Dionicia Gamboa: una vida por la ciencia

En un país donde hacer ciencia es una locura por la enorme burocracia, y las mujeres han sido subestimadas por décadas, Dionicia Gamboa es una luminaria rebelde. Este martes, en el Día de la Mujer, se presentará una relación de las científicas jóvenes más importantes de América Latina. Ella, por supuesto, figura en la nómina. 

5 Mar 2016 | 23:30 h

Una argentina (Paula Casati) que estudia los efectos de los rayos ultravioleta en las plantas; una uruguaya (Mariana Meerhoff) que predice el impacto del Cambio Climático en los lagos del río de La Plata;  una mexicana (Isabel Hubard) que analiza la estructura de las moléculas y cómo se van juntando; y una chilena (Cristina Dorador) especialista en extremófilos, microorganismos que resisten a los rayos UV y que explicarían por qué podría haber vida en Marte. 
 
Estas son solo algunas de las veinte mujeres, entre los 30 y 45 años, consideradas como las científicas más promisorias de América Latina. Nuestra representante es la chiclayana Dionicia Gamboa, quien dedica sus días  a encontrar un diagnóstico para la malaria,  rápido, sencillo y sin muchos recursos. Que pueda ser empleado fácilmente en zonas remotas y empobrecidas. Allí donde  se ausentan las  carreteras y las postas. Donde los ojos  solo se posan en el desastre.
 

Segundo intento 

La curiosidad de Dionicia Baziliza (el primer nombre se lo debe a su abuela paterna y el segundo a la materna) despertó en el corral de su casa, en el distrito José Leonardo Ortiz (Chiclayo), entre pollos y cuyes, a quienes sanaba con gasa y alcohol. 
 
Entre todos ellos, el más especial, con quien más se encariñó, fue con El Carmelo, un gallo –huraño y agresivo con los extraños, como un rottweiler– que crió desde que era un huevo y al que le enseñó a pelear. 
 
El adiestramiento no calmó el hambre. Solo aumentó el saliveo. Dionicia, Dioni para los amigos, se enteró, como ocurre con las tragedias de todos los niños, al regresar del colegio. 
 
Una inmensidad recién horneada y olorosa en la mesa de la cocina le arrebató la inocencia. Era El Carmelo. Ese día se quedó sin cenar, con las tripas rugiendo. A partir de allí, salvo un loro ajeno que cuidó por algún tiempo, no tuvo otra mascota. 
 
Dionicia siempre quiso ser médico. Pero un revés  le enderezó el camino. Uno al que no están acostumbrados los cerebritos. No ingresó a la Universidad Cayetano Heredia, en su primer intento. Lejos de bajonearse, le metió harto punche a la academia pre-universitaria. Fue en esos meses, en los que algunos profesores ordenaban memorizar huesos, que se inclinó por la investigación e ingresó a la misma universidad pero a biología. 
 
Entonces cobraron significado las plantas que su padre, comerciante de frutas y verduras, le traía de sus viajes entre Chile y Ecuador. Sus incursiones adolescentes en el Mercado Mayorista de Frutas, y las veces que se quedaba largo rato mirando el descongelamiento de las manzanas, y cómo una enorme cantidad de  la cosecha terminaba podrida, a un lado. Inclusive las visitas a las chacras de los amigos de sus padres. Todo revelaba una curiosidad temprana e inagotable. Motor para la ciencia.
 

Publicar para seguir

Existen dos grandes obstáculos para la investigación científica: la burocracia y el machismo.  Dionicia no lo dirá esta vez con la misma fiereza de años anteriores. Las cosas están cambiando, dice. Y me enumera los distintos cargos públicos  ocupados por mujeres en la actualidad.
 
Pero sí me cuenta una escena repetida de poco más de cinco años. Se encontraba en una reunión, junto a otros científicos, todos hombres, cuando uno de ellos se le acercó, con unos documentos, para hacerle un curioso pedido: Por favor, ¿podrías sacarme fotocopias de esto? “Allí está la secretaria. Yo soy parte de esta reunión como usted”, rabió. “Quiero pensar que no me conocía. No te lo dicen pero lo sientes. Piensan que por ser mujer  eres la secretaria”, agrega.
 
