Los tres Fujimori

El cordón umbilical de una trama obscena

5 Feb 2018 | 6:05 h

La separación de un grupo de 10 legisladores de la bancada de Fuerza Popular ha sido vista como una división que tiene como su principal atributo la lucha entre dos hermanos por el poder de un partido o movimiento. Esta perspectiva esconde la naturaleza de las partes de este conflicto y los intereses que representan, y subestima especialmente la herencia por la que pugnan.

Los actores en esta pugna no son dos sino tres. Los hermanos Fujimori disputan la sucesión de un proyecto político autoritario y corrupto que en la década de los noventa dañó el sistema democrático, envileció las instituciones, violó los DDHH y empobreció a los peruanos al punto de que, cuando Alberto Fujimori, el creador de este proyecto, fue desalojado de poder, el país tenía 56% de pobreza y 24% de pobreza extrema.

Los dos contendientes en el fujimorismo no pugnan por un nuevo proyecto. Lo defienden sin escrúpulos; y, sobre los horrores de esa década, no han llevado a cabo ninguna autocrítica ni ofrecido disculpas, ya no hablemos de una alternativa nueva y distinta. Ambos reivindican su matriz autoritaria y corrupta, y ese es el principal cordón que los une con Fujimori padre, al margen de gestos, rivalidades y simpatías.

La forma como se presentan los hechos puede hacer olvidar con frecuencia el cierrafilas familiar en defensa de Fujimori luego de su extradición desde Chile, negando los cargos y denostando contra las víctimas. Los que ahora se enfrentan por la sucesión dinástica atacaron los fallos ejemplares de la justicia peruana y de común acuerdo respaldaron los hábeas corpus en favor de Fujimori bajo el argumento de que había sido sentenciado por sus enemigos. El hecho de que ahora discrepen en la forma como se consiguió el indulto no suprime su enorme encono contra la justicia, la memoria y la reconciliación en los términos planteados por la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR).

La idea de la existencia de un fujimorismo bueno y otro malo debería ser analizada más allá de las palabras, relacionando los antecedentes y las propuestas. No puede pasar desapercibido que tanto Keiko como Kenji Fujimori son actualmente investigados por operaciones financieras oscuras, que en ambos casos el Congreso, dominado por sus partidarios, los ha sacado del atolladero libres de polvo y paja, y que ambas facciones cobijan legisladores cuestionados por distintas razones, en varios casos investigados por lavado de activos.

No existe entre las dos fuerzas en pugna una diferencia fundamental que permita afirmar que una de ellas –aparte de sus intereses particulares que a unos los hace aparecer contrarios a la corrupción y a los otros, dialogantes– refleja un proyecto democrático cuyas posibilidades vale la pena aplaudir.

Es cierto que en ese grupo se procesa una fuerte discrepancia, y sería injusto e irreal aseverar que las diferencias son artificiales. Sin embargo, también es cierto que las diferencias aluden a proyectos de liderazgo personal en el marco de un movimiento cuya identidad no pretenden revisar. Por esa razón, a pesar de la división, las partes en pugna se parecen más que lo que proyectan sus diferencias.

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