La niña está triste

Todo va a seguir igual mientras no haya una reacción ciudadana real.

5 Feb 2018 | 6:05 h

Los niños peruanos viven en tierra hostil. Las niñas peruanas son embarazadas por sus propios padres, por los maridos de sus madres. Luego, las obligamos a parir por cuestiones religiosas que ellas no pueden entender. A la edad de la fantasía,los cuentos y las muñecas conocen el dolor en su expresión más brutal. Si el maldito quiere impunidad, vive en el país indicado. Entra a la cárcel, sale en treinta meses, encuentra una nueva presa. Eso si es que no decide antes desaparecer el cuerpito que abusó, si es que no la quema, si es que no la corta en pedazos para enterrarla en un indigno arenal.

La noticia nos toca, nos indigna y se va. Algún político pensando en un futuro bolsón electoral lanza una propuesta tan demagógica como vacía. La familia se vuelve cómplice del agresor, sea por la necesidad de comer o por esos extraños pactos para no dañar el rancio apellido. En todos los casos, nadie piensa en la víctima. No hay empatía con la criatura a la que le han arrancado la inocencia, a la que le han arruinado la vida, a la que harán temblar por siempre, a la que no pudo escoger la serena felicidad de los primeros años.

Y todo va a seguir igual mientras no haya una reacción ciudadana real. Mientras muchos crean que la mejor manera de educar es a golpes, sin saber que esa violencia queda registrada para ser repetida. Hay que estar atentos, el peligro está en casa, en el colegio, en el parque. Tiene que ser nuestra obligación proteger y defender a las que no pueden hacerlo por sí mismas, puede ser la única forma de salvar a una niña que nunca, nunca debería morir.

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