La rebelión de los lectores

5 Ago 2017 | 6:00 h

La Feria Internacional del Libro de Lima 2017 (FIL) se cierra este fin de semana convertida en el principal evento cultural de nuestro país. La curva ascendente que comenzó hace unos años la ha convertido en un espacio inclusivo y multitudinario, con gran proyección internacional.

Atrás parecen haber quedado los oscuros años en que la FIL fue un espacio opaco, con poca proyección, manejado por caprichos e intereses incomprensibles. Una prueba de este salto de calidad es el cartel de visitantes, con escritores tan rotundos como Richard Ford, Leonardo Padura, Laurent Binet, Jorge Edwards o Ray Loriga. Ayudó tener un país invitado tan potente como México, que aportó figuras como Margo Glantz, Juan Villoro o Paco Ignacio Taibo II.

A los extranjeros que la pisan por primera vez los sorprende el entusiasmo de los peruanos, que acarician, huelen, hojean y compran libros, repletan los conversatorios y presentaciones, forman largas colas para obtener un autógrafo de sus escritores favoritos y asistir a los conciertos que cierran cada jornada, o simplemente se detienen a conversar o a tomar una cerveza en las mesas del patio de comidas.

«¿De dónde sale tanto público?», me pregunta con incredulidad un amigo escritor, luego de participar en una charla a sala llena. Resulta inexplicable que los peruanos, que según todos los promedios leen menos de un libro al año, se vean atraídos de este modo por una feria del libro, y sean capaces de mantener llenos cada uno de los diez auditorios que funcionan simultáneamente, con eventos que no dejan de sucederse. Si las proyecciones se cumplen —nada indica que no sea así—, la FIL 2017 habrá superado en público a nuestro evento más notorio y promocionado: la feria gastronómica Mistura.

Una explicación posible es que se trate de un espejismo, un fenómeno social que por una única vez al año convoca a quienes de otro modo no se interesarían por la lectura. La otra hipótesis —por la que me inclino— es que el Perú tiene un público latente, curioso, ávido de novedades, que no encuentra una oferta atractiva, por la falta de apuestas y la escasa difusión (promovida por ese absurdo prejuicio que dice que la cultura es aburrida y no vende).

Todavía faltan cosas para mejorar (como los problemas de estacionamiento o la falta de un local propio, que suple con creatividad el espacio diseñado sobre el Parque de los Próceres por Augusto Ortiz de Zevallos). Pero la gestión de Germán Coronado al frente de la Cámara Peruana del Libro ha señalado un norte para las próximas administraciones. No tengamos miedo a pensar en grande, a transformar la FIL en uno de los epicentros del arte latinoamericano. Como comienza a quedar demostrado. ¡Vaya que se puede!

No tengamos miedo a pensar en grande, a transformar la FIL en uno de los epicentros del arte latinoamericano.

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