Fronteras fértiles

29 Jun 2015 | 23:30 h

La publicación de las memorias de Carlos Iván Degregori (Pablo Sandoval y José Carlos Agüero: “Aprendiendo a vivir se va la vida”. Conversaciones con Carlos Iván Degregori, IEP 2015) constituye un gran acierto editorial, y junto con los textos de Lurgio Gavilán y Agüero –quien es coautor del presente volumen– aporta reflexiones valiosas para pensar las últimas décadas de la historia peruana.
 
El texto está elaborado en base a conversaciones realizadas en los últimos días de vida de Carlos Iván, grabadas y luego transcritas por Sandoval y Agüero, que le venían ayudando a organizar sus materiales editados, con la idea de publicarlos luego de su muerte. La conversación fue creciendo hacia otros temas y finalmente devino en la propuesta de hablar sobre su vida y su obra, poniendo especial énfasis en un tema que atraviesa toda su reflexión: la historia de la antropología en el Perú. El final de Carlos Iván estaba próximo. 
 
Su hermano Felipe, en un testimonio que abre el volumen, narra su agónica lucha para culminar esta empresa: “Cuando fue a verte la famosa doctora Berengel (…) Le pregunté al salir cuánto tiempo creía que seguirías viviendo. Me contestó: ‘esto ya no es una cuestión que compete a la medicina, médicamente no se puede explicar cómo sigue vivo, es algo que depende del alma. Seguramente tiene un objetivo de cumplir y eso lo mantiene vivo. Cuando logre terminarlo podrá descansar’. Tres días después de acabar con la entrevista te fuiste de este mundo”.
 
A través de las memorias de Carlos Iván podemos recorrer un período de intenso de la historia peruana, vista desde una mirada extrañada. La de un descendiente de italianos por el lado paterno y de una rama andina, ayacuchana, por el materno, blanco, pero del lado pobre de la estructura social. Habitante del barrio de La Victoria como su compadre Jaime Urrutia, otro ítaloperuano, poblador de Barrios Altos. (Cuando militamos en el MIR yo bromeaba diciendo que teníamos que protegerlos, porque eran nuestra minoría étnica). 
 
Carlos Iván se describe a sí mismo como un “waqcha gringo”, lo que podría traducirse como “gringo pobre”, o más profundamente como “gringo huérfano”. Esto resulta sorprendente a primera vista. Él inicia su formación estudiando antropología en la Universidad Católica y luego decide, libremente, trasladarse a San Marcos, donde considera que en ese momento la formación es mejor. Allí entra en relación con dos personas que van a influir profundamente en su formación profesional. José Matos Mar, que lo atrae al Instituto de Estudios Peruanos y propicia sus primeras investigaciones y publicaciones antropológicas, y el gran etnohistoriador John Murra, que lo considera uno de sus mejores estudiantes y le consigue una beca para estudiar en los Estados Unidos. Cuando es atacado por la tuberculosis, Jürgen Golte, otro amigo de toda la vida, le consigue una beca para que pueda marcharse a Berlín, para recuperarse. Esto no encaja con la imagen de un waqcha: una persona socialmente marginal o huérfana de afectos y relaciones. Creo que su extrañamiento alude a algo mucho más profundo.
 
En su testimonio Carlos Iván se define a sí mismo como un borderline, psicológicamente hablando; un hombre de frontera, y creo que allí está una clave. Hombre de frontera entre la política y la literatura, entre una militancia maoísta severamente dogmática y una enorme creatividad como intelectual, entre ser un gringo y optar por los cholos, entre su papel de figura pública y sus afectos privados. En este testimonio final Carlos Iván asume con desenfado su homosexualidad y reflexiona sobre cómo su condición, vivida clandestinamente, marca su aproximación a las cosas. Refiriéndose a su polémica con Alberto Flores Galindo afirma que a éste “le faltaba calle”: “Yo he sido, o soy, más bisexual o heterosexual y, por consiguiente, eso me permite tener otro tipo de registro que muchos no han tenido. Me permite ‘subir los austeros palacios principescos’, como en el vals de Felipe Pinglo”. 
 
Siento que no es una coincidencia que la sentida memoria de Carlos Iván haya caído en mis manos precisamente en estos días, cuando la Corte Suprema de los Estados Unidos ha roto el dique, al proclamar el derecho de los ciudadanos a casarse con personas de su mismo sexo. Más allá del impacto que va a tener, al permitir a todos los ciudadanos acceso a los mismos derechos, esto va a ser un poderoso acicate para que muchas personas, que hasta aquí tenían que vivir escondiéndose de la reprobación social, puedan asumir su orientación sexual abierta y orgullosamente, lo cual debe inducir mayores cambios.
El mundo se mueve, Carlos Iván.
 

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