Refugiados del Niño Costero: "Tenemos miedo de volver a casa"

Damnificados por el desborde del río La Leche permanecen en albergues, pero otras familias se resisten a dejar sus viviendas a punto de desplomarse. Los refugiados en Íllimo denuncian que familias ajenas se aprovechan de las donaciones del Estado. En el colapsado cementerio de Túcume, familiares evalúan trasladar a sus muertos hacia otro camposanto.

Los pobladores vuelven a sus viviendas para tratar de recuperar algunas pertenencias

Los pobladores vuelven a sus viviendas para tratar de recuperar algunas pertenencias. La República Foto: Bryan Rubio.

Un tramo de la calle 7 de enero quedó así

Un tramo de la calle 7 de enero quedó así. La República Foto: Leonardo Muñoz.

Ricardina reconstruyó su vivienda con las calaminas y maderas que trajo el huaico

Ricardina reconstruyó su vivienda con las calaminas y maderas que trajo el huaico. La República Foto: Bryan Rubio.

El refugio de Culpón Alto

El refugio de Culpón Alto. La República Foto: Bryan Rubio.

La República Foto: Bryan Rubio.

Cultivos de maíz se han perdido tras el desborde del río La Leche

Cultivos de maíz se han perdido tras el desborde del río La Leche. La República Foto: Bryan Rubio.

En el parque principal de Íllimo existen 40 carpas para refugiar a los damnificados

En el parque principal de Íllimo existen 40 carpas para refugiar a los damnificados. La República Foto: Bryan Rubio.

El cementerio Jardines de la Paz de Túcume tiene el 70% de la infraestructura colapsada

El cementerio Jardines de la Paz de Túcume tiene el 70% de la infraestructura colapsada. La República Foto: Bryan Rubio.

Leonardo Muñoz

Fue un martes, dice Ricardina Farroñán mientras mira el calendario que está colgado de una calamina. No recuerda cuál de todos los martes circulados en ese pedazo de cartón, pero sabe que fue el último día con un breve espacio de sosiego.

Esta tarde, diecisiete días después del incidente, el cielo empieza a tornarse grisáceo, un conjunto de nubes envuelve al caserío en una sombra homogénea y el reloj apenas marca la una de la tarde. Ricardina tiene miedo, su familia también. La lluvia de aquel fatídico martes despertó la furia del río La Leche, la corriente vino con tanta fuerza que arrastró a su vivienda por los campos de maíz. Los adobes volvieron al lodo y las calaminas se incrustaron en los árboles, pero toda la familia pudo volver a abrazarse al día siguiente.

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El aire no golpea con violencia. Es dócil, suave y cálido, muy cálido, como si el sol hubiera querido volver inagotable su efecto abrasador. En el camino hacia San Pedro de Sasape dos niños juegan con sus carros de juguete en la ribera de un canal de agua. 

Unos pasos a la derecha, un perro los ve jugar mientras bebe agua del afluente. Horas más tarde abandonarán la tranquilidad para correr atemorizados hacia su casa:  un nuevo desborde los acecha.

Aislados en la ciudad

San Pedro de Sasape es un pueblito de Íllimo ubicado a 20 minutos de la ciudad. Aquí, las donaciones entregadas para los damnificados beneficia al centro del caserío, pero algunas familias –como las de Ricardina- permanecen ocultas en la periferia. Allí, entre quebradas, árboles y olvido, suena la alarma. Roso Piscoya alista sus baldes y corre, pero no llega a tiempo. 

El espeso barro que se ha formado en el camino hacia el centro de Sasape impide que los Piscoya-Farroñán reciban la ayuda humanitaria.Otra vez la naturaleza derrumba sus esperanzas.

Algunas zonas del caserío se encuentran en mayor riesgo por ubicarse cerca del río, pero ninguno de los pobladores que vive en el lugar ha considerado marcharse hacia algún refugio.

“Irnos allí, pero ¿dónde nos vamos a quedar? De los animalitos, ¿qué será? Allá no podemos llevar a nuestros animalitos y si los dejamos aquí se los llevan los ladrones por la noche”, me grita Ricardina. 

¿Y si viene una lluvia peor a la del martes? ¿No importa?, le pregunto.

Un prolongado silencio acompaña el recorrido de las nubes. Ella no contesta, sabe que sí importa, pero prefiere guardar palabras y mirar el cielo, como quien busca la respuesta de alguna divinidad.

Diecisiete días después del martes, los adobes de la exvivienda de Ricardina sirven para levantar una suerte de muro en todo el perímetro, las calaminas se transformaron en paredes y algunas maderas sobrevivientes al desastre se asientan como columnas de esta improvisada construcción. 

La casa no resistirá un nuevo huaico. Ellos lo saben, pero nadie se moverá del lugar.

Refugiados sin calma

Nubes de polvo recorren las calles dejando una sensación de excremento en la garganta. En el parque principal cuarenta carpas fueron habilitadas para brindar cobijo a los damnificados. Aleida Tejada da de lactar a su bebé en una de estas tiendas. El suelo permanece cubierto por un plástico celeste, en el extremo izquierdo una jaba de mango es el armario de la ropa, hacia el otro lado reposan frazadas y colchones entregados por el Estado.

"El agua entró y no pudimos sacar nuestras cosas. No pensamos que el río se desbordaría tanto. Mi casa de adobe se cayó completamente. Ahora tenemos miedo de regresar a casa y que se vuelva a salir el río", exclama Aleida.

La ciudad de Íllimo vive en aparente calma; los refugiados, con el miedo de volver a casa. 

Viveza criolla

Algunas carpas tienen candado y gran parte del día permanecen cerradas. ¿Dónde están sus ocupantes temporales que se supone lo han perdido todo? Los vecinos de tienda ensayan respuestas.

“Si verdaderamente se les ha caído la casa, ¿por qué no están acá? Solo los veo cuando entregan donaciones", dice molesto José Ramírez. Un refugiado que vive entre estas cuatro telas, porque su vivienda se encuentra inhabitable.

Una situación similar parece suceder en el refugio de Culpón Alto. Por aquí pasan vehículos del Ejército para dejar agua, alimentos y ropa. La tranquilidad se quiebra cuando empiezan a repartir los víveres. Cuando llegué eran poco menos de cien, pero la cifra se multiplica en un par de minutos.

"No hemos estado comiendo, porque los de más allá que nada les ha afectado la lluvia vienen a pedir comida, ropa, todo. Vivos son quieren sacar víveres. Incluso, el martes nos regalaron ropa, me dieron una blusa bien bonita, luego fui a ver a la carpa y ya no estaba",  cuenta Juana Riojas.

La destrucción sobrevive a la lluvia, el temor no se extingue en el refugio.

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