La Tragedia es también Ideológica

24 Jun 2017 | 3:18 h

La tragedia de la Galería Nicolini nos muestra los costos de la desregulación e informalidad que campea en el Perú. Reglamentos de seguridad que no se cumplen, construcciones precarias a vista de todo el mundo y almacenamiento de inflamables en una zona urbana.

Personas trabajando en semi-esclavitud, atrapados en una jaula de fierro por codiciosos empresarios que saben que pueden hacer casi lo que quieran, pues nunca llegará un fiscalizador laboral. La foto es la de un Estado sin dientes, cuya amenaza de sanción no se cumple o que incluso es detenido por otros órganos estatales corruptos. Todo a un par de kilómetros de Palacio de Gobierno.

Y a pesar de esta evidencia trágica no se sorprenda si en los próximos días usted siga escuchando que en el Perú el problema es la sobre-regulación que entorpece la formalización. La cantaleta continúa, desde los noventa va más o menos así: lo que bloquea la formalización es un Estado-problema que afecta la voluntad de los informales de legalizar y proteger su propiedad. Si el Estado simplificara trámites para que sean realistas y flexibles, la formalización avanzaría pues favorece al informal, le da seguridad y valor a sus bienes. Aplique el mismo argumento al comercio informal, empleo, control de la minería ilegal, transporte, entre otros. La regulación excesiva y el Estado problema es la causa de que el potencial revolucionario de los derechos de propiedad no se concrete.

El argumento contiene una parte de verdad, pero también una enorme falsedad. Contiene verdad pues, en efecto, hay mil maneras en que el Estado puede entorpecer la vida de las personas, desde permisos imposibles y papeleos absurdos, hasta cogollos de corrupción. Quienes critican al Estado y sus trampas, coimas y abusos cuentan con abundante evidencia que mostrar y hay que tenerla en cuenta.

Pero la enorme falsedad está en creer que el problema es la mala o excesiva regulación que se solucionará acabando con esas barreras estatales. Por algo que debería ser evidente: para una gran cantidad de peruanos ese Leviatán regulador no existe fuera del papel, la realidad del jueves muestra que hoy no está en los cálculos y decisiones de los ciudadanos. La desregulación será igual que nada, pues hoy esa regulación no existe.

Y ello porque no hay algo así como un incentivo evidente para la formalización. Sí, puede dar ciertos beneficios, pero se exagera en su atractivo. Es falso que los que carecen de propiedad formal no tengan otras formas de seguridad y de darle valor a su propiedad, desde arreglos sociales hasta mafias que te rompen los huesos si se incumple un contrato. Y siempre habrá costos que pagar al formalizarse, no solo beneficios.

Si nada me obliga a cumplir las normas, los costos de la formalización serán siempre mayores. Más si, como muestra la evidencia, las entidades financieras son muy conservadoras al apoyar a ese nuevo sector formal. La compleja realidad de la informalidad hace que sin un Estado presente, capaz de regular y sancionar efectivamente, de proveer incentivos reales que hagan atractiva la formalización, las cosas seguirán igual.

Esa discusión no está en el centro del debate en el Perú. Por el contrario, seguro a raíz del incendio se volverá a discutir en forma abstracta si es mejor el control previo para otorgar certificados de defensa civil o si la fiscalización posterior es más efectiva. Pero esa discusión pierde el punto principal: sea antes o después, la realidad es que no hay un Estado que fiscalice si se cumplen las normas. Sin suficientes funcionarios y recursos ninguna forma de control funcionará. Podemos darle puntos imaginarios a uno u otro, pero sin reconocer esa ausencia el debate es absurdo.

La bala de plata de la formalización simplificadora se ha probado falsa y aquí sigue llenando editoriales, programas de gobierno y discusiones abstractas marcadas por la ideología. Se denuncia a un Estado que entorpece la creatividad y el emprendedurismo, cuando es necesario partir de reconocer que lo que hay es un Estado incapaz de cumplir funciones básicas. Aunque sea obvio hay que repetirlo: el Estado no es solo problema, es también posibilidad.

Te puede interesar