Cucharita El mago de los bares

El domingo 24 de junio Miguel Martínez Reyes, "Cucharita", celebró sesenta años de vida artística. Su performance no conoce escenarios de lujo, sino bares y restaurantes emblemáticos de Pueblo Libre, San Miguel, Miraflores y Barranco. Hasta esos huariques de respetable concurrencia Domingo lo acompañó para dar cuenta de su oficio y su talento. Esta es la crónica de un sábado con Cucharita, el único equilibrista de cantina que con sus trucos y criollísimo sentido del humor anima -y calienta- las húmedas noches de la bohemia limeña.

  Escribe ADRIANA LEÓN
Fotos IMA GARMENDIA

La curiosidad nos lleva a preguntar: ¿es cierto que eres abstemio? Cucharita mira fíjamente al vacío y luego responde: "Sí, es cierto. Nunca me ha gustado el trago. Lo que pasa es que siempre estoy rodeado de borrachos y por eso la gente cree que yo también le entro al cuento". En realidad, si Cucharita fuera un bebedor consumado, difícilmente podría mantener en equilibrio esa silla que ahora está sobre su curtida frente. Cuando los animados bebedores le ofrecen un trago, Cucharita siempre responde: "Mejor invítenme un té, y si alcanza para el sanguchito, mejor aun".
Vestido con un saco de gabardina blanco del mismo color que sus impecables mocazines, este equilibrista de cantina comienza su jornada de fin de semana con el mismo entusiasmo de sus pininos en otros huariques de Lima hace sesenta años.
Es sábado, una de la tarde y el primer bar de su travesía es el Queirolo de Pueblo Libre. Ni bien ingresa en el antiguo local, comensales y bebedores saludan al carismático personaje con un pletórico ¡salud! "¡Buena, Cucharita, ya era hora de que llegaras!", lo festejan sus seguidores. Él esboza una sonrisa pendenciera y asiente con la cabeza a modo de agradecimiento. Está feliz porque hay público, y en consecuencia billete que levantar.
Después de saludar a los cantineros, Cucharita se abre un espacio entre las mesas del local. Estira una manta que además de mostrar el logo de una conocida marca de cerveza exhibe también una inobjetable verdad bordada con hilo rosado: "Cucharita, el más grande equilibrista nacional". Luego extrae una moneda y tintinea un botellón de cerveza ñla famosa litro cienñ para llamar la atención y anunciar, con su inconfundible voz de fumador empedernido, "la función va a comenzar".

 

Cucharita se llama Miguel Martínez Reyes. Tiene 75 años y una singular historia de vida. Nació en Motupe, en 1926. A los diez años se vino a Lima con un cajón de lustrabotas bajo el brazo.
Aquí mostró sus habilidades a los dueños del circo mexicano Atayre, y éstos lo contrataron para hacer nada menos que de contorsionista.
Pero esa faceta no era la que más le atraía. Su sueño estaba más bien ligado al equilibrismo y por eso, en los momentos de relajo, sus compañeros lo orientaron en sus primeros pasos. Primero aprendió a sostener palos de escoba y escaleras con el tabique y la frente. Lo cual explica las callosidades que distinguen su rostro ante los ojos del público. A cambio, el niño les enseñó el arte de tocar las cucharas. Cuando los días de circo terminaron, Cucharita pasó de contorsionista a bailarín.
ñHe bailado con Ana Kaona y Betty Di Roma. Era un resorte con el mambo. Chiquillo y todo me amanecía en el Tíviri Távara, bailando rumba, taconazo, guaracha y chachachá. Eso sí, siempre acompañando el ritmo con mis cucharas...
Luego él mismo se bautizó como Cucharita, apelativo que ha patentado y con el que se ha hecho conocido a lo largo y ancho del país, y también en el extranjero. Según cuenta, en tiempos mejores Cucharita logró trasladar su show hasta Miami, Chicago, Nueva York, Madrid, Roma y Venecia. Y si bien al principio su repertorio incluía un número de faquir (comía vidrio y se atravesaba la garganta y las orejas con enormes imperdibles), con el correr de los años tuvo que parar la mano.
Sin desprenderse un minuto de su maletín de lona azul, este curioso personaje se ha convertido en un icono de lo que bien podría llamarse la cultura del bar preservada por ciertos beodos en Pueblo Libre, Miraflores o Barranco. Tanto que si durante la bohemia nocturna no aparece Cucharita, la chela, el ron, el vino o el aguardiente no son los mismos. El hombre del sombrero le pone un irreemplazable toque de picardía a la noche.
Cucharita recuerda aquellos años en los que se desvelaba hasta las cinco de la madrugada. Ahora el cuerpo ya no le da para tanto trajín. Por eso, de lunes a miércoles, recorre bares hasta la medianoche y de jueves a sábado se queda máximo hasta las tres. Los domingos se va a Pachacámac, donde su gente lo espera sazonada con cerveza negra y embotada con una suculenta pachamanca.

