La papa nuestra

Salidas conocidas y fáciles a un problema muy antiguo.

14 Ene 2018 | 6:05 h

Como un relámpago, la huelga de los productores de papa irrumpió en la vida cotidiana de varias regiones, especialmente en Huánuco, Huancavelica, Apurímac, Ayacucho y Junín y develó un problema serio, latente durante años y convenientemente oculto, un estado de cosas en el que, como siempre, los más perjudicados son los peruanos pobres. Y, como casi siempre, la responsabilidad de lo que ocurre se encuentra en el Estado, en su falta de iniciativa y control.

Una solución rápida que el nuevo ministro de Agricultura se encontró en el camino fue acordar con los productores de papa la expedición de un decreto de urgencia que faculte a los gobiernos regionales de las áreas comprometidas con la protesta a comprar el exceso de producción de papa hasta por S/ 1.5 millones en cada región. El nuevo ministro, en este punto, razona con idéntico facilismo que su antecesor, señalando que la medida pretende una solución lógica, es decir que, ante el exceso de oferta, se genere una demanda que absorba este exceso y que de ese modo el mercado de este producto llegue a su equilibrio.

A esta medida se recurre cada vez que se desborda la protesta, de modo que se ha instalado una relación mercantilista entre el Estado y los productores, sin que se avance a cambios definitivos que permitan que esta sobreproducción de papa no vuelva a ser un problema social. Como si el papel del Ministerio de Agricultura (MINAG) solo fuera registrar la compra y venta de los productos agrarios, sus autoridades nos cuentan que la superficie cultivada de papa ha crecido más de 40 mil hectáreas en 10 años, y que la producción aumentó casi un millón de toneladas en ese período.

Desde el discurso oficial habría que esperar que debido a la pérdida de cosechas y al fracaso, es decir, al empobrecimiento de una parte de las 700 mil familias que se dedican al cultivo de este tubérculo, el mercado se regule solo.

El reciente conflicto desnuda una debilidad de la política social, patentizada en el hecho de que los programas sociales no tienen como práctica el consumo de la papa nacional. Por ejemplo, el programa estrella de alimentación Qali Warma sigue entregando a los niños productos como arroz, harina de trigo, harina de maíz y de cebada, conservas de pescado, fideos, galletas, quinua, entre otros, y una muy escasa cantidad de papa. Añadido se tiene el incremento de la importación de papa con contenido transgénico y la falta de supervisión del Estado a la venta de este producto genéticamente modificado.

El MINAG debe asumir su responsabilidad por haber dejado de planificar las campañas, por abandonar su tarea de difundir la información entre los productores, asesorar con éxito la rotación de cultivos y fomentar la mejora de la productividad de la papa, es decir, ejecutar políticas en su calidad de ente rector. La versión oficial de que el Perú no puede exportar papa por razones fitosanitarias es tan antigua como el problema del exceso de producción, y se estrella ante una evidencia firme: otros países exportan papa.

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