EL GRAN DISIDENTE

9 Jul 2017 | 0:17 h

Se dice de Henry David Thoreau que la noche que pasó en la cárcel, un amigo suyo se acercó a preguntarle qué hacía allí adentro. “¿Y qué haces tú allí afuera?”, le contestó Thoreau, indignado. Era el año de 1846 en Massachusetts. Thoreau tenía veintinueve años y acababa de negarse a pagar los impuestos. Su razón era inapelable: no iba a alimentar con su dinero a un gobierno que promovía la desigualdad, la esclavitud y la violencia. Poco después iba a salir libre, gracias a que su tía pagó la deuda, algo que lo irritó profundamente.

En uno de sus libros, Defensa de John Brown, iba a preguntarse si no es posible que un individuo, y no un gobierno, tenga la razón. Había nacido en América el principio de la “desobediencia civil”, con una pregunta: ¿por qué tengo que financiar un gobierno con el que estoy en desacuerdo?

Hijo de un fabricante de lápices, nacido en una familia de rebeldes (su abuelo dirigió la primera rebelión estudiantil de la que se tiene noticia en los Estados Unidos), Thoreau tenía según las dos fotografías que se conservan de él, y muchos testimonios, un rostro difícil de olvidar. De ojos azules, nariz larga, boca prominente, y vestimenta siempre desgastada, su vecino Nathaniel Hawthorne lo describió como un hombre “feo como un pecado”.

Fue su tutor Ralph Waldo Emerson precisamente quien le presentó a Hawthorne, y lo ayudó a lo largo de su vida. Thoreau, quien siempre trabajó en la empresa de fabricación de lápices de su padre (donde hizo al menos una innovación introduciendo el uso de arcilla en el grafito), fue tutor de los hijos de Emerson hasta que realizó el gran proyecto de su vida: mudarse durante dos años al bosque de Walden, junto al lago del mismo nombre. Allí escribiría el libro que lo inmortalizó como un gurú del trascendentalismo: Walden.

En principio el libro es un diario de sus relaciones con la naturaleza pero abunda en frases memorables, escritas con tres consignas de estilo: “Sencillez, sencillez, y sencillez”. En un famoso pasaje, Thoreau escribió: “Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente solo para hacer frente a los hechos esenciales de la vida…”. Su estancia se inició el 4 de julio de 1845. Al terminar el libro, no encontró un editor y él mismo financió la edición que finalmente apareció en 1854, y tuvo pocos lectores.

Sin embargo, con el tiempo la repercusión de Walden fue inmensa. Figuras y eventos como Leon Tolstoi, Gandhi, Kennedy, Hemingway, Proust y la rebelión hippie le deben algo. Muchos años después, Robert Frost iba a decir que en ese libro Thoreau supera “todo lo que hemos dicho de América”.

Thoreau (quien, dicho sea de paso, nunca tuvo una relación amorosa y vivió como un asceta) sobrevive gracias a libros como Walden y Desobediencia Civil. Sus frases son citadas con frecuencia. Una de ellas es su consejo “Vivir en casa como un viajero”. Poco antes de su muerte, su tía Luisa entró a la habitación y le sugirió hacer las paces con Dios. “No sabía que nos habíamos peleado”, fue la respuesta. Sus últimas palabras, enfermo de tuberculosis, fueron: “Ahora viene la buena navegación”.

Esta semana Thoreau cumple doscientos años. Lo extrañamos. Quizá si viviera hoy, Trump no habría sido elegido.

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