Heraud, el poeta que murió entre árboles y disparos

Hoy se cumple el 50 aniversario de la desaparición del poeta y guerrillero Javier Heraud. Murió acribillado por diecinueve balas dum dum de las fuerzas del orden. Alaín Elías, su amigo y compañero de lucha, y Víctor Zambrano recuerdan esos momentos del 15 de mayo de 1963. Aniversario

14 May 2013 | 23:30 h

Galia Gálvez
Hace cincuenta años murió el poeta y guerrillero Javier Heraud acribillado en el río Madre de Dios. Alaín Elías y Víctor Zambrano recuerdan ahora ese hecho: el primero estaba junto al poeta, en la canoa, como compañero de la aventura guerrillera, y el segundo era un adolescente que miraba con estupor cómo miembros de la Guardia Republicana y la población disparaban contra el poeta que había escrito premonitariamente “Yo nunca me río/de la muerte./ Simplemente/ sucede que/ no tengo/ miedo/ de/ morir/ entre/ pájaros y árboles”.
En ese entonces, Víctor Zambrano, hoy periodista y defensor de la causa ecológica de Puerto Maldonado, era un adolescente de 17 años y como parte de la población que se hallaba conmocionada por el despliegue militar nunca antes visto en la ciudad, quería saber qué pasaba. De curioso se metió bajo la ribera del río Madre de Dios, y vio cómo dos jóvenes blancos, uno muy alto, ojeroso y otro que iba al mando, intentaban escapar en una canoa que no podían controlar, mientras balas de los dos frentes del río les llovían.
Al promediar las 10 de la mañana Javier y Elías, se encontraban apostados entre los árboles cuando súbitamente  cerca de ellos cayeron varios disparos. La policía los hacía retroceder. Desesperados escapan hacia un farallón junto al río. Se lo juegan todo: o se lanzan al río o se les va la vida. El Madre de Dios tiene 1,000  metros de ancho. 
“Para animarnos mutuamente entonces nos decimos ‘este río es suave’. Pero no, al caer en sus aguas sentimos lo contrario”, recuerda Elías.
La corriente de dentro es intensa y golpea. El calor se aviva en Puerto Maldonado y el contacto con el agua les produjo un estado electrizante. “Varias balas revientan muy cerca de nosotros”, detalla Alaín.
Nadan por sus vidas. En un momento, dice Zambrano, los brazos del joven poeta se agotan y se deja llevar por su compañero. Flota casi a la deriva sobre su bolso de cuero, extenuado. La policía ha entrado en lancha al río para cogerlos. La población, azuzada, también les dispara. Sienten la vibración que deja cada impacto en el agua. “Alaín es herido en el cuello y ya no puede remar”, recuerda el periodista.
Víctor Zambrano, desde su ubicación, observa que los jóvenes están dispuestos a rendirse y que piden a gritos que cesen los disparos. Observa cómo la canoa viaja a la deriva y que los chicos –él más alto– piden el cese del fuego y a ratos intenta contestar el ataque. “Remaban y remaban pero no podían hasta que la canoa a la deriva llegó a la mitad del río cerca de la desembocadura del río Tambopata”. Los muchachos ataron un polo blanco a uno de los remos en signo de paz.
Javier mira a su compañero como si estuviese a punto de saltar a un peñasco. Eleva despacio su arma y la pone sobre su sien. “No hay nada que hacer Alain; mira, la población también nos dispara…”. El poeta eleva el remo con el polo blanco atado, pero los disparos no cesan. “Alain, me han dado”. Una primera bala perfora la clavícula del joven poeta. “Échate”, le grita Alain. 
Un “Altooo… no disparen” se escucha desde el río. 
En el momento en que el poeta pide el cese, una bala  ‘dum dum’  perfora su espalda y le sale por el pecho, dejándole un boquete en forma de flor. Cae recostado y todo el fuego se centra sobre él. Alain piensa que Javier se ha desmayado. Al interior de la canoa el agua que se ha filtrado hasta la mitad está teñida de rojo y comienza a entintar el río. 
Una lancha de la Guardia  Republicana llega junto a ellos. “Todavía puede vivir”, piensa Alain, “aún respira”. El sol ciega. Un oficial intenta rematarlo, pero es detenido por su subalterno. Javier está callado, tiene 19 disparos en todo el cuerpo, casi la misma edad que posee. 
La población curiosa se agrupa a la orilla del río cuando los policías trasladan a los abatidos. La canoa es una tina de sangre. Javier y Alain son llevados en una frazada hasta una camioneta. Los pájaros empiezan a cantar junto al río, también rumor de árboles en el viento cuando ya los disparos han cesado. El poeta había entregado su vida por un ideal.  

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