El esfuerzo y entrega de los padres para salir adelante a pesar de la adversidad

Día del padre. Cinco historias de tres regiones del norte del país que muestran el lado más humano de los padres en su día. Algunos luchan contra el olvido, pero siempre con la consigna de nunca bajar los brazos.

17 Jun 2017 | 17:01 h

Redacción Norte
En el incendio que se generó tras la explosión de unos balones de gas en El Porvenir, el capitán Segundo Sánchez fue el primer bombero en llegar al siniestro. Unos minutos después apareció su hijo para apoyarlo en las labores de rescate. Ambos llevan el mismo nombre y la misma vocación.
Segundo pertenece al Cuerpo de Bomberos hace 30 años y Segundo Jr. –de 22 años– se graduó hace dos de la escuela. Hasta hace unos meses los dos prestaban el servicio en la Estación Salvadora Nº 27 de Chiclayo, pues a fines del año pasado el hijo tuvo que viajar a Moyobamba por trabajo. La despedida fue difícil.
El padre lo extraña, aún más hoy –que es el Día del Padre–, pero siempre quiso lo mejor para él.
No es la primera vez que el destino separa a Segundo de su familia. Él recuerda que hace dos décadas su esposa e hijos tuvieron que viajar porque el dinero no alcanzaba para costear los gastos. Un recorte de personal lo dejó al borde de la soledad.
“No teníamos ni para comer, yo trabajaba en lo que sea: botaba desmonte, escogía pescado en el mercado, pero habían días que volvía a casa sin un sol en el bolsillo. No quería que mis hijos pasaran hambre, esa decisión también fue difícil”, dice entre lágrimas.
En la misma estación el capitán Enrique Torres presta el servicio de bombero hace 21 años. Cuando su hija Alessia Brunela estaba en primero de secundaria no pudo asistir a la actuación por el Día del Padre. Así es la vida de un bombero, a veces tan llena de incertidumbres.
La pequeña Alessia tiene la misma vocación que su padre. Dentro de poco piensa postular al Cuerpo de Bomberos, mientras estudia Medicina Humana.
“La voy a apoyar. En todo trabajo hay riesgos, tengo miedo de que le pueda pasar algo, pero yo le enseñaré a ser una buena bombero”, añade el capitán.

No importa el dinero
Don José Álvaro Chávez Utrilla tiene 70 años de edad y cuatro hijos. Es natural de la provincia andina de Santiago de Chuco, en La Libertad, pero hace mucho vive en la ciudad de Trujillo.
Él recuerda que antes se celebraba mejor el Día del Padre, porque había más unión, más entusiasmo en la familia.
“Eso se ha perdido mucho con el tiempo”, nos dice.
El factor económico ha influido en esa situación, pero el rol del padre sigue siendo el mismo: educar a los hijos, darle todo lo necesario. No hay palabras para describir tanto cariño entregado.
“Mi mayor satisfacción es ver hoy a mis hijos, todos profesionales y realizados”, cuenta don Álvaro.
Para él la función de padre no es llevar  dinero a casa,  sino dedicarle tiempo a la familia y escuchar a los hijos. Los problemas en casa no dudan en tumbarse la puerta, pero en familia todo es más fácil.
“A veces vivimos agobiados por la situación económica y social, pero cumplimos”, agrega.

Padres en el olvido
Cada tercer domingo de junio es un día importante para aquellos hombres que celebran el Día del Padre en familia. No obstante, hay otros que merecen una especial atención porque deben laborar diariamente para sobrevivir. Incluso después de haber educado a sus hijos, estos han tomado su rumbo, olvidando  totalmente a aquel hombre que les dio la vida.
Pese a sus 83 años de edad y a la delgadez de su figura, Martín Hernández saca fuerzas para conseguir el pan de cada día. Él llega a diario arrastrándose desde el asentamiento La Primavera hasta el mercado Modelo de Piura  para pedir a los transeúntes una limosna a cambio de boleros. Le cuesta, pero debe quebrar la adversidad para sobrevivir el día a día.
Aunque tal vez su más grande adversidad sea recordar que su único hijo lo abandonó  hace 30 años.
En el mercado, el ancianito es conocido como “Bienvenido Granda”, pues mientras pide limosna deleita a los compradores con algunos boleros del cantante cubano. Así obtiene el suficiente dinero para pagar sus alimentos.
“Gracias a la caridad de la gente puedo comer todos los días en la calle porque vivo solo en mi casita”, confesó el octogenario.
Cerca del mercado, Augusto Chero Rodríguez –de 83 años– vende ropa desde las ocho de la mañana para apoyar económicamente a la última de sus ocho hijas. Ella tiene a un pequeño para quien debe ser padre y madre.
Augusto entiende que la labor de padre jamás termina.

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