sitio. No tenía nombre, pero todos los criollos sabían que en el pasaje Tumbes, en Barranco, era la jarana. Una de esas noches memorables Abelardo preguntó: "¿Cómo quieren que se llame mi peña?". Armando Zamudio, amigo de los Vásquez, alzó la voz: "Don Porfirio, mi hermano". Quedó.
Luego se mudarían a la cuadra uno del jirón Manuel Segura. Don Porfirio se hizo así el refugio más jaranero y tradicional de Barranco. Abelardo fue un hombre feliz, asegura Marilú, posando los ojos en un retrato blanco y negro de su esposo. Lo recuerda amable, caballeroso, renegón, perfeccionista y querendón.
Nunca hizo fortuna, pero era feliz. Fue maestro durante 30 años de la Escuela Nacional Superior de Folklore "José María Arguedas". Allí conoció a Marilú, la alumna que le robó el corazón.
-Abelardo está aquí, está en Don Porfirio, está en sus discípulos, en sus hermanos, hijos y sobrinos... Está en mí. Está tocando el cajón. Puedo verlo abrazar su guitarra con amor. Escucho su voz. No se ha ido. Creo que cualquier viernes regresará del bingo, dormirá la siesta y se alistará para recibir a los invitados. Lo siento vivo.
Abelardo Vásquez no es un alma en pena. Es y será el alma de la jarana, aquí, como en todas partes.


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Sus amigos lo recuerdan

Manuel Acosta Ojeda
"No he conocido artista más completo en la música costeña que Abelardo Vásquez Díaz: cantor, actor, zapateador, percusionista, bailarín, guitarrista, compositor y, sobre todo, muy buen amigo. Era, por cierto, mi mejor amigo. Nos conocimos cuando teníamos 15 ó 16 años, hace más de medio siglo. Él era uno de los últimos criollos verdaderos que vivía, de esos que se dice "de callejón".

Bartola
"Era mi padre, mi mentor, mi maestro. Abelardo no se ha ido del todo, nos deja su gran cariño, sus enseñanzas, sus palabras sabias... Hace más de 18 años que canto en su peña, y aunque el día de su muerte sentí como una puñalada en el pecho, hoy puedo decir que está vivo en mi corazón y en el alma de todos los que tuvieron el privilegio de conocerlo".

Rafael Matallana
"Era uno de los artistas más completos de la música criolla: cantaba, bailaba y componía. Fuimos amigos y compañeros de arte durante muchos años. Todavía me cuesta creer que ya no esté".

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