Rubén Darío redescubrió la poesía castellana

Centenario. En España se acaba de publicar Obra poética del vate nicaragüense que reúne textos inéditos.

1 Oct 2016 | 7:15 h

Carlos Villanes Cairo - Madrid

Recién entrado el otoño, en la Piel de Toro, se reabren los cursos académicos y universidades como la Complutense y la Autónoma de Madrid, la de Sevilla y de Salamanca, reivindican la figura de Rubén Darío –celebrando su Centenario–, en la gesta de auténtico y oportuno refundador de la poesía castellana a principios del siglo XX, cuando España atravesaba la gran crisis por la pérdida de Cuba, la última de sus colonias.

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Además, la Casa de América acaba de plasmar un Congreso sobre el gran rimador nicaragüense, relevando el estupendo amparo que dio a poetas de uno y otro lado de océano cuando la lírica romántica languidecía. Y, en el afamado barrio de Malasaña, se inaugura la exposición gráfica: “R.D.: una historia en fragmentos de papel”.

También el mundo editorial ha movido sendas fichas: Galaxia Gutemberg, Cátedra, Alianza y Castalia realizaron sus propias publicaciones. Sin embargo, entre ellas destaca la monumental edición de Obra poética de Rubén Darío (Metapa, l867-León, 1916), en la Biblioteca Castro, dirigida por Santiago Rodríguez Ballester (Madrid, Fundación José Antonio de Castro, 2016, LXIII+866 pp.), con los diez libros de poemas y una selección de 75 composiciones dispersas, que dieron lugar al nacimiento del movimiento modernista en nuestra lengua.

Vates tan significativos como Juan Ramón Jiménez y Vicente Aleixandre, coronados con el Premio Nobel de Literatura; Federico García Lorca, Antonio Machado, Miguel Hernández y varios más, le proclaman como maestro en España; mientras en América lo harían Amado Nervo, Leopoldo Lugones, José María Eguren, José Santos Chocano, Delmira Agustini, Julio Herrera y Reissig, Ricardo Jaimes Freyre, Rafael Obligado, José Ingenieros, entre otros.

“Fue para tantos una revelación que, todavía hoy, un siglo después de todo aquello, parece la evidencia mayor de la transformación de la poesía en castellano, de sus ritmos y sus vocablos (…) había escrito versos que se quedaban pegados en la memoria, la palabra y la insistencia reiterada de esta” (p. XXI), dice José Carlos Rovira, autor de la introducción a Obra poética, que contó con la colaboración de Sergio Galindo.

Rubén Darío también tuvo algunos detractores como Jorge Luis Borges, que le atacó, en 1930, vía su relato “Evaristo Carriego”; aunque hacia 1967, una nota de El círculo secreto le reivindicaría, ensayando esta elegante definición de su poesía: “Todo lo renovó Darío: la materia, el vocabulario, la métrica, la magia peculiar de ciertas palabras, la sensibilidad del poeta y sus lectores. Su labor no ha cesado ni cesará: quienes alguna vez lo combatimos comprendemos hoy que lo continuamos. Lo podemos llamar el Libertador” (ob. cit. p. 56).

Obra poética reúne la producción lírica completa de Darío desde Epístolas y poemas (1887) hasta Canto a la Argentina y otros poemas (1914), obsequiando al lector los poemas dispersos refundidos en diarios, revistas y antologías de Hispanoamérica y España.

De los versos desconocidos, dos botones como muestra: “La negra Dominga”: “Vencedora, magnífica y fiera,/ con halagos de gata y pantera/ tiende al blanco su abrazo febril,/ y en su boca, do el beso está loco,/ muestra dientes de carne de coco/ con reflejos de lácteo marfil” (p. 771) y de “El sueño del Inca”: “Después del holocausto, el Inca va y reposa./ Sueña. Ve al Dios que pasa. Camina junto a él/ la Luna enamorada, gentil, pálida esposa./ Él es ardiente y rubio, es ella triste y fiel./…Un eco ronco rueda por el inmenso espacio:/ el padre Sol retorna soberbio a su palacio;/ Illapa va adelante, sonando su clarín” (p. 742).

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