Lula, entre Palacio y la Cárcel

12 Ago 2017 | 6:00 h

Las encuestas siguen dando a Lula da Silva como el candidato imbatible en las elecciones presidenciales del 2018 en Brasil. Esto después de que el juez Sergio Moro le ha dado una sentencia de nueve años y medio, con inhabilitación para ejercer cargo público por casi 20 años. Lula ha apelado, y sigue en campaña.

La empresa Vox Pópuli le dio 42% de intención de voto en julio pasado, dos puntos más que el mes anterior. Su rival más próximo, Jair Bolsonaro, se mantiene en 8%, y otros ocho precandidatos (incluido Moro) entre un punto y dos. Sin duda esto revierte la lógica establecida entre lo corruptivo y lo electoral.

Hay varios factores. La acusación a Lula viene a ser menor en medio del mar de delitos que hoy definen la política brasileña. En seis meses la idea de que Lula es honesto ha pasado de 30% a 35%, lo cual apuntala su 42%. Lula es asociado con una época de bonanza y redistribución que muchos, por no decir todos, quisieran ver volver.

La pregunta que se abre es si una persona cuya presidencia es un hecho, al menos desde la perspectiva del pronóstico político a un año de distancia, puede ser bloqueada por el sistema judicial. Aun si se lograra, el sistema político brasileño quedaría hecho tiras, más de lo que ya está ahora.

Para la institución democrática es una encrucijada incómoda, que en cierto modo enfrenta imperio de las leyes y voluntad popular. Aquí no hemos llegado tan lejos, aunque están enfrentados a menudo, en una misma persona, desprestigio formal y popularidad real.

En la perspectiva peruana no todos los ex presidentes o ex candidatos tienen posibilidades presidenciales tan evidentes como las de Lula, ni los persigue un juez con tanto peso como Sergio Moro. Pero en el 2016 candidatos con reales posibilidades fueron desembarcados por las autoridades electorales.

En otras palabras, ¿cuánto de lo que estamos viendo hoy bajo el rubro corrupción, real o atribuida, influirá en las próximas elecciones presidenciales? En verdad, el plazo es largo. Pero las encuestadoras ya podrían decirnos cómo están afectando las acusaciones la imagen de las diversas figuras implicadas, de lleno o tangencialmente.

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