Cine. El elefante desaparecido

18 Oct 2014 | 23:30 h

Federico de Cárdenas.

El limeño Javier Fuentes-León es una de esas trayectorias atípicas que es frecuente encontrar en el cine. Luego de recibirse de médico, cede a una antigua atracción por la imagen y parte, con una beca de la OEA, a estudiar una maestría de tres años en el Institute of Arts de California, en el que se gradúa con su primer corto de ficción, Espacios (1997). Siguen unos años como guionista en Telemundo y subtitulador de películas en Hollywood, durante los cuales escribe la pieza teatral Señor Nubes (2000) y realiza el corto Géminis (2004).

Pero su meta como realizador es el largometraje, y en el 2004, con un primer tratamiento de lo que sería luego su ópera prima, emprende un largo recorrido que le significa asistir a talleres de guion en EEUU y España, reescribir la historia varias veces y armar una coproducción que abarca aportes de Perú, Colombia, Francia y Alemania. Finalmente logra rodar y estrenar Contracorriente (2009), coproducción peruano-colombiana que obtiene 18 premios internacionales, entre ellos los de los festivales de Sundance, Cartagena y San Sebastián.

La historia, escrita por el realizador, ocurre en un pueblo de pescadores del norte, pequeño y muy creyente, y que practica el ritual de “ofrecer” a sus muertos y sepultarlos en el mar. Allí encontramos al pescador Miguel (Cristian Mercado) y a su esposa Mariela (Tatiana Astengo), recién casados y en espera de su primer hijo. Miguel está enamorado de Mariela, pero a la vez tiene una relación clandestina con Santiago (Manolo Cardona), un pintor llegado al puerto. Cuando Santiago es víctima de un accidente, se le “aparece” a Miguel.

Varias cualidades destacaban en Contracorriente, entre ellas su hábil dirección de actores y el estilo del realizador, que trabajaba “un clasicismo seguro que se traduce en una incorporación del paisaje y sus distintos elementos –el mar, la costa, el clima veraniego– a las necesidades de la historia, cuyos personajes confrontan sus sentimientos con la geografía de una especie de territorio mágico en el que lo inexplicable y lo esotérico ocupan su lugar, sin provocar rupturas en el relato”, según anotamos al analizar el filme.

Se suele pensar que las cosas son más fáciles tratándose de una segunda obra, pero muchas veces no es así, tal como lo demuestran los cinco años que Javier Fuentes-León ha tardado en llevar El elefante desaparecido (2014) a la pantalla. Nuevamente estamos ante una coproducción peruano-colombiana (con ayuda de España y otros países), la que llega con muy buenos ecos críticos luego de su presentación en el festival de Toronto.

LA HISTORIA

Edu Celeste (Salvador del Solar) es un exitoso narrador de historias policiales que tienen como personaje principal al detective Rafael Pineda (Lucho Cáceres), a quien decide eliminar en una última historia. Atormentado por la desaparición de su novia Celia (Vanessa Saba) hace siete años, el día del terremoto en el sur chico, Edu recibe de manos de una misteriosa mujer, Mara de Barckey (Angie Cepeda), un juego de fotografías que debe completar a modo de rompecabezas para hallar la verdad sobre lo ocurrido a Celia. Mientras tanto, la fiscal Sánchez (Tatiana Astengo) sospecha de Edu como autor de un crimen, aunque su editor Sami (Toño Vega) y Toni (Carlos Carlín), antiguo colega en policiales, tratan de protegerlo.

La historia, que tiene nuevamente como guionista al propio realizador, le permite dar un osado paso adelante. Si en Contracorriente registrábamos una intervención de lo esotérico, esta vez nos encontramos ante un relato en dos niveles, en el que realidad y la ficción se entremezclan y alimentan, y cuyo modelo hay que encontrar en algunas narraciones breves de Julio Cortázar, especialmente en “Continuidad de los parques”.

PUESTA EN ESCENA

Estamos, pues, ante un thriller estilizado y cerebral (David Lynch es una referencia) cuyos niveles se imbrican y que Fuentes-León conduce con mano segura, dominando sus figuras estilísticas (duplicaciones, cruces de un primer nivel del relato a un segundo nivel imaginario gracias al video, etc.) con una claridad que permite al espectador seguir sin dificultades cuanto ocurre. La clave del misterio, claro, está representada por ese fragmentado rompecabezas que Edu Celeste debe armar para obtener ese cruce de frontera que le permite pasar física y simbólicamente del otro lado del tabique, allí donde encontrará a sus personajes en Paracas y luego reducidos a la cotidianidad de donde los extrajo para la ficción.

El realizador, como ya lo hacía en Contracorriente pero aquí con un mayor nivel de complejidad, define a sus personajes en su relación con su entorno gracias al empleo de ciertos signos que se reiteran: la computadora y la grabación de Celia en el celular para Edu, el traje rojo de Vanessa Saba, etc. y nos presenta decorados que contribuyen de modo notable a crear atmósferas que completan el atractivo visual de la historia (el MALI y la exposición, la barroca casa del fotógrafo, la oficina con la escalera en espiral).

Hay asimismo, un magnífico contraste entre los recorridos del protagonista por una Lima invernal y laberíntica (caracterizados por los movimientos de cámara que acompañan los ingresos subrepticios de Edu a distintos ambientes) y las imágenes soleadas y granulosas en Paracas. Son los dos territorios geográficos de la historia, que el realizador asocia por su recurrencia a espacios fronterizos que se ubican en el límite entre mar y tierra, en la línea de la costa (el Morro Solar, los acantilados, la playa Mendieta de Paracas frente a la mole rocosa que da título al filme) y que hacen referencia simbólica a un evento catastrófico (el terremoto) en un relato cargado de incertidumbres e indicios. 

A este atractivo visual hay que sumar la seguridad con la que Fuentes-León dirige a sus actores, afortunadas tipificaciones del género policial. Salvador del Solar compone un estupendo Edu Celeste en el mejor rol de su carrera, pero lo mismo puede decirse del Rafael Pineda de Lucho Cáceres, los breves personajes femeninos de Angie Cepeda, Vanessa Saba y Tatiana Astengo (que vuelve a trabajar con el realizador en un personaje muy distinto) y los de Carlos Carlín o el reaparecido Toño Vega. Por cierto, no es solo Tatiana Astengo la que repite el plato, pues el realizador vuelve a reunir a las cabezas de su equipo técnico en Contracorriente: el fotógrafo Mauricio Vidal, el sonidista Edgar Lostanau y la compositora Selma Mutal, que crea una magnífica banda sonora cuyas percusiones completan el lado obsesivo y a la vez doloroso de la búsqueda del protagonista, quien se niega tercamente a iniciar un proceso de duelo por un amor perdido.  

Podríamos seguir, pero el espacio se acaba. Si Contracorriente fue una interesante ópera prima, El elefante desaparecido es una obra mayor, un sólido paso adelante que demuestra que Javier Fuentes-León es un autor a tomar en cuenta en el nuevo cine peruano. Hay que desear, eso sí, que su próximo largo no tarde otros cinco años.

 

LA FICHA

Dirección, guion. Javier Fuentes-León
Fotografía. Mauricio Vidal
Música. 
Selma Mutal
Reparto. Salvador del Solar, Angie Cepeda, Tatiana Astengo, Lucho Cáceres, Carlos Carlín, Andrés Parra, Magdyel Ugaz, Toño Vega
Producción. Perú/Colombia/España, 2014
Duración. 109 minutos

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