Museo del Prado exhibe muestra del Españoleto

arte. El reconocido museo reivindica la maestría como dibujante de José de Ribera con la exposición de más de 71 dibujos, pinturas y estampas del artista barroco.

21 Nov 2016 | 19:00 h

Como “caravaggista”, sorprende que José de Ribera fuese un dibujante “empedernido”, volcado además en el clasicismo de corte académico. Hasta el momento se han recuperado unos 160 dibujos, con los que se ha pergeñado un catálogo razonado y la exposición Ribera. Maestro del dibujo en el Museo del Prado.

Ambos tienen en común a Gabriele Finaldi, exdirector adjunto de Conservación del Prado, que ve así un sueño cumplido desde que comenzó a estudiar esta faceta del Españoleto (Játiva, Valencia, 1591- Nápoles, 1652) para su tesis doctoral hace 25 años.

“Abordó un abanico de temas muy amplio, más que cualquier otro pintor del siglo XVII”, destacó Finaldi en la presentación de la muestra, que reúne 71 obras entre dibujos, pinturas y estampas procedentes de varios museos, colecciones privadas y del propio Prado, que en las últimas décadas ha reunido uno de los conjuntos más importantes de dibujos de Ribera.

“Es una exposición sorprendente. Antes de Goya, Ribera es el gran dibujante español”, apostilló Miguel Zugaza, director de la pinacoteca que la acogerá hasta el 19 de febrero.

Santos y mártires, dioses y héroes, escenas de castigo y tortura son algunos de los motivos que llevó con maestría al papel en pluma, tinta, sanguina o lápiz negro, no siempre como bocetos para posteriores cuadros, sino con carácter independiente.

A través de un recorrido, la muestra permite admirar la producción del artista barroco desde su juventud, recién llegado a Roma con unos 15 años para formarse como pintor, hasta sus últimos años, cuando su trazo ya era tembloroso.

En esa trayectoria hay etapas como la de su madurez profesional, que alcanza en la década de 1620, cuando queda patente su excepcional habilidad en dibujos a pluma de trazos largos y precisos y a sanguina, que destacan por su delicadeza y detallismo.

Entre ellos “Sansón y Dalila” y “David y Goliat”, que, según Finaldi, pudieron ser hechos para presentar a Felipe IV pinturas que después colgarían en las paredes del Alcázar de Madrid y que desaparecieron en un incendio en 1734.

Otro de los espacios muestra la predilección que por el martirio y la penitencia tenía el Españoleto, por la que fue estigmatizado con la imagen de artista cruel y sádico en los siglos XVIII y XIX.

Sus dibujos de San Sebastián y San Bartolomé, que le dieron la oportunidad de experimentar con otro de sus temas favoritos, el hombre desnudo atado a un árbol, demuestran su capacidad para reflejar el sufrimiento humano a través de la tensión de los músculos y las expresiones faciales, en las que combina éxtasis y dolor.

Aunque los contenidos mitológicos fueron escasos en su corpus, se exhiben el “Aquiles entre las hijas de Licomedes”, una de sus obras maestras, y “Ninfa dormida con dos cupidos y un sátiro”, su único desnudo femenino clásico.

Ribera trabajó también como testigo de su época, concretamente de las torturas y ajusticiamientos que por orden de la Inquisición se realizaban en las plazas de Nápoles.

“Ninguno de estos dibujos fue hecho con la intención de incluir las figuras en sus pinturas ni para convertirlos en grabados. Parecen tomados desde una curiosidad objetiva, como si estuviese componiendo un auténtico reportaje visual del acontecimiento”, se explica desde el museo.

En cambio, sí hizo dibujos preparatorios para cuadros en sus “años prodigiosos”, los que van de 1634 a 1637. Varios de los que se exhiben están relacionados con los encargos del virrey Manuel de Fonseca y Zúñiga, como la “Inmaculada Concepción” o “Apolo y Marsias”.

Completan la exhibición un conjunto de cabezas, algunas con tocados peculiares, otras casi deformes. Y algunos de sus últimos años de vida, como el “Martirio de San Bartolomé” y la “Adoración de los pastores”, en los que el pulso le fallaba.

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