Teresa Ciudad: “Los celos no son justificación ante los feminicidios. Nada justifica esos hechos”

4 Jun 2017 | 1:24 h

Teresa Ciudad conoce muy bien el tema de la violencia. Como especialista en psicoanálisis sabe la importancia de que temas como la violencia de género en un país tan violento como el Perú se hablen de forma directa y contundente. Es tan grave el problema que, exactamente cuando esta entrevista empezaba, a las 9:00 a.m. del último viernes, a más de 700 kilómetros de distancia de Lima, el cuerpo sin vida de Flor Janeth Calderón Chávez, en Chiclayo, era encontrado por sus familiares. Y junto a ella, los cuerpos de sus dos menores hijos. Habían sido asesinados por el hombre que alguna vez fue parte de esta familia. Y ya son 39 mujeres asesinadas este año.

¿Qué lleva a un hombre a cometer actos tan bárbaros como matar a una mujer que, en muchos de los casos, se trata de su propia pareja?

El feminicida siente odio, frustración, desprecio. Deseo de sometimiento, horror a ser abandonado. En todos los casos conocidos últimamente, predomina una constante: la mujer dice “no quiero seguir con la relación”. Eso, el que ella quiera romper el vínculo, es inaceptable para él.

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¿No existe un interés en esta persona hacia su pareja?

No, en lo absoluto. Lo que predomina en su mente es el deseo de continuar dominando el destino de ella, y por eso es que la necesita, para someterla a las condiciones que él impone. Cuando la mujer dominada dice no, el agresor sufre una especie de crisis psicótica, una suerte de crisis muy grave dentro de sí. Tiene que ver con su fragilidad interna, ya que tienen al frente una ruptura que es como si volviera a revivir una situación en la cual siente el equivalente a morir. Y con esto no quiero decir que se trate de personas que no son responsables de sus actos, porque claro que lo son.

Frente a los crímenes, los victimarios aducen “arranques de celos”, “arrebatos”. ¿No son estas justificaciones ante el hecho en sí?

Una cosa es una explicación del fenómeno y otra es usar esa explicación como justificación. No hay ninguna justificación para esto. Uno puede tener un arranque de cólera donde se grita y se despotrica, pero ¿llegar a matar? Allí ya se saltan muchas vallas. Cuando existe esa desproporción entre, por ejemplo, los celos y el hecho criminal, esa persona está enloqueciendo en realidad por otras cosas.

¿Cuáles serían esas cosas?

Por causa de otros abandonos, por otras pérdidas que se callaron en su momento y se silenciaron. Porque no existió un desarrollo mental en donde esta persona pudiera haber llorado esas pérdidas y las mantiene en su mente.

Son pérdidas que se arrastran de familia.

Sí, porque es el primer contexto de desarrollo por naturaleza. Yo pienso que un hombre que ha sido criado amorosamente en el sentido equilibrado del término, y al interior de un hogar saludable, difícilmente llega a esos extremos.

Hay padres que han brindado amor y aun así surgieron hijos violentos. ¿Qué explicación existe ante eso?

Vivimos en una sociedad que aplaude los comportamientos violentos. Si no es dentro de casa, será en la escuela o en la calle. Si el mundo permanentemente me dice que no pasa nada si le doy una paliza a mi mujer, y que más bien eso es lo que se espera de mí, entonces hay más posibilidades de que el comportamiento violento se instale ya como una constante en la mente de las personas.

¿Un hombre puede detectar cuándo empieza a convertirse en una persona violenta?

Todos tenemos una agresividad que es innata y que forma parte de nuestras herramientas que nos sirven para sobrevivir en la vida, pero la diferencia es que tenemos que lidiar con eso todos los días, regulando esa agresividad de tal manera que sea positiva para sí y para el mundo. Claro, un hombre puede notarlo y puede pedir ayuda, pero no lo hacen.

¿Por qué?

Porque lo pasan por alto, creyendo que no va a volver a ocurrir, y no es así. Es allí donde nace su responsabilidad directa frente a las futuras agresiones o crímenes que cometa.

Hablemos de la víctima. ¿Es fácil para una mujer identificar a un agresor desde el primer momento?

Es posible, pero no es fácil. Una mujer debería tener un tacto muy fino para detectarlo. Recuerde que en la etapa de enamoramiento la persona saca “lo mejor de la vitrina” y finge una personalidad que no es la natural. Pero sí es posible .

¿Qué actitudes darían la alerta?

Si el hombre reacciona de una manera extrema ante cualquier frustración, por mínima que sea, allí hay un temperamento que no es ecuánime y ese es un indicador. O si utiliza un lenguaje violento para referirse a cualquier cosa, o si justifica la violencia contra otro ser humano, estamos frente a más indicadores. Puede que a ella la trate bien a diferencia de los demás, pero si a la primera discrepancia la maltrata mediante la palabra, ya se puede ir teniendo una idea de cómo es esa persona.

¿Las mujeres tendrían que ser tajantes desde el primer insulto?

Sí, definitivamente, porque si se perdona la agresión bajo el argumento de que “pobrecito, está bajo mucho estrés”, se le está dando la razón al agresor. Si eso se perdona, en ese momento la mujer está firmando el pacto de violencia, y de allí en adelante ella sabe lo que va a pasar por volverse cómplice.

En redes sociales los usuarios critican duramente a las mujeres que continúan soportando violencia de sus parejas. ¿Por qué es tan difícil para ellas salir de ese círculo de horror?

