San Marcos en los ochenta

25 Sep 2011 | 12:03 h

Quienes estudiaron en San Marcos a lo largo de los ochenta tuvieron una experiencia académica fuera de lo común. Fue la década de la guerra interna y la universidad se convirtió por esos años en uno de los escenarios de esa guerra. Una generación se formaría en sus aulas en medio de la más febril y exacerbada agitación política. Ese tránsito que miles de jóvenes hicieron por una casa de estudios, mientras permaneció asediada por la violencia subversiva y la represión policial, aparece registrado en las imágenes que presentamos aquí.

Por Mario Munive
Fotos Ernesto Jiménez


I
Escrita sobre la pared del 1-A de Letras destaca una consigna que por entonces era habitual encontrar en las aulas de San Marcos: “¡Viva la guerra popular! ¡Viva el marxismo-leninismo-maoísmo-pensamiento guía! ¡Viva el PCP!”. Ha terminado el verano de 1989 y César Lévano lleva 15 minutos haciendo clase con sus alumnos del tercer ciclo. El curso se llama Historia de los Medios I y es la primera vez que se dicta en esta aula, escenario natural de las polémicas entre las tribus marxistas de la universidad. Delante de ellos está Ernesto Jiménez. Es el profesor de fotografía y está buscando el mejor ángulo con el fin de capturar este momento. Para todos tiene una significación especial: esta clase es un acto de protesta de estudiantes y docentes, es un desafío a Sendero Luminoso que mantiene tomada la facultad y ha prohibido toda actividad académica.

“Nosotros queríamos dictar –cuenta Jiménez– pero Sendero digitaba al sindicato de obreros y ellos bloqueaban el ingreso a las aulas”. Ya no recuerda exactamente cómo lo hicieron, pero al final, en medio de las amenazas y el hostigamiento, alumnos y docentes entraron e hicieron clase en el célebre 1-A de Letras. “Era una forma ­­–explica el fotógrafo­­– de resistencia pacífica e inteligente, de no violencia activa”.

Jiménez recibió la invitación para enseñar fotografía en 1980.  Tiempo después su rutina laboral oscilaba entre las clases en Letras y las comisiones para La República o la agencia France Presse. “Cada día en San Marcos tomaba por lo menos dos rollos de película; imagina cuántas imágenes he reunido en diez años. Muchos de ustedes aparecen allí”. Su registro gráfico se divide en dos tiempos. Uno descubre las clases en salones con ventanas rotas, y carpetas a punto de desbaratarse, rescata además la vida social y festiva de los estudiantes. Otro contiene lo que sucedía en los patios y los extramuros del campus, donde el activismo radical y la protesta callejera seducían a los estudiantes.

Sabido es que Sendero y el MRTA utilizaron San Marcos para hacer propaganda armada y reclutar militantes. A mediados de los ochenta el clima de caos e intolerancia creado por estos grupos buscaba “agudizar las contradicciones” y empujar a los estudiantes al enfrentamiento. En medio de los disturbios cómo no iba a ser un riesgo entrar o salir de la Ciudad Universitaria. La izquierda más extremista controlaba los sindicatos de docentes y trabajadores. Sus huelgas duraban meses, e incluso semestres, y saboteaban el dictado de las clases. Ninguna facultad se mantuvo a salvo del asalto de sus locales. Miles de jóvenes empezarían a abandonar los estudios mientras la policía extremaba su vigilancia. Pronto ingresaría al campus. Primero disparando detrás de algún manifestante, y más tarde en gigantescos operativos que implicaban la abrupta suspensión de las clases. “La mayoría de los estudiantes nada tenía que hacer con la política –refiere Jiménez– pero para la policía, los sanmarquinos eran terroristas. Los sacaban en fila india y con las manos en la nuca, los empujaban con la culata de sus armas, los hacían ranear. A las muchachas las tocaban con el pretexto de ver si llevaban armas. “Eso me laceraba el alma, no estaba dispuesto a tolerarlo por más tiempo”.

En 1990 Jiménez dejó su cátedra en San Marcos. Se fue con el archivo de fotografías de aquella “década perdida”. Veintiún años después contempla esas imágenes con asombro, pero también con delectación. Ha identificado a ex alumnos que hoy laboran en los medios más diversos (RPP Noticias, El Comercio, La República, Correo), a columnistas y consejeros políticos, a expertos que aparecen en las entrevistas dominicales, pero también a quienes luego terminarían en prisión, o morirían en enfrentamientos armados. Su intención es mostrar esas imágenes en una exposición fotográfica y publicarlas finalmente en un libro. Busca así reconstruir lo que fue un periodo traumático en la vida de una generación. “Mi vínculo con los alumnos trascendía lo académico –confiesa Jiménez– muchos se hicieron mis amigos y luego serían mis colegas. Con San Marcos tuve en esos años una relación intensa y vital; hoy puedo decir que a mí me marcó tanto como a ellos”.  

