Ricki & The Flash

19 Sep 2015 | 23:30 h

Nacido en Long Island (NY, 1944) y trasladado a Miami con su familia, el cinéfilo Jonathan Demne se destinaba a una carrera de veterinaria para la que carecía de vocación hasta que comenzó a hacer crítica de cine en el campus. De retorno a NY trabajó un tiempo como agregado de prensa de UA (tuvo a su cargo el lanzamiento de La novia vestía de negro de su admirado Truffaut), hizo crítica de cine y de rock en Film Daily hasta su encuentro con Roger Corman, que se lo llevó a su productora New World, origen de tantas carreras de cineastas.
 
Con Corman, Demne hará de guionista y productor en las películas baratas de la New World y luego dirigirá Caget heat (1974), Crazy mama (1975) y Fighting mad (1976), muy marcadas por el estilo de la casa, pero simpáticas en su desfachatez. Le sirven de aprendizaje y lo ligan a Tak Fujimoto, el notable director de fotografía de casi todos sus filmes. Handle with care (1977) y el policial Last embrace (1979), ya fuera de Corman, le permiten mostrar su avance.
 
Por lo general se considera Melvin & Howard (1984) como primer trabajo personal de Demne, que narra el encuentro casual de un drifter de la América rural con el millonario Howard Hugues, a quien brinda ayuda. Hughes lo incluirá en un testamento que fue luego impugnado. La cinta gana dos Óscar y el trofeo de la Director’s Guild, pero fracasa en la taquilla. Demne hace entonces el documental Stop making sense (1985) sobre una gira de los Tal-king Heads, uno de sus logros.
 
Con esta obra, Demne inicia la alternancia entre ficción y documental que en adelante marca su ritmo cada vez que la taquilla le es adversa. No lo será en sus tres siguientes cintas, hechas para la Orion, productora independiente que le da libertad artística, le permite rodar en NY y para la cual hace Something wild (1986), Married to the mob (1988) y El silencio de los inocentes (1991), sombrío policial de asesino serial con el cual gana cinco Óscar pero que, pese a su éxito artístico, no puede impedir la quiebra de la Orion.
 
Seguirá Filadelfia (1993), sólido alegato contra la discriminación de gays a causa del sida que otra vez lo pone en los premios de la Academia. Por desgracia Murder incorporated (1995) y Beloved (1998), su adaptación de la novela de la Nobel Toni Morrison, fracasan en taquilla. Demne emprende el camino de los remakes: The truth about Charlie, que produce su propia compañía y rueda en París, es uno apenas disimulado de Charada (Stanley Donen, 1963) y El candidato del miedo es una actualización de la cinta de Frankenheimer (1962) trasladada de Corea a la guerra del Golfo. Con valores parciales ambas, no convencen a la crítica o al público.
 
Las últimas ficciones del realizador noeyorquino, la muy simpática Rachel got married (2008) y A master builder (2013), su adaptación de la pieza de Ibsen, no se han visto en Lima. Demne se ha volcado en estos años cada vez más a los documentales, de los que conocemos los muy interesantes The agronomist (2003) y los que ha hecho con Bruce Springfield y Neil Young. Ricki & The Flash (2015) es su retorno a la ficción. Representante de un cine humanista y liberal que escasea hoy en Hollywood, merecería mejor suerte. 
 

La historia

Ricki (Meryl Streep), que abandonó hace años a su esposo Pete (Kevin Kline) y sus tres hijos para seguir una carrera como cantante e intérprete de rock en la que no ha conseguido el estrellato, recibe en el bar de Tarzana (California) donde se produce con su banda y trabaja de cajera en un supermarket una llamada urgente de su ex: debe viajar con urgencia a Indiana, pues su hija Julie (Maria Gummer) sufre una depresión e ideas suicidas tras separarse de su pareja. El viaje significa para Ricki el reencuentro con su antiguo mundo y con sus hijos ya mayores Josh (Sebastian Stan) y Adam (Nick Westrate), cargados de reproches.
 
El guion de Diablo Cody (Juno, Young adult) no está exento de algunos recursos fáciles y la trama tiene un final reconciliatorio un tanto forzado, pero estos defectos son superados por el profesionalismo de Demne, que logra que su décimo octavo largo tenga respiración propia.
 

Puesta en escena

Hay varias virtudes que destacar en la puesta de Jonathan Demne. En primer lugar, el espléndido retrato femenino que logra de la Ricki de Meryl Streep, un personaje de vieja rockera de regreso de anteriores ilusiones y acostumbrada a recibir golpes de la vida. No vamos a descubrir a estas alturas a quien desde hace decenios es una gran actriz, pero sí cabe destacar el coraje de Streep (66) para interpretar un personaje próximo a su edad sin ocultar su desgaste físico y hacerlo con  los riesgos que implica enfundarse en un vestuario de cuero algo pasado de moda, como su peinado en trencitas y sus zapatos de tacones altos (pues Ricki se niega a envejecer). Streep lleva este desafío a tocar la guitarra eléctrica y cantar con su propia voz, en un rol que tal vez le gane una enésima nominación al Óscar.
 
Pero, desde luego, no es solo como rockera que Ricki se impone, puesto que al aceptar alojarse en la mansión de su ex esposo, debe salir adelante en los roles de esposa y madre que abandonó. Aquí hay una formidable interacción de Streep con Kevin Kline –con quien ya trabajó en La decisión de Sophia (1982) y El último show (2006)– en un juego pleno de ambigüedad que la breve ausencia de Maureen (Andra McDonald), segunda esposa de Pete, favorece. La escena en la que baila con Pete es formidable en su fugacidad, pero clave como reafirmación de su poder de atracción.
 
Lo mismo puede decirse de su complementariedad con Julie, aunque en este caso se da un factor extra que la facilita, pues Ricki y Julie, madre e hija en la ficción, lo son también en la vida real (tal como su gran parecido físico lo delata). En este sentido, el proceso de acercamiento paulatino y luego complicidad entre ambas está muy bien dosificado. No ocurre lo mismo con sus hijos varones, cuya reconciliación con su madre es un tanto inexplicable, al no verse en la trama. No hay que olvidar que Adam se presenta como gay y Josh ha descartado inicialmente invitar a su madre a su próxima boda. Aquí hay que olvidar el fallo de guion y confiar en las bondades de la dirección de actores de Demne.
 
Una tercera virtud de la puesta es el ambiente musical en el que se mueven Ricki y The Flash, cuyos ritmos son éxitos rockeros de los 60, 70 y 80, es decir una onda esforzada pero nostálgica. Demne, que ha trabajado de cerca con mitos como Bruce Springfield y Neil Young, se mueve aquí como pez en el agua. De hecho es Rick Springfield, hermano de Bruce, quien tiene a su cargo el convincente personaje de Greg, líder del grupo y pareja apasionada de Ricki. Sin la solidez de esta relación el final, esa gran reconciliación que se da en la fiesta matrimonial a través del rock de The Flash, sería inexplicable.
 
Es un final convencional, pero funciona, a tono con un filme que sin ser una gran película sabe dar dimensión humana a sus personajes y logra comprometer al espectador a partir de su tono eficaz, modesto y persuasivo. Nada más, pero tampoco nada menos.

Te puede interesar