Tantas veces Venezuela

5 Ago 2017 | 6:00 h

¿Por qué nos molesta tanto a algunos la ambigüedad con la que una parte de la izquierda trata el tema de Venezuela? Somos muchos los que hacemos esta crítica y no podemos ser incluidos (espero) entre los hipócritas que no ven los problemas de la democracia en el Perú o los que usan el caso venezolano para estigmatizar la posibilidad de una izquierda local.

Para que la democracia signifique algo requiere que las elecciones sean justas y sus resultados recojan el consentimiento real, empírico, de la mayoría de ciudadanos. Justas porque el proceso debe ser competitivo, permitir opciones diversas y asegurar que los ciudadanos puedan formarse una opinión sobre quién debe gobernarlos por un periodo determinado. Ello implica reconocer y garantizar una serie de derechos. Sin ello no hay una real legitimidad democrática.

El consentimiento debe ser “real”, empírico, porque no cabe asumir la voluntad de los gobernados. En los autoritarismos un partido, élite o burocracia iluminada suele justificar su poder en que saben mejor que el pueblo lo que realmente quiere o le conviene. La falsa conciencia marxista, la guía moral conservadora que requieren los ignorantes, o la superioridad del conocimiento técnico, son excusas comunes para eliminar elecciones representativas.

Pues bien, basta tomarse en serio la idea de una competencia justa para calificar de autoritario al Chavismo desde hace años. Utilizó su popularidad para gobernar plebiscitariamente, controlar instituciones e inclinar la cancha contra sus rivales. Eso no quita que hubiese sectores de oposición golpistas o que en la actualidad haya radicales entre quienes protestan. Pero es cambiar la historia negar que este régimen matonesco desde muy temprano cometió abusos en nombre de un proyecto político.

A pesar de lo abusivo, parte de la izquierda peruana y continental minimizó la crítica. Apelando al consentimiento mayoritario brindado por los votantes se señalaba que era democrático. Este consentimiento mayoritario además fue renovado en varias ocasiones. Las características negativas del régimen eran secundarias o subsanables. Discrepo de este argumento, por supuesto, pero cuando menos se basaba en una dimensión de la democracia para defender al régimen.

Hoy, sin embargo, esta defensa ya no es posible. Se está justificando a un régimen que no se basa ya en el consentimiento mayoritario de sus ciudadanos. Se ha inventado un sistema de elección a la Asamblea Constituyente que sobredimensiona a un sector de fieles sobre el resto de la sociedad. Además, es evidente que dicha elección se ha hecho para reducir el poder del Congreso y limitar lo poco que le dejan hacer. La epopeya democrática de Manuel Dammert es un fiasco.

Los críticos de las democracias latinoamericanas tienen razón al señalar que hay asimetrías de poder que restringen la justicia de las elecciones. La existencia de diversas formas de desigualdad hace que las personas estén sujetas a una serie de presiones al formar sus opiniones y que se cuelen en la competencia diversas injusticias (acceso a recursos, por ejemplo). Y sin embargo, el individuo que deja su voto en la urna es la base de la representación democrática, negarlo es abrir la puerta a que desde el gobierno se nos tutele sin control popular. A la izquierda no le ha ido mal electoralmente en este continente desigual.

Lo que más molesta de este silencio o ambigüedad de una parte de la izquierda ante evidencia tan palpable es que muestra en qué medida para ellos es casi imposible reconocer que hay autoritarismos de izquierda, todo se justifica por el proyecto del régimen. Los que pensamos distinto somos manipulados o unos interesados en acabar con movimientos reformistas. Un anuncio de cómo se nos tratará si un día son gobierno, como pretenden serlo.

No hablo de la izquierda en general pues desde hace tiempo, y especialmente en estos días, un sector importante de ella también critica con dureza al régimen de Maduro. Pero sí de quienes mientras escalan los abusos piden comprender la complejidad del caso (¿complejizaron así al Fujimorismo?), critican por igual a la oposición y apelan a galimatías para no nombrar la rata.

Hoy, sin embargo, esta defensa ya no es posible. Se está justificando a un régimen que no se basa ya en el consentimiento mayoritario de sus ciudadanos.

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