II
Expuesto por primera vez a las imágenes que aparecen en estas páginas, Percy Ruiz Salazar pregunta con asombro: “¿Pero cómo pudimos haber estudiado aquí?”. Permanece en silencio, tratando de buscar en las fotografías ese nudo que le permita desatar los recuerdos de su vida universitaria. Llegó a San Marcos en setiembre de 1981 con la ilusión de convertirse en director de televisión; las circunstancias lo empujarían a hacer una carrera en la prensa escrita. Percy es el jefe de informaciones de La República y comparte con otros periodistas de esta casa editora la misma y contradictoria insatisfacción con una universidad que le dejaría lecciones para toda la vida.

A lo largo de los ochenta fue testigo de las incursiones en clase de los senderistas, de sus marchas relámpago por las facultades, de sus concentraciones en las azoteas “sobre nuestras cabezas”. Entonces (como ahora, mientras recuerda), lo abrazaba una mezcla de estupor y desconcierto.

“Las lecciones que yo logro rescatar ahora –se explaya Percy–, las que más me nutrieron, no las recibí en un salón, sino en los cafés que rodeaban a la facultad. Allí hacíamos clases, exposiciones y hasta exámenes hemos dado”. En efecto, los cafés, las bancas de los patios, los pasadizos y hasta los jardines terminarían convirtiéndose en improvisados recintos académicos. Y cuando la violencia “ya estaba en el aire y hasta la podíamos respirar”, profesores como César Lévano, Manuel Jesús Orbegozo o Carlos Oviedo optaron por continuar los cursos en casa… con lonche incluido.

Percy admite que quizás otros ex alumnos tengan una lectura más benévola de su paso por San Marcos. La suya tiene una carga de desencanto y de justificados señalamientos contra quienes, literalmente, asaltaron su centro de estudios. Treinta años después de su ingreso a San Marcos es el hombre clave en la confección cotidiana del diario La República. Mi jefe de informaciones acaba de recibir un mensaje de texto y debe volver a la sala de redacción. Antes de salir, sostiene otra vez la foto del profesor Lévano en el 1-A de Letras, sonríe, y deja clavada la pregunta: “¿Pero cómo pudimos estudiar aquí?”.

III
Ángel Páez Salcedo recuerda su tránsito por San Marcos con más afecto que amargura. En 1985, antes de empezar el quinto ciclo de periodismo, consiguió hacer prácticas en el suplemento Domingo de La República. Le encargaron crónicas y reportajes sobre atentados y zonas liberadas. “Era reportero de día y estudiante universitario de noche. Más de una vez me tocó cubrir esas manifestaciones de sanmarquinos que arrancaban bien, pero que Sendero infiltraba para hacer vandalismo y violencia. No era una coyuntura cualquiera; salíamos de una dictadura, y una democracia había empezado al mismo tiempo que una guerra. ¿Cuántos de nuestros compañeros de estudios militaban en grupos de izquierda? ¿Cuántos se radicalizaron hasta terminar en Sendero o el MRTA? ¿A cuántos no hemos visto más porque acabaron en la cárcel o porque los desaparecieron? Como reporteros queríamos contar sus historias, pero era complicado, los conocíamos, de un modo indirecto estuvimos más de una vez involucrados con ellos”.  
Hoy es jefe de la Unidad de Investigación de La República, corresponsal de diarios y revistas extranjeras, y docente en dos universidades locales. Sus alumnos ignoran que en sus años de estudiante, durante tres semestres, no tuvo un salón dónde estudiar. “Deambulábamos buscando aula. Y cuando por fin encontrábamos una, resulta que el fluorescente parpadeaba o nos faltaban carpetas”. Ángel recuerda los apagones en clase. Se volvieron tan frecuentes que más de uno se animó a llevar velas y linternas para bajar las escaleras. Una de esas noches en tinieblas Aníbal Quijano continuó dictando una clase, “inolvidable, magistral”, en medio de explosiones y disparos, de cánticos y consignas senderistas. “No sé cuántas veces hicimos solo un ciclo por año –reflexiona Ángel– pero creo que esa fue la razón por la que dejé que el periodismo me absorbiera por completo”.

La universidad, qué ironía, lo obligó a ser autodidacta, a imponerse una disciplina de estudio. En rigor, antes que un espacio de formación académica, fue una experiencia de vida que desde el primer día trascendió los salones de clase. Las lecciones probablemente no figuren entre las más gratas, pero sí fueron intensas. “Yo creo que ese fue el plus que San Marcos tenía para mí –concluye Ángel–; me obligó a poner en práctica una capacidad para sobreponerme a cualquier frustración emocional. Eso no lo puedo dejar de agradecer”.

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