La mujer que volvió

En los albores de la década del sesenta, Anne Marie creía tenerlo todo.

Anne Marie Graña Sarmiento fue la ‘chica terremoto’ de los setenta. Millonaria hija de una ex miss Perú y de un próspero empresario pesquero, terminó metida en drogas, alcohol, desbordes y violencia. Treinta años después de su detención y del juicio que la llevó a la cárcel por robo agravado, ella integra una comunidad cristiana, es teóloga y, sin la menor ambición por una herencia perdida por decisión familiar, dedica su vida a ayudar a la gente. En tiempos de hermosas y malditas que acaban como Angie Jibaja o Malú Costa, su historia es edificante.

Por Claudio Chaparro

En los albores de la década del sesenta, Anne Marie creía tenerlo todo. Era una niña de familia aristocrática que vivía junto con sus dos hermanos en una muy lujosa mansión frente a El Golf, en San Isidro. Una residencia cuyo jardín tenía más de 2,500 metros cuadrados de extensión y en donde la pequeña era atendida por su institutriz francesa y por once empleados al servicio de su familia.

Pero el destino no distingue entre ricos y pobres. Sólo interviene para moldear, afectar o, como en este caso, trastocar nuestras vidas. Y Anne Marie fue presa, con el paso de los años, del peor de los abandonos: el afectivo.

Entonces, casi sin darse cuenta, acabó envuelta en esa inenarrable pesadilla que es el submundo de las drogas y la delincuencia. Llegó a ser, como ella misma afirma, una vergüenza para su adinerada familia. Anne Marie tocaría fondo al llegar a la cárcel condenada por involucrarse en un caso de asalto y robo a mano armada.

Casi treinta años han pasado de esa atroz vivencia de una niña rica que conoció de cerca lo que es la pobreza del alma. Anne Marie Graña Sarmiento nos recibe en la sede de la Misión Cristiana Maná en Surco. Pese al tiempo transcurrido, sigue siendo una mujer bella. Viste con elegancia, muestra muy buen semblante y no tiene problemas para recordar esa etapa de su vida en donde el desborde parecía ser la única salida posible.

"Yo viví en medio de las drogas, de la soledad, rodeada de criminales y prófugos de la justicia. Pero encontré el cambio en Jesucristo", afirma Anne Marie, hija de Mary Ann Sarmiento Hall, una ex miss Perú, y Rafael Graña Elizalde, un empresario pesquero. Hoy, a los 48 años, es titulada en Teología avanzada y en su congregación no sólo trabaja predicando la palabra de Dios, también ayuda y orienta a quien se lo pida.

"Yo cambié, salí del fondo del abismo", asegura Anne Marie, en tiempos en que los dramas mediáticos de las Angie Jibaja o las Malú Costa se empecinan en vender escándalos sin aparente fecha de caducidad.

LA SOLEDAD COMO ALIADA

En aquella residencia sanisidrina Anne Marie tenía a su alcance lo que quería. "Hasta un espacio para practicar ballet en casa", recuerda ella. Sin embargo, a mediados de 1966 surgieron los primeros problemas. Su padre, Rafael Graña Elizalde, y su madre, Mary Ann Sarmiento Hall, quien en 1953 había sido coronada Miss Perú, se divorciaron. Rafael formó otra familia y Mary Ann empezó a llevar una vida muy agitada, con presentaciones en televisión y viajes constantes al extranjero. Incluso llegó a residir una larga temporada en México. Anne Marie y sus hermanos, Verónica y Rafael, quedaron al amparo de algunos tíos y del abuelo materno, Eduardo Sarmiento Calmet, que había sido embajador en Estados Unidos, Francia, Bélgica y Holanda. Luego los niños siguieron su educación en internados. "Casi no veíamos a nuestros papás. Mi madre viajaba mucho. Y mi padre más se preocupaba de su otra familia y sus nuevos negocios", recuerda Anne Marie.

La soledad fue abrazando a la hija menor de los Graña Sarmiento. Incluso, el trato del abuelo embajador no era el mejor. Era un hombre duro y mujeriego, que sólo pensaba en sí mismo.

A los catorce años Anne Marie buscó hacer amistad con otras muchachas algo díscolas con las que compartía el colegio. Nadie se preocupaba por ella y su vida se hizo cada vez más independiente. En verano, en casa de su abuelo, comenzó a frecuentar playas de moda. Ahí conoció la marihuana, la cerveza y la juerga. Anne Marie empezó entonces a consumir drogas y alcohol.

"Cuando comencé a salir a la calle, me convertí en la oveja negra de la familia. Nadie quería saber de Anne Marie, la marihuanera. Hacía escándalos en la calle. Y solo tenía catorce años", comenta. Poco tiempo después, los problemas entre Anne Marie y su madre se hicieron constantes. Cuando Anne Marie tenía quince años su madre la botó de casa.

"Entonces me topé con narcotraficantes colombianos. Cuando ellos cayeron presos, yo me vi sola y con un gran vicio a cuestas", recuerda ella.

ENTRE RATAS Y CALLEJONES

Ese camino a la perdición se inició en casa de una amiga. Ella la cobijó. El abuelo materno, tras llegar de un viaje de Europa y enterarse de lo sucedido, simplemente la ignoró. Con sus compañeras de aventura Anne Marie visitaba Jumbo Jet, la discoteca del momento. Se hizo conocida de los porteros e ingresaba pese a ser menor de edad. En esa discoteca ella y sus amigos encontraron a viejos amigos de la madre de Anne Marie. Eran empresarios y políticos muy conocidos. Lejos de ayudarla, la acercaron a la cocaína.

