Revocatoria era una farsa

La divulgación de unos audios descubre que para el “revocador” Marco Tulio Gutiérrez se trata de una operación publicitaria.

 

En lo que parece una aplicación a la letra del refrán que afirma que “por la boca muere el pez”, el ex regidor Marco Tulio Gutiérrez aparece en varios audios dialogando con dos personas no identificadas ante las que declara que su objetivo principal al intentar la revocación de la alcaldesa Susana Villarán es obtener publicidad para el Instituto Peruano de Administración Municipal  –que dirige– y que las actas conteniendo las firmas recaudadas no valen nada y que su destino es “hacer bulto” y luego “echarlas a la basura”.

De este modo una institución que calificamos desde aquí (LR, 10/1/12) como completamente democrática queda desvirtuada. Si antes de las declaraciones de Gutiérrez ya existían serias dudas sobre el sentido de ciertas revocatorias –que parecen ser fruto del revanchismo de minorías que no aceptan perder– ahora el panorama se completa con esta historia que pretende usarla como instrumento publicitario sin importar a su autor en lo más mínimo el serio perjuicio que causan a una gestión municipal  que se ve forzada a ocuparse de brulotes.

Hay varias conclusiones que derivan de este caso. La primera, que si estuviera vigente la ley-mordaza auspiciada por el congresista Javier Bedoya, estos audios nunca hubieran podido ser divulgados, puesto que habría que haber esperado la decisión de un juez para lograr su difusión, perjudicándose de esta manera el genuino interés público que su contenido posee. Hizo bien, entonces, el presidente Humala en observar ese nefasto proyecto de ley.

La segunda, que aunque aparentemente esta mala utilización de la institución de la revocatoria no se encuentra caracterizada como delito por la Ley Electoral, el Jurado Nacional de Elecciones debería utilizar figuras legales homólogas para no dejar sin sanción lo ocurrido. Aquí se ha configurado una forma de engaño a la opinión pública, convocada a  firmar unos planillones para una finalidad que en realidad no se corresponde en nada con la verdadera intención de los supuestos revocadores.
Todo lo cual, qué duda cabe, termina desacreditando a la política ante la ciudadanía de un modo mayor de lo que ya está. Porque una actuación tan sinuosa y poco ética como la de Marco Tulio Gutiérrez descubre a la política como Campo de Agramante donde todo puede ocurrir y hay gente siempre dispuesta a “sacarle la vuelta” a la justicia para engañar a los ciudadanos.

 

La renuncia de Wulff
 

 

El presidente de la República Federal de Alemania es, para sus conciudadanos, mucho más que el jefe de Estado protocolario y sin poderes que determina la Constitución. Es un referente político y moral. Lo fue Richard von Weizsäcker entre 1984 y 1994, cuando sirvió de guía a la transición originada por la caída del Muro y la unificación de las dos Alemanias. Lo fue también después Johannes Rau, el primer presidente alemán que se dirigió a la Knesset en Jerusalén. O Horst Köhler, que abandonó la dirección del FMI para asumir ese alto cargo, del que tuvo que dimitir por haber criticado la participación militar alemana en Afganistán. Pero nunca había ocurrido que un presidente tuviera que dejar su cargo por una acusación de corrupción. Era evidente que Christian Wulff tenía que dimitir una vez que la Fiscalía de Hannover demandó la suspensión de su inmunidad. Wulff  había perdido estatura moral. Aunque el ex mandatario rechaza las acusaciones, la presunción de inocencia no podía funcionar para un cargo esencialmente moral, y menos si quien lo ocupaba había hecho presión sobre dos medios para que silenciaran lo que sobre él sabían.

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