Aquí pues, terruqueando

Como cualquier oficial de las Fuerzas Armadas sabe, la comunicación no es un medio. Es un arma de guerra y, como toda arma, su empleo requiere de estrategia y táctica.  Lo primero, es lograr unidad frente al enemigo común. ¿Si no hay enemigo? Lo inventamos. ¿Y cómo se inventa un enemigo? Recurriendo al sentimiento primario de cualquiera: el miedo.

4 Feb 2018 | 7:30 h

Como cualquier oficial de las Fuerzas Armadas sabe, la comunicación no es un medio. Es un arma de guerra y, como toda arma, su empleo requiere de estrategia y táctica.  Lo primero, es lograr unidad frente al enemigo común. ¿Si no hay enemigo? Lo inventamos. ¿Y cómo se inventa un enemigo? Recurriendo al sentimiento primario de cualquiera: el miedo.

En la Alemania Nazi, antes que siquiera empezará la Segunda Guerra Mundial, Hitler logró el poder apelando a la unidad popular frente al enemigo vencedor de la entonces llamada “Gran Guerra”, pero ese siempre fue un enemigo extranjero y, por tanto, lejano. Hitler necesitaba un culpable a la mano y ese fue el pueblo judío. Goebbles, el temible jefe de propaganda, lo entendió bien. En 1939 Hitler ya había perpetuado horrores contra una comunidad, que era tan alemana como cualquier otra, sin ninguna oposición social. Lo hizo culpándolos de ser responsables de la derrota anterior y, por cierto, de toda clase de vicios que inspiraran miedo, vicios que jamás existieron. ¿El resultado? El Holocausto judío realizado con la complicidad o indiferencia del pueblo alemán.

El Perú no ha sido ajeno a esos métodos. Durante la dictadura militar (1968 – 1980), los enemigos eran claros y los miedos, muchos. En el exterior, los chilenos y el interior, la oligarquía a la que había que “romperle el espinazo”. ¿Funcionó? Por 12 años, bastante bien, tanto que los prejuicios que sembró pueden rastrearse hasta nuestros días. Sin embargo, si algo aprendió la humanidad en el siglo XX, es que la fuerza de la libertad derrumba, tarde o temprano, todo totalitarismo. La promesa del orden autoritario termina siempre quebrada por las ideas de un mundo libre. Pueden durar años o décadas, pero las autocracias caen.

La promoción de los derechos fundamentales de la persona, esa herencia potente de la revolución francesa y de los procesos independentistas de América, terminó venciendo y creando un sistema de garantía frente a un poder omnímodo y omnipresente. A pesar de todo, gracias al triunfo de las libertades, éste es hoy un mundo mejor y menos peligroso que el de nuestros ancestros.

Sin embargo, nunca falta quienes creen que se pueden repetir viejos métodos. Mientras que la dictadura militar estaba entretenida en su perpetuidad y luego desmantelamiento, Abimael Guzmán organizaba su propio baño de sangre totalitario. ¿Con qué método? El terror. El miedo exacerbado, la zozobra permanente, la capacidad de multiplicar la angustia con pocas pero efectivas acciones. No fue fácil vencerlo. Miles de peruanos murieron y ese sacrificio no debe ser jamás olvidado. Sufrieron más - como sufren siempre más - lo más pobres, los más aislados, los más olvidados, los que no tenían forma de huir. Niños, mujeres, ancianos, campesinos quechua hablantes, jóvenes andinos levados para el servicio militar. Pero, a pesar del método del terror, Sendero Luminoso y el MRTA fueron vencidos en todos los planos, sus líderes apresados, garantizados todos sus derechos y condenados, finalmente, en tribunales democráticos.

Frente a este fenómeno traumático de nuestra historia reciente – se inicia en 1980 y entra en declive en 1992 con la captura de Guzmán – no podía faltar el lucro político, el negacionismo y el sesgo. El fujimorismo ha querido erigir como héroe único e indiscutible a Alberto Fujimori, las Fuerzas Armadas han tratado de ocupar el mismo espacio y un sector muy conservador quiere que no se hable más del tema, como si nada de lo que existió hubiera ocurrido jamás. Sabemos hoy con bastante certeza que “en algunos momentos y en algunos lugares” (CVR) las fuerzas del orden pretendieron ganarle a la barbarie con barbarie, siendo funcionales a la estrategia de “agudizar las contradicciones” propuesta por Guzman. Eso, hasta hoy, no lo aceptan.

En este contexto, no resulta entonces extraño que, en estos días de inestabilidad política, con un gobierno débil, con una facción del fujimorismo tratando de recolocar al reo indultado Alberto Fujimori con una oposición perdida en la intrascendencia y una población buscando culpables, “terruquear” se haya puesto de moda. Es hora de agitar viejos terrores. ¿Te opones al indulto falsamente humanitario de Fujimori? Terruco. ¿Un grupo de agricultores deciden ordeñar a un Ministro que les ofreció 1 y termino dándoles 50? Terrucos. ¿Defiendes el espacio público? Terruco ¿Huelga de lo que sea? Terruco. ¿Marchas, mítines, plantones? Terrucos. ¿Eres de izquierda? Terruco. ¿Eres liberal? Terruco? ¿Tablas de Sarhua? Terrucos.

No, no es gracioso. Lo sería si no conociéramos la historia del siglo XX. Los miedos se promueven con causa. Y estas nunca han sido nobles.

 

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