Una vez, con otra chica que gustaba del trago y la cocaína, llegaron en un taxi hasta los fumaderos de opio de la calle Capón. Compraron varios paquetes de cocaína y terminaron drogándose en el Bosque de El Olivar, en San Isidro, a escondidas del ‘toque de queda’ del gobierno militar. En sus correrías, Anne Marie se hizo amiga de César, un ex empleado de su padre. Él fue quien la presentó a un hombre mayor, que tenía droga en cantidades industriales. ‘El Viejo’ lo llamaban. Con el tiempo supo que se trataba de un poderoso narcotraficante colombiano. Se libró de ser apresada, pero después tuvo que huir hacia el norte. Al regresar a Lima, la adicción ya era imparable.

"Mi vida en ese momento era muy desordenada –refiere Anne Marie–. Llegué a vivir en callejones, rodeada de basura. Me quedaba días pegada a la droga, en medio de las ratas, no tenía una cama en donde dormir. De pena, a veces, alguna señora que vendía droga me abría la puerta y me decía duerme un rato. Yo pensaba solo en drogarme y en recuperar fuerzas para seguir haciéndolo".

Anne Marie despertaba y se iba a fumaderos de Barranco y el jirón Renovación, en La Victoria. Se hizo conocida como cliente. "Se peleaban por venderme la droga. ‘Ahí está la gringa’, gritaban", añade.

En esas circunstancias comenzó a consumir pasta básica de cocaína. Se informó de otros lugares en donde vendían la droga y le perdió el miedo a los ‘huecos’. Las redadas policiales la tenían como ‘huésped’ constante. Anne Marie se consiguió un arma. Y empezó a robar para drogarse. A veces, para que le dejaran tranquila, se vestía de hombre.

En una de esas noches conoció a quien sería el padre de su hijo Luis Fernando. También se drogaba con él. Los Graña ya nada sabían de ella. Y Anne Marie apenas tenía diecisiete años. "Robaba y me involucraba con gente de mal vivir. Hasta que un día fui cómplice en un asalto y robo a mano armada a un taxista. Ya había tenido varias experiencias policiales. Siempre llamaban a mi familia. Y un día se cansaron. Cuando más necesitaba de ellos, me dijeron ya no más. Y acabé en la cárcel".

UNA LUZ EN LA OSCURIDAD

El 11 de octubre de 1978 Anne Marie se vio involucrada en el asalto al taxista Melquíades Miranda. Todo fue por drogas. Ella llegó al jirón Renovación a comprar, pero un prontuariado sujeto llamado Rodrigo Alvarado la convenció, con gran cantidad de cocaína, para ir a drogarse a Magdalena. En medio de versiones confusas, Anne Marie fue apresada.

"Me hicieron cómplice –asevera ella–. Tenía dieciocho años. Los policías le dijeron a mi madre que era un asunto delicado, que hiciera algo por librarme. Ella dijo que no. Y el fiscal pidió diez años de cárcel. Yo no era una asesina, una malvada. Lo que tenía era problemas de drogas, carencia emocional, carencia de amor", señala ahora Anne Marie.

Al final, en octubre de 1979, fue sentenciada a siete años de prisión. "Mi abuelo apareció y me dijo que se encargaría de mi hijo. Que yo no perdería mis derechos de madre. Fue mentira. Le cambió el nombre. Lo inscribió como si él fuera mi tío", dice.

Ella cuenta que su caso fue la "comidilla" de la prensa. "Todas las revistas y periódicos hablaban del tema. La hija de la ex miss Perú, decían, envuelta en asalto y robo. Todo fue terrible", agrega. Meses después del encierro, Anne Marie se acercó a un grupo cristiano dentro del penal de Chorrillos. "Alguien cantaba y me interesé. Me dieron a leer el salmo 27. Decía: ‘aunque tu padre y tu madre te dejaran, con todo ello, el Señor te recogerá’. Ahí me quebranté. En ese momento acepté al Señor en mi corazón", admite.

Estuvo dos años y diez meses presa. En 1982 fue indultada. "Días antes del indulto, otro pasaje bíblico me lo anunció", asegura. Tuvo pocas recaídas, pero supo salir adelante. "Luego, con otra comunidad cristiana, viajé a Colombia. Trabajé como traductora en un colegio. Después fui a Estados Unidos, en donde me detectaron cáncer al pulmón. Y también lo superé, gracias a Dios. Escribí un libro titulado ‘Atrévete a creerle’. Ahí describo cómo es mi fe en Dios. ¿Mis padres? Los perdoné. Necesitaba hacerlo. Él murió en el año 2000. Mi madre vive, mantengo una buena relación. Ya tengo hasta un nieto y mi hijo me acompaña en la Misión Maná, mi comunidad cristiana. Esta es hoy mi vida. Y ahora el Señor me ayuda a ayudar a la gente", confiesa Anne Marie, la niña rica que conoció la pobreza del alma, y también la mujer que supo salir adelante.

"YO VISITO A MALÚ"

Anne Marie no es ajena a los escándalos mediáticos generados por ‘chicas terremoto’ como Angie Jibaja o Malú Costa. Ella pasó momentos similares hace casi tres décadas. "A Malú Costa la he visitado en la cárcel. Me parece una buena chica. Creo que se equivocó, que estuvo mal influenciada, pero no es una mala persona. Tiene ahora la oportunidad de rehacer su vida. Le he contado la mía. Sé que puede hacerlo", afirma. Y también habla de Angie Jibaja. "A ella no la conozco. Pero sé de su problema por los medios. Creo que es un caso similar. En casos de drogas siempre hay ausencia de afecto, de amor, falta de comunicación entre padres e hijos. Yo lo viví. Yo salí de eso. Pienso que con la ayuda del Señor todo es posible", comenta.

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