La otra condena de humala

A un año de haberse marchado de Palacio, queda el sinsabor con el líder nacionalista de la mala gestión que hizo con las regiones del sur, otrora bastión electoral.

15 Jul 2017 | 11:40 h

Es inútil ahondar en los discutibles argumentos del juez Carhuancho para enviar a la cárcel al expresidente Ollanta Humala y su esposa Nadine Heredia. No sabemos si ambos serán condenados. La justicia deberá demostrar sus culpabilidades. Es la cuenta pendiente.

Pero a un año de haberse marchado de Palacio, queda el sinsabor con el líder nacionalista de la mala gestión que hizo con las regiones del sur, otrora bastión electoral. Irrumpió en el 2000 con su hermano Antauro, alzándose en armas contra el descompuesto régimen de Fujimori; aunque para muchos ese acto fue una treta para disimular la fuga de Vladimiro Montesinos del país. También se le vinculó con la revuelta que estalló en Andahuaylas. La autoría material solo recayó en Antauro, hoy preso.  

Ollanta entendió que el camino no eran las armas. Aceptó el juego democrático y postuló en 2006, aliado con UPP. Capitalizó el descontento del sur peruano para elaborar un mensaje planteando la igualdad económica y lucha contra la corrupción (ironías de la vida). 

El discurso fue tildado de radical y perdió frente a Alan García. En el 2011, Humala volvió reconvertido gracias a la magia del marketing político brasileño. El sur se mantuvo fiel a él. Desde este bastión construyó el triunfo sobre Keiko.

 Sentado en el sillón de Pizarro y capturado por los grupos de poder, se olvidó de su discurso reivindicador e igualitario. A los pobladores del valle de Tambo les dijo 'agro sí, mina no' y luego pretendió sacar a sangre y fuego Tía María.  En Arequipa prometió modernizar su transporte metiendo de contrabando el monorriel, cuyos beneficiarios serían los brasileños de Queiroz Galvao (los de las coimas). Le entregó el gasoducto a Odebrecht por más de $ 7600 millones, una obra inflada, y dejó un pésimo contrato para el aeropuerto Chinchero. Hizo una pésima negociación para administrar la renta minera, centralizó los recursos quintándoles la plata a las regiones. Humala termina como un caudillo político con pies de barro, engendrado del desconcierto ciudadano a la hora de elegir.

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