 

Después de recorrer la cebichería El Rubio, en San Miguel, y el Cantarrana, en Barranco, Cucharita nos pide unas horas para darse una siestita antes de comenzar el recorrido nocturno. A las nueve lo encontramos en el Juanito de Barranco, y desde allí partimos hacia Miraflores, precisamente a la Calle de las Pizzas.
"Yo fundé este lugar", recuerda Cucharita con nostalgia. "Acá llegaba mucho turista y yo era considerado un personaje. ¿Cuándo, dónde has visto un equilibrista de género criollo? Los gringos se quedaban cojudos, me decían: ëOh, mucho buenoí, y me llenaban con dólares los bolsillos".
Su número más aplaudido se llama El Dragón Chino. Ni la lluvia del último sábado de junio impidió que Cucharita estirara su manta en pleno bulevar de la Calle de las Pizzas para iniciar su show. El público concentra la mirada en el equilibrista y se pregunta cómo diablos este hombre de 75 años puede tragarse un cigarrillo, beber un sorbo de agua y luego extraerlo todavía encendido. Más sorprendidos quedan cuando Cucharita logra sostener, sobre el tabique nasal, un palito de fósforo que sirve de soporte para una vara de madera. Y sobre ésta, prepárense, hay un vaso de cerveza. Pero la admiración es más elocuente cuando Cucharita traslada el líquido de dos botellas de cerveza sin derramar una sola gota. Los aplausos no se hacen esperar, y Cucharita les muestra otro de sus trucos. Esta vez es el llamado "pañuelo para que no tomen Viagra". A despecho de lo que pueda pensar el público, ninguno de sus pañuelos está almidonado. "Sólo hay que saber darle el estirón y se queda tieso. Por eso bromeo y digo que con un buen estirón no se necesita Viagra". Culminado el show, viene la clásica pasada de sombrero y de inmediato a contar las monedas para saber cuánto se ha ganado en esta lluviosa noche de invierno.

 

De su vida privada no le gusta hablar. Ni siquiera permite que lo visitemos en su pequeño cuarto del jirón Paita, en el Rímac. De él sólo sabemos que es casado, que su esposa se llama Simona y que vive en Huachipa, en una chacra que Cucharita compró cuando todavía se podía ahorrar. Padre de cinco hijos y abuelo de 18 nietos, Cucharita se toma muy en serio su profesión. Y es que cuando de dinero se trata, nada puede fallar. Por eso al momento de salir a laborar debe lucir impecable: "Bien bañadito, aunque no haya ducha, carajo, con balde nomás me baño, como pato", dice y canta: "patita, paí que te quiero...".
Cada dos días Simona viene a Lima para lavarle la ropa y darle un beso. A cambio, Cucharita le da la mitad de su ganancia. "Ese es el truco para que un matrimonio dure toda la vida", aconseja con una carcajada, y añade más serio: "Cuando yo muera se termina la película".
Cucharita se resiste a trabajar en la calle. Su única experiencia en la Plaza San Martín fue un desastre (no ganó ni diez soles), y desde entonces trabaja sólo en bares y en eventos especiales.
Ya en el Juanito de Barranco y a pocos minutos de iniciar su show, Cucharita se jacta de ser el engreído de la pituquería limeña. Dice que eso se lo debe a su estilo caballeroso y criollo. Por eso Cucharita es fijo en los festivales ecuestres de Mamacona. "Las chicas bien me quieren porque saben que no las voy a manosear ni nada de eso. Hay que saber ganarse el respeto, ¿sí o no?".
Incondicional admirador de Chabuca Granda y fanático de la buena música criolla, Cucharita tuvo un fugaz paso por el set de Ferrando en Trampolín a la fama . De esa experiencia dice con amargura: "Ese sí que era un explotador de artistas".

 

La noche está en su punto. El Juanito luce atestado de gente y Cucharita decide comenzar el show. En medio de aplausos y litros de cerveza, el equilibrista más famoso de los bares limeños repite sus números consabidos. Con varios tragos encima, la gente pide más. Entonces, Cucharita se acomoda la mandíbula, pide permiso a la mesa de al lado y sostiene una silla con el mentón durante un minuto. Tras el asombro, la gente arranca en aplausos y desembolsa las monedas que van a parar a su sombrero de paja. Luego se despide fumando un cigarrillo: "Hasta pronto, mis amigos, hasta pronto y muchas gracias".

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