La memoria de Oronqoy

El equipo forense que investiga restos de víctimas de los años de violencia interna instaló por primera vez un laboratorio fuera de la ciudad de Huamanga. En octubre, el poblado de Oronqoy albergó a los peritos del Ministerio Público que tomaron muestras para identificar a sus familiares.  

5 Dic 2015 | 23:30 h

Max Cabello
 
Cae la noche en Oronqoy. El aire helado de la cordillera ayacuchana, a 3,700 m.s.n.m., se cuela por las ventanas sin vidrio de la futura posta del pueblo. Las paredes de adobe son lo más parecido al revestimiento de una congeladora para los cinco forenses que ahora mismo trabajan en este lugar. Analizan. Reconstruyen osamentas. Ordenan vértebras, las arman y las desarman. Toman un cráneo. Sujetan parte de una pelvis. Trabajan en un ambiente amplio, deshabitado, sobre tres mesas blancas. Van vestidos con batas de plástico celeste, con guantes y máscaras. Llevan nueve días sin parar y tienen otros dos días de trabajo por delante. 
 
Los miembros del Equipo Forense Especializado del Ministerio Público llegaron hasta Oronqoy el 20 de octubre. Su misión era identificar los restos de las víctimas de una matanza ocurrida en el anexo conocido como Estacayoc. Era la primera vez que dejaban el laboratorio que tienen instalado en Huamanga. La histórica primera vez que las pericias a restos de víctimas de la violencia interna se desarrollaban en el propio escenario de los hechos. 
 
En agosto, los pobladores de la comunidad se opusieron a que los restos de sus familiares se trasladaran hasta la capital ayacuchana, posteriormente firmaron un acuerdo con el Ministerio Público. No era un simple capricho. Son doce horas las que separan a Oronqoy de Huamanga. Se empieza a pie,   durante unas cinco horas, por un camino serpenteante y de bajada. Luego se continúa en las tolvas de camionetas station wagon, del puente Kutinachaka hasta Andahuaylas (Apurímac) y de allí a Huamanga. 
 
Esta descripción, claro, es cablegráfica. Apenas detalla la odisea que significa trasladar los restos de seres humanos durante ocho horas, cerro abajo. Y el regreso a Oronqoy es todavía más duro. 
 
El Puente Kutinachaka (1,250 m.s.n.m.) cruza el caudoloso río Pampas, que sirve de límite natural entre Apurímac y Ayacucho. Frente a él se ubica una pared rocosa sobre la que se ha trazado un caprichoso camino de herradura que tiene más de cien curvas y al que se conoce como Dientes de Tiburón. 
 
El sol aparece a las nueve de la mañana en este lugar. A las diez el calor es tan intenso que cada paso resulta agotador. Hasta las tres de la tarde, la temperatura del ambiente es de 28 grados. Incluso los más preparados le temen a este camino. Los lugareños siempre cuentan la historia de un oficial del ejército que se llenó de ampollas en los pies, cayó al río Pampas y tuvo que ser rescatado. Una vez repuesto, el militar, fuera de sí, tomó su arma y descargó todas las balas que tenía en la cacerina. “Cerro maldito, me has sacado la mierda”, repetía ante los ojos incrédulos de los comuneros. 
 
Desde que los peritos llegaron, una casa ubicada en la placita de Oronqoy sirve provisionalmente de almacén para las almas. Antes de partir, el fiscal Juan Manuel Borjas, de la Primera Fiscalía Penal Supraprovincial de Ayacucho y Huancavelica, pidió a los deudos y vecinos que no la abrieran. Por si acaso, puso un candado. No era necesario: para la población de Oronqoy lo importante es la celeridad en los análisis e identificación de los restos de las víctimas.
 
