No basta con Francisco

16 Jul 2015 | 1:33 h

Miguel Cruzado Silveri, SJ*
 
El liderazgo personal del Papa Francisco está abriendo rumbos de renovación en la Iglesia católica. Al mismo tiempo, y poco a poco, sus palabras y gestos se van convirtiendo en modificaciones institucionales en la estructura y magisterio eclesial. Sin embargo, la Iglesia es sobre todo comunidad de fieles, por lo tanto los cambios deben manifestarse en definitiva en la vida de los creyentes, en cómo celebran, valoran y dan razón de la fe que comparten.
 
¿La renovación eclesial está llegando a la vida y voz, a la cultura interna y la voz pública de las comunidades creyentes del Perú? Por ahora no se sienten cambios notables ¿Es que no basta con la adhesión entusiasta a Francisco -ya en las primeras planas de nuestros diarios- o con la renovación de la curia para este cambio de fondo? ¿Qué requiere la recepción de Francisco y el proceso de renovación eclesial para crecer en la iglesia del Perú?
 
Un liderazgo carismático como el de Francisco era necesario para quebrar inercias y reorientar rumbos en un momento de desconcierto y crisis eclesial. Así lo entendió el colegio cardenalicio al elegirle. El peso de la autoridad del Papa en una institución carismático-tradicional como la Iglesia católica es decisivo para todo cambio. De modo que la visión y liderazgo personal de Francisco, unido a la fuerza de la tradicional autoridad papal, abren la puerta para la renovación posible.
 
Esta renovación va en continuidad con el Concilio Vaticano II: hablar de la fe en diálogo con las realidades del mundo y las preocupaciones reales de la gente. La misericordia y compasión bíblica no en abstracto, sino cuestionando una cultura mundial del egoísmo y la exclusión. El diálogo y el amor cristiano, acogiendo sin juzgar a quienes solemos despreciar. Renovación de la preocupación bíblica por los pobres –descentrando la moral cristiana de la sola moral sexual-. Apertura al encuentro interreligioso en un momento de violencia religiosa incontenible en muchos lugares del mundo. Claridad ante los límites y pecados que como Iglesia debemos reconocer y enfrentar. Todo es cristianismo de siempre, puesto en concreto para hoy.
 
Sin embargo el carisma no basta. Es preciso que los “gestos y palabras” se hagan institución sostenible y orienten los fines, normas y principios de la Iglesia.
 
En efecto, la institucionalización normativa de esta renovación va también siendo evidente. El Magisterio, o enseñanza eclesial, ya incorporó elementos nuevos: el concepto de “ecología integral” de la última encíclica y la incorporación de urgentes temas de familia en el Sínodo de octubre son líneas de reflexión con muchísimo alcance. Hay ya nuevos referentes en los altares cristianos –como los Beatos Romero, Juan XXIII o los mártires de Pariacoto-. Se reforma la estructura de la curia y nuevas comisiones orientan procedimientos y decisiones institucionales. El sistema de financiero vaticano se reestructura. La prevención y acción ante situaciones de abuso clerical es más rigurosa y en ella participan profesionales y víctimas.
 
Los cambios son ya evidentes, aunque es cierto que hay mucho camino que recorrer en la reconfiguración de la institucionalidad eclesial en la perspectiva de Francisco: el tema de la colegialidad y el ejercicio de la autoridad, la participación de la visión de los fieles, el rol de la mujer en la reflexión y orientaciones eclesiales. Hay aún mucha “institución” por renovar y construir o reconstruir.
 
Sin embargo, el sentido y el futuro de la renovación eclesial en definitiva dependen de su recepción en las comunidades de fieles. La recepción no es simple repetición, sino encarnar y hacer dialogar el mensaje renovador con la realidad concreta de la sociedad y la Iglesia del Perú. Es decir, no basta con repetir a Francisco, sino que se trata de pensar y decir el mensaje con palabras propias en nuestras comunidades y contextos. Ello requiere que emerjan voces en el Perú que asuman el riesgo de pensarlo y decirlo con palabras propias en nuestras comunidades y contextos. Laicos cristianos en las distintas esferas de la vida nacional y en sus propias comunidades cristianas, así como Obispos, sacerdotes y comunidades religiosas tienen que asumir el riesgo de esta palabra propia.
 
La renovación eclesial en el Perú no se dará sólo desde la adhesión particular y dispersa al mensaje de Francisco; tampoco admirando la lejana renovación de la curia romana. Todo dependerá de la recepción del mensaje para nuestro contexto y por tanto de la creatividad y capacidad de arriesgar que los cristianos del Perú estemos dispuestos a asumir. Capacidad de arriesgar porque es un riesgo predicar y practicar misericordia en el contexto de las diversas violencias en que vivimos.
 
Es un riesgo acoger las diferencias y rechazar con toda claridad nuestros desprecios –nuestro racismo, nuestra homofobia- que han devenido tan normales -recordando que todas las categorías de marginación están en nuestras iglesias, a veces sufriendo calladamente-. Es un riesgo cantar a la naturaleza –Laudato Si- y la vida común cuando parece que el desarrollo tiene que ver con los valores del “sálvese quien pueda” o del “produzca aunque destruya”. Los temas eclesiales en el contexto del Perú de hoy pueden sonar a pesimismo o mediocridad. La acogida y misericordia a que estamos llamados pueden escandalizar dentro y fuera de nuestras comunidades. Podríamos tener que asumir responsabilidades difíciles y reconocer nuestro pecado. Nada de esto nos hará populares en las encuestas de opinión.
 
La recepción, al ir más allá del simplemente repetir y al obligarnos a repensar nuestro modo de ser, abre la puerta a lo imprevisible. Al abrirnos al dinamismo misterioso del Espíritu lo normal es que –como en Pentecostés- no tenga más lugar el silencio o la univocidad del miedo y empiecen a resonar voces diversas, se diversifiquen los matices y colores, se abra la puerta a la sorpresa que abre a un mundo nuevo en casi todas las Parábolas.
 
Por eso, no basta con Francisco. Francisco sabe que no basta sólo con Francisco.
 
* Consejero General y Asistente para América Latina Meridional de la Compañía de Jesús.
 

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