Karadima, el señor de los infiernos

16 Jul 2016 | 19:00 h

Así titula el libro que presentaré en la noche de este jueves 21 en la FIL. Su autora es la periodista chilena María Olivia Mönckeberg, Premio Nacional de Periodismo 2009 y profesora titular de la Universidad de Chile. Me siento honrado de comentar su impactante y estremecedora publicación, pues en el marco de la investigación que hicimos con Paola Ugaz sobre el caso Sodalicio sus páginas fueron esclarecedoras para comprender mejor a este tipo de monstruos y psicópatas y depredadores sexuales de menores, que, usando el ropaje de la religión, abusan de la confianza de sus adeptos para manipularlos y aprovecharse de ellos.

Karadima, el señor de los infiernos (Random House Mondadori, 2010) reconstruye la historia del sacerdote Fernando Karadima y nos va mostrando a través de cada capítulo las técnicas de seducción de este clérigo pedófilo, así como su empoderamiento en la clase alta chilena, y la indolencia de la institución eclesial ante las denuncias de sus víctimas. Por cierto, los testimonios de los abusados por este criminal con alzacuellos son brutales. Particularmente me refiero a James Hamilton, Juan Carlos Cruz, José Andrés Murillo, Fernando Batlle y Verónica Miranda, quienes tuvieron el valor de romper el silencio y el coraje para salir a denunciar.

Sus relatos ponen la carne de gallina. Aterrorizan y sobresaltan. Pues el abuso de poder –en sus manifestaciones de maltrato psicológico y de acoso sexual– es sorprendentemente similar al del mexicano Marcial Maciel y al del peruano Luis Fernando Figari. De hecho, a manera de digresión, una de las curiosidades que encierran estos perversos personajes es que, por momentos, pareciera haber un hilo conductor entre ellos. Les pongo un ejemplo. Un ex sodálite me contó que, durante un tiempo, en las denominadas “casas de formación” del Sodalitium ubicadas en San Bartolo se leía un librito de Marcial Maciel sobre la importancia del rigor, o algo así. Y otro ex sodálite me confirmó luego un dato más inquietante. Que Luis Fernando Figari (junto al actual superior general del Sodalicio, Alessandro Moroni) visitaron, por lo menos un par de veces, a Karadima en Santiago de Chile. El propósito de la reunión, según esta fuente, era que Figari tenía interés en conocer su política y estrategia para atraer a adolescentes de la clase alta. ¿Se imaginan la escena? Solamente faltaba Maciel para completar el trío de predadores sexuales latinoamericanos más conocidos de la región.

Y como todo libro tiene su historia, el de Mönckeberg también la tiene. Lo que gatilló en ella la obsesión por escribirlo fue un correo electrónico de marzo del 2010, que decía: “Me encantaría poder contactarla y conversar con usted acerca de vivencias que quisiera compartir. Su búsqueda incesante de la verdad y la seriedad en su trabajo me dan la confianza para acudir a usted”. El email era de James Hamilton Sánchez (tenía entonces 45 años), un ex discípulo de Karadima. Cosas de la vida, fue el mismo año que también tomó contacto conmigo una víctima sexual del número dos del Sodalicio, Germán Doig, fallecido en el año 2001 y a quien querían beatificar.

En el caso chileno, Hamilton resultó ser una de las principales víctimas de esta “cruda historia de poder, sometimiento y abuso psicológico y sexual que estremecería a la Iglesia Católica chilena y al país entero”, como relata la propia María Olivia en la introducción de esta terrible trama que se va descubriendo poco a poco, en dosis homeopáticas.

La primera reunión entre Mönckeberg y Hamilton se produjo en abril del 2010. Un factor que facilitó el acercamiento de la víctima de Karadima con la periodista fue que Hamilton había estudiado con el hijo de la periodista, quien era su compañero de promoción en el colegio Saint George. Y María Olivia, además, fue amiga de sus padres.

Mönckeberg recuerda con precisión esa tarde de abril. Hamilton, médico cirujano, estaba vestido informalmente, cargando una mochila roja en la que llevaba su laptop. La conversación fue errática al principio, hasta que, finalmente, Hamilton toma valor y habla: “Yo fui abusado… pertenecía a un movimiento religioso en una parroquia de Santiago y fui abusado por el cura”.

María Olivia no se lo esperaba. Se quedó turulata, pasmada, por unos instantes. Hasta que, pasado su desconcierto, le preguntó: “¿Quién es el abusador?”. Y Hamilton respondió: “Fernando Karadima”. Y es a partir de ese hito que Mönckeberg inició su investigación sobre el caso Karadima, la cual terminó plasmada en un importante libro, un libro que nos lleva a recorrer los crímenes a los que se puede llegar usando la religión como pretexto.

Léanlo. No se van a arrepentir.

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