12 de Marzo de 2017 | 21:47 h

Las dos caras del Sauce

Por un lado está el desorden, los traficantes de animales y la contaminación absurda y constante. De otro, los proyectos sostenibles que no dejen huella ecológica y que pongan las cosas en su lugar: la selva está primero

Laguna Azul, el destino fetiche de Tarapoto está saturado, pero ya empieza a diversificarse la oferta. Foto: Martín Vargas

Laguna Azul, el destino fetiche de Tarapoto está saturado, pero ya empieza a diversificarse la oferta. Foto: Martín Vargas.

Martín Vargas Barrera / Revista Rumbos

Doña Adelaida posa para la foto y su diente de oro, cuando sonríe, se ve brillando. A su lado, un pedro navaja cajamarquino saca un oso perezoso de su mochila. El animal luce enfermo, a duras penas se agarra del hombro de la sexagenaria chalaca, pero a la mancha que acompaña a la doña, la salud del animal le vale madre.

PUEDES LEER: Las mil y una noches de Tarapoto

 

Los traficantes de animales lucran con la vida de varias especies y algunos turistas parecen disfrutar el espectáculo. Foto: Martín Vargas

“Buena tía, cógelo bien para que salga chévere en la foto”, grita el capataz de un mono famélico atrapado en una bolsa de lona. Todos ríen y aplauden la “valentía” de la señora, mientras que a unos metros una niña llora porque su papá le ha dicho que no habrá foto sino come toda su comida. El mono tiene los ojos desorbitados, saca un piojo de su panza y se lo come allí nomás, porque el hambre apremia y el negocio en la Laguna Azul está redondo.

Estoy al lado de ellos. Me hago el loco, les pregunto a cuánto la foto con el primate y me dicen que son “10 soles nomás”. Hago una mueca asertiva y repregunto si no tienen otro animal más raro. “Claro, causa”,  me dice un chico mestizo y bastante achorado, que tranquilamente pasa como estudiante de quinto de media.

Mete la mano a su mochila y saca una boa. “Son 15 solcitos”, suelta el muchacho con cara de yo no fui. Me disculpo, le explico que me tomaré la foto luego de comer, pero que quiero llevarme un mono. Que si tiene o conoce a alguien que tenga, lo compro ya mismo. El chico cambia de cara. Se da cuenta que soy un mal actor y se pone a la defensiva. “No maestro, no sé de qué habla. Este animalito lo he criado de chiquito. De mi casa es”, suelta, mientras asfixia la boa en su mochila y se retira susurrándole algo al capataz del oso perezoso.

Tierra de nadie

Estoy en la visitadísima Laguna Azul, distrito del Sauce, en San Martín. Por el contrario de lo que venden las agencias de turismo en sus volantes, aquí todo es un desmadre. Los traficantes de animales se burlan del Servicio Nacional Forestal y de Fauna Silvestre, y en la zona de restaurantes, los turistas (90% nacionales) piden lomo saltado y botan la basura al suelo.

Los vendedores de comida ponen cumbias y chicha a todo volumen, y los dueños de peque-peque tienen sus balsas viejas, sucias y pintadas indistintamente. Sus capitanes lucen la remera del Barcelona y, aquisito nomás, en la playa lacustre, los turistas se bañan y toman selfies.

La contaminación está por todos lados y el destino se sigue depreciando. Los visitantes no tienen respeto por el entorno ni conciencia ambientalista. Pero lo más triste es que los anfitriones tampoco están interesados en que la casa se respete. Todo está de cabeza, en parte, por la culpa de ellos.

 

La Soñada, un remanso botánico y de turismo vivencial de cero impacto en la Laguna Azul. Foto: Martín Vargas

La Laguna Azul es el imán turístico de la ciudad de las palmeras, y a su alrededor se levantan unos sesenta hospedajes con poca sensibilidad ecológica. Sin embargo, lo que no hace el hombre lo hace la naturaleza. El volcán Miracocha es el apu de la laguna, y aunque algunos piensan que es un volcán dormido, una vez al año inocula azufre y otras sustancias en el agua, arrasando con los peces y desinfectando naturalmente toda la laguna.

Por eso es que esta laguna no huele a laguna. No tiene ese aroma abombado y en sus cuatro kilómetros de superficie se practica pesca deportiva, kayak y moto acuática, aunque ya se alzaron algunas voces exigiendo el cese de actividades náuticas con motores gasolineros.

Esta nueva visión del turismo sostenible también es compartida por algunos empresarios locales que han decidido invertir y generar empleo, pero desarrollando una actividad sostenible y de cero impacto en la naturaleza. Se está dando un cambio de chip saludable.

Ecoparque y alojamiento sostenible

Uno de los nuevos atractivos de la zona es el Ecoparque La soñada, un espectacular jardín botánico, un remanso natural enclavado al pie de la laguna, y que ofrece diversas atracciones como los talleres de chocolate, el proceso de destilado en alambique, su imponente mariposario e incluso se puede participar en sesiones de ayahuasca.

 

Esculturas de indígenas del recordado escultor Felipe Lettersten en La Soñada. Foto: Martín Vargas

Otro de los atractivos del parque, sin duda, son las esculturas del gringo Felipe Lettersten. Olvidadas por años en algún rincón de la ex Feria del Hogar, de la cual fue dueña su familia, ahora las estatuas de etnias amazónicas que hicieron famoso a Lettersten lucen imponentes en el parque. Sus sacerdotes, madres y príncipes selváticos han vuelto a su entorno y, según dicen algunos lugareños, de noche cobran vida y bajan a bañarse a la laguna.

Al frente de este paradisiaco lugar hay movimiento. Un pelotón de obreros se apresura en terminar lo que será el primer hotel sostenible del Perú. Usará energía solar, no tendrá aire acondicionado, tendrá un sistema natural de enfriamiento, fabricará pan artesanal, comprará insumos a los productores de la zona, y tendrá la mejor vista de la laguna.

Sobre cuatro hectáreas empinadas se desperdigarán bungalows construidos con madera reciclada. La ubicación del hotel permitirá cenas románticas en medio de la laguna, jornadas de repostería y cocina autóctona, talleres de danza y música endémica, pesca recreativa (sin matar peces), kayak y sesiones de ayahuasca.

 

En la ribera de la laguna se levanta el primer hotel sostenible y ecológico del Sauce. Foto: Martín Vargas

Jorge Panduro, empresario local y dueño de este emprendimiento que se llamará Sumaj  Lagoon Lodge (hermoso en quechua), sostiene que decidió incursionar en el sector hotelero para marcar la diferencia. Su concepto es integral, de respeto por la amazonía y con cero impacto ambiental.

Tanto así que tendrá pozas para tratamiento de desechos, se aprovechará el agua de lluvia y toda la propuesta espacial, energética y gastronómica está orientada al turismo sostenible y a imponer un emprendimiento que sirva de piloto, de molde para que los que quieran invertir en su región, lo hagan de manera responsable. Ojalá que otros empresarios pensaran igual.

En Rumbo

¿Cómo llegar?

Vuelo de 1 hora y 15 minutos de Lima a Tarapoto. Una vez en la ciudad de las palmeras, la distancia al Sauce es de 50 minutos, aproximadamente.

 

 

Síguenos en Facebook