Lo que muchos no llegan a entender es que estamos frente a mujeres que sienten que no tienen alternativa porque dependen de ese maltratador, ellas mismas no se sienten en la capacidad personal de emprender una vida sin esa persona. ¿Se imagina lo grave que es eso? Además, tienen mucho miedo porque muchas veces no se sienten respaldadas, son mujeres que necesitan mucha ayuda. Viven aterradas porque los agresores les dicen “si tú te vas, te mato”. El mensaje es así de brutal y es allí donde el Estado tiene que entrar a tallar para proteger a estas mujeres. Yo felicito a quienes sí tienen la fortaleza emocional de salir adelante, pero hay muchas que simplemente no pueden.

¿Esa carencia de fortaleza no es gratuita?

Ah, por supuesto. Yo, como psicoanalista, digo que el inconsciente hace lo suyo: cuando una mujer ha crecido en una casa donde la mamá atendía privilegiadamente a los hermanos hombres y a ella la dejaba al final, donde se le decía que tenía que levantarse a servirle a los hermanos, haciéndola sentirse segundona, eso se va enclavando en lo más profundo de su mente y va a ocasionar, en lo más profundo de su ser, que crea que no es fuerte. La autoestima se deteriora seriamente.

Lo que acaba de explicar es un claro ejemplo de la cultura machista que no es exclusiva de hombres.

Y tampoco de estratos. Mire usted, en la Universidad de Harvard se hizo un estudio entre las estudiantes madres y se llegó a demostrar que estas mujeres muy intelectuales, muy cultas y capaces ellas, reaccionaron cinco veces más rápido al llamado de sus hijos bebés hombres, que de sus bebés mujeres; a eso me refiero cuando digo que el inconsciente hace lo suyo: está enraizado pese a que las leyes han cambiado hace tiempo, pero nosotros vamos a tardar en comprenderlo. Por eso los cambios sociales son tan lentos.

Lo que no significa que los cambios sean imposibles de lograr, ¿verdad?

Por supuesto. Hay que luchar para que así sea. No es que estamos condenados a repetir este problema todo el tiempo, porque además no lo estamos repitiendo. Todo lo que vemos nos muestra que hay ciertos cambios, por más lentos que sean.

Hablemos del entorno. ¿Son los padres los primeros llamados a romper las taras que impone la violencia?

Dejando de lado su machismo, las madres ayudan a romper esas cadenas transgeneracionales. También si enseñan a sus hijas a identificar señales de violencia y a desterrar esa idea de que deben estar la lado “del hombre que les tocó”, harían mucho bien. Por su parte, los padres, si entendieran que educar en violencia a los hijos varones no es sinónimo de mayor masculinidad, ganaríamos mucho. Aún se cree que mientras más rudo, más hombrecito es el niño... Hay que tener criterio, que finalmente es el menos común de los sentidos.

¿La escuela sería ese otro aliado importante para vencer la violencia de género?

Claro que sí, porque de lo contrario, si en las escuelas tengo profesores que echan mano de métodos violentos a nivel físico y psicológico, estaríamos frente a otra aproximación a ese mundo de violencia. Hoy en día, hay esfuerzos en los colegios que son muy interesantes. Sé de docentes que están dando lo mejor, educando, por ejemplo, a niños que empiezan a cometer bullying en contra de otros niños, a perdonar, a pedir disculpas, a optar por métodos civilizados. Y cuentan con psicólogos, ojo, por aula.

Una persona violenta es un peligro andante, sin embargo, muchos se mantienen al margen del problema. ¿Por qué?

Porque muchas veces no creemos en el potencial destructivo de estas personas. Nunca un asesino actúa bajo absoluto secreto, siempre da manifestaciones, ya sea verbales o actitudinales y es allí donde todos deberíamos estar alertas para advertirlas.

La salud mental: la gran variable descuidada

¿Qué respuesta existe ante aquellas denuncias que han quedado desestimadas por parte de los operadores de justicia, pese a las evidencias físicas de las víctimas?

No se olvide que estos operadores, llámese policías, jueces y fiscales, pasan a convertirse en cómplices porque probablemente en la mente de estas personas hay la idea de que esto no es grave, de que es normal. Obviamente no se da en todos los casos, pero sí en la gran mayoría. Urge que estos operadores tengan una reeducación psicológica porque son las personas que están en contacto directo con las víctimas.

¿Eso explicaría que el feminicida confeso del caso de Tarapoto haya tenido denuncias que nunca fueron atendidas?

Así es. Usted ve allí una situación grave: el agresor se siente impune. Si desde el primer momento se hubiese frenado su actuar, se habría evitado la muerte de esas dos mujeres.

La salud mental es una necesidad en todo nivel.

Sí. Una de las reflexiones a las que nos tendría que llevar estas situaciones extremas es que la salud mental es la gran variable descuidada en nuestro país. No hay muchos profesionales de salud mental suficientemente integrados al sistema de salud público y privado

¿Dónde están, entonces, todos los psicólogos que egresan anualmente de las universidades?

Es una buena pregunta.  No tengo idea. La sociedad los está demandando a gritos y nadie sabe dónde están. Quizá haciendo otras cosas, pero no están desarrollando sus habilidades. Es lamentable que existan colegios donde haya un solo psicólogo para todo un plantel.

No estamos atendiendo el problema de fondo.

Es que por la salud mental nadie hace colas en los hospitales, nadie se preocupa de ella porque se cree que, aparentemente, no duele. Aparentemente.

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