El horror de los 80
 
Oronqoy está ubicado en el extremo este del distrito de Chungui, provincia de La Mar, en la zona conocida como Oreja de perro. La CVR ha detallado en su informe final que este lugar fue uno de los principales escenarios del fuego cruzado entre Sendero Luminoso y las fuerzas del orden. Todo empezó en 1980, cuando profesores subversivos empezaron a adoctrinar a los estudiantes de todos los anexos de Oreja de Perro. En 1981, la policía y los ronderos se instalaron por unos meses en Oronqoy. En 1982, la Guardia Republicana torturó y asesinó al estudiante Valerio Flores. Un año después, Sendero asesinó a cuatro comuneros. En el 84, las fuerzas del orden mataron a 29 comuneros acusados de subversivos. Y en el 86, 31 pobladores de Oronqoy y Chillihua, refugiados en la zona de Chaupimayo, fueron asesinados por militares de la base de Pallqas. 
 
Toda esta historia ha generado temor y recelo entre los pobladores de Oronqoy. No quieren, por ejemplo, que se les asocie con Chungui. Ellos dicen que desde este lugar venían los militares a matar a sus familiares. Por eso viven a espaldas de la capital de su distrito, son la periferia, se sienten parte de ella.
 
Tampoco recuerdan cuándo ocurrieron las matanzas de las que fueron víctimas sus parientes. Pero Estacayoc es algo que no olvidan. Está a dos horas del pueblo, es una pequeña planicie que albergó una estancia y una casucha en la que se refugiaron unas cuarenta personas. 
 
Rosilda Orihuela Huamán (52) tenía 17 años cuando pasó todo. Era el verano de 1985, los sinchis (agentes de la Guardia Civil) irrumpieron en la celebración del carnaval e hicieron disparos. Empezó entonces lo que se conoce como una “retirada”:  Dos mandos senderistas obligaron a "escapar" a parte de la población hasta Estacayoc. Se quedaron allí un año entero. Comían calabazas y raíces. Cuando los senderistas se enteraron que los sinchis los estaban cercando, huyeron y ordenaron a las mujeres y niños que no se movieran de la estancia, que la policía no los atacaría. Pero se equivocaron. Rosilda sobrevivió porque el día del ataque dejó el campamento para pastear unos animales. Perdió a cinco hermanos y a su madre. Hoy, a sus 52 años, le cuesta caminar. Las rodillas le duelen. “Es por mis penas, señor”, me responde. Ella no se acercó a la exhumación de los cuerpos de Estacayoc. No quería volver a sentir tanta tristeza.
 
Máximo Lima vio a lo lejos la masacre de Estacayoc, desde Tastabamba un centro poblado vecino. Recuerda que se veía una bengala y luego el fuego que consumió la casa. Al día siguiente, Máximo encontró la casa quemada y los cuerpos ardiendo. "Habían niños muertos, hombres con las manos atadas, como Justiniano Azpuro, la señora Isabel Velásquez (...) Los que llegaron de curiosos derrumbaron las paredes para cubrir los cuerpos. Volvieron una semana después y se dieron cuenta que pumas y zorros se estaban comiendo los cuerpos". 
La búsqueda por sobrevivientes continuó. Máximo recuerda un hallazgo milagroso. Cerca de un punto de agua, a 300 metros de la estancia encontraron el cuerpo sin vida de una mujer identificada como Teodosia Orihuela. Tenía una bala a la altura del abdomen. Su hijo de cuatro años dormía entre sus brazos. Había sobrevivido comiendo tallos de oca. Un pariente de Máximo lo recogió. El niño se llamaba Rommel. Según el testigo, ahora vive fuera del país, con otra identidad.
 
A las demás víctimas las enterraron como pudieron, las cubrieron con un poco de tierra y huyeron. Convivían con el temor.
 
Por todo esto, Braulio Orihuela, alcalde de Oronqoy, no quiere que los restos de sus familiares estén perdidos, desperdigados en los rincones, entre los cerros. 
"Queremos que estén en un solo lugar. Acá, en Oronqoy. Si los llevan hasta Huamanga cómo los recuperaríamos. A veces no hay plata ni para los cajones, cómo los traeríamos desde allí". 
 
La población piensa igual que Orihuela. Por eso exigieron que se instalara el laboratorio del Ministerio Público en su comunidad ni bien concluyeron las exhumaciones en Estacayoc (el 26 de agosto), donde se habrían recuperado 39 cuerpos. 
 
Son respetuosos de sus muertos. Apenas se acercan al laboratorio que por ahora permanece cerrado. Esperan resultados. Esperan la verdad.

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