Según el Directorio Nacional de Investigadores e Innovadores (DINA), de cada cuatro científicos peruanos, una es mujer.  La diferencia aún persiste.
 
Discutimos de todo esto y  le anoto que en su laboratorio, en  el tercer piso de la Facultad de Ciencias y Filosofía de la Cayetano Heredia, curiosamente estamos rodeados de mujeres. 
 
“Hay chicos...pero para cargar bultos”, bromea.
 
Hace mucho que Dionicia no viste con mandil. Extraña ponérselo a diario y hurgar en el laboratorio, entre bases, reactivos y pipetas. En los últimos seis años, después de retornar definitivamente de Bélgica, donde estudió un doctorado, ha delegado esas funciones y se ha preocupado por publicar en reconocidas revistas y postular a innumerables becas para continuar solventando sus investigaciones. 
 
En el 2010 apenas le dieron un espacio en este mismo laboratorio. Un espacio y dos sillas. Con un puñado de proyectos ha implementado su centro de operaciones. De tener a cinco chicos a su cargo ha pasado a 24. Además, cuenta con un laboratorio en Iquitos –que visita una vez al mes–, con 15 personas a su cargo. 
 

El próximo Nobel

El año pasado, durante una reunión, entre la Dirección Regional de Salud (Diresa) de Lima, ONG y funcionarios del Ministerio de Salud, un empresario petrolero estadounidense  se quejó de haber concedido muchos permisos a sus trabajadores por haber contraído malaria. Dionicia le preguntó qué método de diagnóstico utilizaba. “HRP2 (Histidine Rich Proteine)”, respondió el 'gringo'.
 
Dionicia sabía lo que sucedía. Sacó su celular y le mostró una publicación suya, del 2010, donde demostraba que la prueba rápida con esa proteína es falible. El empresario se quedó helado. Había gastado una camionada de plata por un  método equivocado. 
 
En otra ocasión, una colega holandesa le comentó que  varios peruanos la habían contactado para adquirir una prueba rápida para identificar  la malaria. A todos les dijo que no tenían por qué irse hasta tan lejos. Que una compatriota suya, que vivía en Lima, era una especialista en el tema. En efecto, el máximo logro de Dionicia Gamboa y su equipo  es todavía desconocido por el gran público. Ella detectó que el HRP2 era obsoleto, porque los parásitos de la malaria habían mutado. 
 
Los demás países de la región, basados en su hallazgo, hicieron eco. Ella se mantiene en la búsqueda de un método eficaz y accesible. “Podemos tener toda la sofisticación en Lima e Iquitos, pero hay que idear algo para zonas sin recursos como Dátem del Marañón”.
 
La malaria, junto al VIH y la tuberculosis, es una de las enfermedades infecciosas más persistentes en las zonas tropicales.  Producida por los parásitos Plasmodium falciparum y Plasmodium vivax, pone en peligro anualmente a cerca de 3 mil millones de personas.
 
En la selva peruana se ha convertido en un problema social, pues los pacientes no completan el tratamiento debido a no pueden darse el lujo de dejar de trabajar por mucho tiempo.
 
Dionicia –tan metódica que  sabe qué hará en los próximos seis meses– ha recibido innumerables condecoraciones internacionales. No obstante, a inicios de febrero se hizo acreedora de su primer reconocimiento nacional. El premio 'Por la Mujer en la Ciencia', organizado por L' Oreal Perú,  Unesco y Concytec.
 
En una reseña, Dionicia, bióloga molecular, comentó, medio en broma medio en serio, que su máxima aspiración es ganar el Nobel. Le repito la pregunta, y cuenta una verdad amarga. 
 
“Una persona  al enterarse del premio L' Oreal me dijo: Felicitaciones, pero ya te quiero ver cuando compitas por el Nobel. Allí son hombres”. En unos años –dice– sin dejar de reír. 

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