¿Cuáles derechos reproductivos?

6 Ago 2017 | 6:00 h

Cada vez que escucho a alguien llenándose la boca con la monserga esa de que todos los seres humanos tienen “derechos sexuales y reproductivos” siento que me da un ataque de hipo. Sé que sonará políticamente incorrecto, pero pregunto: ¿por qué tendría que ser un derecho traer hijos al mundo? Lo sé, existe un mandato bíblico según el cual Jehová ordenó a Adán y Eva “crecer y multiplicarse”, pero, seamos realistas, hace ratón que la humanidad dejó de temblar ante las maldiciones divinas y ahora hay preocupaciones que pueden pesar tanto o más que el miedo a irse derechito al infierno.

Sé que ha habido cumbres poblacionales en las que se ha discutido el derecho de las personas a recibir la información adecuada para tener los hijos que quieran, con los intervalos que les parezcan convenientes y de la manera que les venga a los forros, pero no hay ninguna ley que imponga a nadie la obligatoriedad de reproducirse y, mucho menos, el derecho inalienable a hacerlo.

Tener hijos no es un derecho humano, porque, cuando hablamos de estos, nos estamos refiriendo a condiciones sin las cuales la vida y el desarrollo personal son inviables. Por ejemplo, la educación, la salud, la vivienda. Pero tener hijos no es algo indispensable, puesto que una persona puede vivir feliz y funcionalmente sin tenerlos. A lo más, hablando con propiedad, podría decir que hay “libertades sexuales y reproductivas” y, como todas las libertades, a veces pueden suspenderse por razones de Estado como ocurre, por ejemplo, con la libertad de tránsito en estados de emergencia.

Por último, no puede hablarse del “derecho” a ser padres, como si el fruto de esa paternidad –es decir, el niño– fuera una especie de propiedad inalienable de quienes lo engendran. No, estamos hablando de futuros ciudadanos y, como tales, el Estado tiene la obligación de darles las mejores condiciones en las cuales nacer, crecer y desarrollarse, y eso debería incluir el ambiente emocional y psicológico en el que vienen al mundo.

Si nuestras sociedades realmente se preocuparan por el bienestar de los futuros ciudadanos, se impondrían filtros para la reproducción, privilegio que solo debería reservarse a personas que no solo quieran realmente tener hijos, sino que posean la estabilidad mental y afectiva para criarlos con amor y eficiencia. Así, no cualquier psicópata biológicamente apto traería un niño al mundo para maltratarlo, abusarlo o trasladarle sus taras mentales, como ocurre en la realidad sin que nadie pestañee. ¿Por qué, si para conducir un automóvil debemos pasar por filtros médicos y sicológicos, no los pasamos para poder traer un futuro ciudadano al mundo?

Y no estoy hablando de imitar el modelo chino donde, por necesidades de Estado (la terrible sobrepoblación que afecta a ese país), el gobierno suspendió en un momento la libertad de los chinos a reproducirse indiscriminadamente y limitó, manu militari, a uno el número de hijos que cada pareja podía concebir, sino de un sistema en el que se proteja a los niños de crecer, en hogares de abuso y violencia, llenos de traumas y complejos

¡Eugenesia!, gritará algún trasnochado, como si evitar la unión de un óvulo con un espermatozoide se comparara a aventar a un recién nacido del Monte Taigeto, que eso era lo que hacían los espartanos con los niños con malformaciones, algo simplemente repugnante para quien respete la vida humana desde su concepción.

Y, volviendo al tema, los hijos no son propiedad de los padres, ni antes ni después de nacer. Por eso son los estados los que deciden cómo deben ser educados en los colegios y también es el Estado el que te puede quitar la patria potestad. Eso es algo que no entienden, por ejemplo, los señores de ConMisHijosNoTeMetas, que piensan que sus niños son algo así como pequeñas mascotas a las cuales pueden meterles al cerebro cualquier idea religiosa o prejuicio solo por haberlos traído al mundo, más o menos como esos fanáticos que dejan morir a sus hijos de septicemia porque son “contrarios” a los antibióticos y vacunas, o los veganos que los llevan a la anemia por un motivo fundamentalmente ideológico.

En una sociedad racional, sería un delito lavarle el cerebro a un niño inculcándole un credo religioso, tanto como darle de comer comida chatarra todos los días o dejarlo ver programas de farándula mañana, tarde y noche, algo que aquí ocurre todos los días. Cuando veo eso, francamente, me provoca que de una vez se haga realidad esa sociedad que preconizaba Aldous Hulxley en Un mundo feliz.

Si nuestras sociedades realmente se preocuparan por el bienestar de los futuros ciudadanos, se impondrían filtros para la reproducción”.

Te puede interesar