Alain Vigneau: “Hay que devolver a las personas el derecho a sentir vergüenza y dolor”

Actor, terapeuta y pedagogo. Es director de la Compañía de Teatro La Stravagante (Francia/España). También se desempeña como maestro de clown de la “Escola d’ Expressió Carme Aymerich”, de Barcelona, así como de ClownTerapia.

12 Mar 2016 | 23:30 h

La madre de Alain Vigenau dibujaba payasos. Uno de ellos ilustra hoy su libro Clown esencial, el arte de reírse de sí mismo (Ediciones La Llave), en el que este payaso chamán cuenta las historias de amor, de risas y llanto que tienen lugar cuando el clown y la terapia Gestalt se encuentran y curan cuerpos y almas. “Me parezco muchísimo a este payasito de mamá, ¿no te parece?, me dice mostrándome el dibujo de un personaje cómico, delgaducho y tierno. A la madre de Alain la asesinó su amante, “tenía una relación pasional con un hombre y estaba casada con mi padre, tenían tres hijos. Yo era un niño. Nos íbamos a mudar, ella quiso romper y él no lo aguantó. Fue a decírselo a mi padre: "Tu mujer es mía" y la mató. ¿Cómo un suceso tan triste puede culminar con un hombre haciendo reír? Lee.

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En Latinoamérica lo que hace reír es la humillación y la mofa. Tú te lo preguntas: “¿Cómo reconstruir en nosotros, a través del humor, lo que otros destruyeron con la misma herramienta?” ¿Cómo sanar heridas que fueron causadas, como dices, por el humor sarcástico, humillante de otros?

Consuélate pensando que América Latina no es la única dueña de este privilegio, es algo que está en todos nosotros. Yo puedo muy fácilmente reírme de ti, tú puedes fácilmente burlarte de mí. El humor puede ser un arma de exclusión social. Yo no he estado en el Perú, pero voy mucho a México y ahí pasa lo mismo. Allí trato con mucha gente que ha sufrido en la infancia, en el seno de la escuela. En la infancia el niño no está tan equipado o no encuentra la manera de desactivar esa bomba de relojería. Yo tengo gente que trabaja conmigo, de 40, 50 o 60 años y siguen hablando de esas escenas y del daño que les hicieron.

Son heridas abiertas.

Bueno, debajo del tapete, pero saben que en esas heridas está el golpe primario, original, que sigue operando dentro de la persona. En lugar de decir lo que piensa se lo calla, porque ya una vez, en un momento crucial, alguien, con algo de autoridad, se burló de él, un familiar, un maestro… en un momento de exposición, de máxima vulnerabilidad, con el agravante de que hay todo un grupo que con su risa confirma la sentencia.

¿Cómo trabajas con ellos?

Devolviéndole a la persona el derecho a sentir esa vergüenza y ese dolor. Yo no le digo a la persona: No, no fue tan grave, no pasa nada, sí que pasa, sí que pasó. En este ejercicio de volver a sentir lo que ya siente pero parece inadecuado sentir, la persona se relaja, entra en proceso emocional, por fin encuentra alguien que valida su sentir interno. Esto ya es un cambio o un desencadenante. Todo nuestro trabajo de clown esencial es ponerse una nariz sobre el interior de la persona que hemos restaurado, valorándola en toda  su amplitud. Tú y yo somos dos personas valientes pero también somos dos personas que temen y con razón.

Peor nos va a nivel colectivo, como sociedad. En el Perú existe un humor vejatorio que está en la tele, en los medios, de reírse de los defectos y las tristezas del otro.

Cuando tú y yo nos reímos de un tercero, tú y yo tenemos algo en común. Usamos mucho el tercero para unirnos entre nosotros. El otro se cae, o es tonto, o es diferente, o tiene la cara cuadrada. Tú y yo nos reímos y ya somos más amigos, y ese es nuestro enemigo común. Es lo fácil. Reírse de uno mismo no es tendencia, sí reírse del otro. Hay dos asuntos muy importantes: la vergüenza y la pertenencia. Los dos están ligados. Cuando somos cien los que nos reímos de veinte, los excluimos y nosotros pertenecemos al club de los que están juntos. Todos son clubs, también está el club de los que no pertenecen. Yo pienso que todos somos capaces de lo mejor y de lo peor, a partir de ahí depende mucho de la familia y de la sociedad que vayamos hacia la luz o a la oscuridad. A mí me enfadan muchísimo estos programas que con el poder que tiene la televisión nos llevan hacia la oscuridad, se nutren de lo más básico y ruin de la humanidad y de eso hacen su negocio, manteniéndonos en frecuencias bajas, porque les va muy bien. No vaya a ser que a alguien se le ocurra pensar. 

Le has puesto nariz de payaso a una banda de asesinos. ¿Que ocurrió en ese momento?

Aquello fue muy espectacular, pero también delicado. Era un programa de reinserción para presos. Trabajábamos desde algún lugar del corazón, y el clown esencial es como un carbón contra un trozo de hielo, lo funde. Hay un momento en que la persona no puede sostener su santa seriedad. Y que sabe que al caer va a ser recogido. Allí donde hay infancias sumamente difíciles, con adicciones, abusos, allí se hace un trabajo impresionante. He visto a personas, en momentos de profunda belleza, entrar en procesos emocionales potentes, llorar por no poder soportar tanta belleza. Es como si te hubieran dicho Papá Noel no existe y un día, de mayor, te topas con Papa Noel. La belleza existía.

¿La clave es reírnos de nosotros mismos como los payasos?

Bienaventurados los que pueden reírse de sí mismos porque nunca les faltará material para reír, dice una sentencia. Los payasos somos muy necesarios. Cuando estoy sobre un escenario y soy estúpido, el público está feliz porque sabe que él también es estúpido, pero no tanto como yo, entonces se siente más listo que yo y eso lo reconforta. Por eso necesitan ver a un payaso, alguien que es más tonto que ellos. Le han enseñado que si él se ve tan tonto como yo no va a pertenecer al club.

¿Todo lo que empieza como tragedia acaba como comedia?

Hay una frase de Chaplin: mirado de cerca es una tragedia pero cuanto más te alejas más cómica se ve la vida. En Clown Esencial celebramos la tragicomicidad de la vida, porque nadie entiende nada. A mí todo me sirve, la tragedia y la comedia, esa complejidad que nos sobrepasa mientras estamos intentando entender algo. 

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