Sábado 13 de agosto

16 Ago 2016 | 19:00 h

La marcha “ni una menos” ha sido un suceso mayor, una concentración histórica en nuestra evolución política; ha superado todo tipo de manifestaciones electorales e incluso a las marchas “pro vida”, que regularmente convocan los grupos anti aborto y en defensa de la familia tradicional. En ese sentido, es un éxito de las organizadoras y proyecta el tema de la mujer a niveles insospechados tan solo semanas atrás.

El enorme alcance de la marcha proviene de su carácter cívico, al situar sus demandas en el plano de la igualdad social ante la ley; por ello, a nivel de consignas, el poder judicial fue el más rechazado, precisamente por emitir frecuentemente fallos benignos contra abusadores de mujeres.

Las demandas cívicas que atañen a la sociedad son distintas a las posturas político partidarias. En este primer tipo de motivaciones participan personas con diferentes orientaciones, como podía observarse en el último escalón de la marcha reservado a las organizaciones políticas, donde se mezclaban muchos grupos que difieren en todo lo demás.

En este terreno civil o social, el clivaje principal no es derecha/izquierda como en el mundo de los partidos políticos, sino conservador/progresista. Este último clivaje cruza al anterior y en ambos polos del espectro político genera un segundo alineamiento. Entre conservadores y progres se disputa otro dilema humano, no las curules del parlamento, sino los ideales de convivencia social.

Por su parte, las últimas décadas de nuestro país han contemplado el triunfo de posturas conservadoras, que se alzaron luego del consenso de Washington y la imposición del neoliberalismo. A nivel local, estos sucesos coincidieron con los gobiernos de Alberto Fujimori y el nombramiento de Juan Luis Cipriani como arzobispo y prelado de Lima.

Pero históricamente el Perú no había sido tan conservador. Al contrario, en otras épocas fue bastante liberal, porque la elite era más cosmopolita y no le importaba tanto la Iglesia. Por ejemplo, en 1936 con el código civil, el Perú fue uno de los primeros países latinoamericanos en aceptar el divorcio. Igual la píldora y los métodos anticonceptivos que llegaron en los sesenta al mismo tiempo que se generalizaban en Latinoamérica. Sobre ello, recientemente ha aparecido un libro bien documentado y mejor organizado que se debe al historiador Raúl Necochea, quien ha publicado en el IEP un estudio de la planificación familiar durante el siglo XX.

Pero promediando los años 1990 el Perú comenzó su anclaje en el conservadurismo. Aquí no han salido adelante temas como el matrimonio homosexual o el libre consumo de marihuana, que se han ido abriendo paso en otros países de la región. Por el contrario, muchas personas provenientes de sectores populares son conservadoras, como demuestra la última encuesta de IPSOS que pregunta si la mujer infiel debe ser castigada y la mayoría opina afirmativamente.

Debido a ello, el fujimorismo ha sido un movimiento netamente conservador, donde la línea sobre estos temas la han diseñado pastores muy arcaicos. Por ello, sonó a impostado el tardío apoyo de Keiko a la marcha “ni una menos”. No obstante la mayoría fujimorista en el Congreso, las organizaciones femeninas que convocaron a la marcha tienen a la opinión pública a su favor y disponen de iniciativa para plantear una agenda progresista. Dado su retroceso en las encuestas y la contundencia de la marcha, el fujimorismo estará en repliegue en esta materia.

En efecto, estamos entrando a una nueva fase, al debilitarse el consenso conservador y producirse en los hechos una nueva alianza, que ha ganado muchos puntos defendiendo posturas firmes contra la violencia machista. Si ese giro se extiende, el Perú puede recuperar vuelo porque largo tiempo ha planeado muy bajo.

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