La Herra

8 Feb 2018 | 6:05 h

Hay tardes en las que siento que nunca podré con La Herradura. Siento como si las olas de la famosa playa “La Herra”, que es como la llaman los tablistas, me excedieran. Hasta en sus días más amables, por su tamaño y por el hecho de que revientan al lado de las rocas, esas olas son un reto mayor. Es verdad que esa playa chorrillana me ha regalado días inolvidables, pero ayer me la pasé viendo cómo otros eran los que dominaban esas montañas de agua verde que el enorme acantilado de estalactitas parecía generar como una máquina. Salvo una ola mediocre, que apenas me atreví a bajar, ayer yo fui solo un espectador.

A pesar de la humillación, porque lo es, he sacado fuerzas de flaqueza y he aceptado que soy un individuo torpe y cobarde en esa playa endemoniada. He decidido que, como no he podido con ella, es mejor rendirle homenaje, presentarla en sociedad como un amor no correspondido y así preservar mi dignidad. Cuando uno pasa la fila de chinganas con pachanga a todo volumen y gente reventando en alcohol, otro mundo empieza al pie del acantilado.

Una vez en el agua, en la reventazón, de Lima solo queda una sinuosa línea de edificios y uno se percata de que, si bien “La Herra” y sus olas de clase mundial están frente a la caótica ciudad, al mismo tiempo, el lugar es una reserva de exotismo gracias al morro solar que la salvó de ser parte de ella.

Todos, sentados sobre nuestras tablas, con nuestros torsos en estado de alerta, como si fuese un ritual propiciatorio, esperamos las olas, parecemos una tribu de aislados voluntarios. La toxicidad de Lima no llega hasta aquí. La Herradura es una playa, un espacio público, en teoría accesible para todos, pero cuando se convierte en “La Herra”, solo es de aquellos que tienen las agallas para gozarla.

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